30.5.10

Perdidos/ Desaparecidos/ Lost in translation

El martes, cerca de la medianoche, luego de que Astor se durmiera -he descubierto tardíamente la hipnótica capacidad de ciertas músicas para inducirlo al sueño: ¡de haberlo sabido hace cuatro o cinco años!-, prendí la televisión. AXN: el default, lleno de forenses, criminales, abogados, médicos. Por algún perverso motivo, ese tipo de serie me atrae, pero esa noche no daban ninguna; evidentemente, se trataba de una película, ya que la escena exudaba solemnidad, silencio, misterio. Un hombre joven (pero no tan joven: óptima combinación), agradable, con aspecto de buena persona, vestido de traje oscuro, acercaba su mano a la tapa de un ataúd y lo abría. Listo: entró la muerte a la imagen, el duelo, y ya no puedo dejar de mirar. Lo más desconcertante es que no encuentra nada: sólo unas almohadas blancas durmiendo su propio sueño. El hombre titubea, no entiende nada, se voltea hacia otro personaje que, al parecer, ya estaba presente, o quizás acaba de entrar a escena. En ese momento, me doy cuenta de que se trata de Jack Shephard, de la serie Lost, y que precisamente aquella noche emitirían -¡estaban emitiendo!- el capítulo final. No lo había reconocido, tan elegante, fuera de los salvajes entornos de la isla.

El esperado cierre del programa de culto -que tan nerviosos tenía a los fanáticos ante la impenetrabilidad de sus guionistas y la secreta esperanza de una explicación, luego de seis temporadas devotas de eventos cada vez más pirados- a mí me tenía absolutamente sin cuidado, ya que a pesar de que la serie me parece atractiva, fascinante, osada incluso en lo comercial -en su momento, digo: ahora, como todo, empezó a inspirar "atrevidas propuestas" como Flash Forward, pero sobre camino recorrido cualquiera lo hace-, jamás vi nada en orden secuencial (más que la primera temporada durante una vieja gripe, la última que tuve). El argumento me resultaría el doble de desconcertante que a cualquiera, si no fuera porque simplemente me entrego a la narración en el momento en que la pesco: no busco respuestas, no interrogo, no tengo elementos ni información para exigir coherencia. Llego cuando llego, me subo al barco y desde allí miro la isla, sus laberintos, el zoom sobre el personaje en turno, y todos los hilos que se van entrecruzando, como si los tejiera una Ariadna loca que corre descalza de un pasillo a otro, soñando que con sus enredos de madeja al final termine tropezando el Minotauro.

La historia, o lo que sea, me gusta por cómo está armada, por su profundidad azarosa, por sus exageradas pistas que, supongo, no llevan a ninguna parte (nombres de filósofos, de figuras bíblicas, numerología), por animarse a rozar dimensiones intangibles, casi espirituales o metafísicas. Con eso, me basta y sobra: miro Lost cuando el destino la pone frente a mis ojos, en repeticiones, capítulos de temporadas salteadas. La linealidad -que la serie trata de romper todo el tiempo, pero que no deja de existir- no es una de mis preocupaciones. Entender, mucho menos: disfruto de la experiencia estética, la complejidad de niveles, la arquitectura del asunto.

El destino, entonces, puso frente a mí los últimos minutos del último capítulo de Lost. Jamás se me hubiera ocurrido moverme de allí, si podía presenciarlos, pero tampoco me calentaba no haber prendido la tele antes; de hecho, no me calentaba desconocer grandísima parte del corpus de la serie con su creciente mitología. No entendía nada, y así estaba bien. No es necesario conocer todos los vericuetos del Olimpo para dejarse tocar por un mito concreto, un episodio protagonizado por ciertos mortales y algun dios aderezando por ahí. Es placentero, sí, poder establecer relaciones, paralelismos y genealogías, pero no indispensable.

Tengo una relación ambigua con Jack Shephard. Lo veo como un hombre estupendo, idealista, leal, líder nato (con su muy peculiar estilo), competente. Sin embargo, no puedo evitar que los ojos, y todo lo que los ojos arrastran consigo cuando de hombres se trata, se me vayan sobre Sawyer ("James", como el apóstol Santiago, que se suma a la pista alusiva al clásico personaje literario Tom Sawyer: no pienso entrar en estas trampas de guionistas malévolos y ociosos). Jack, el buen pastor ("shepherd": casi, casi) quedaba totalmente opacado en mis deslumbramientos por el sexo opuesto frente al otro, cínico, egoísta, perro con las mujeres, vicioso en todos los flancos. Era como una atracción satánica que no intenté nunca resistir simplemente porque me sabía protegida por el obstáculo de la pantalla. Sawyer miraba a la cámara, con esa sonrisita inconfundiblemente jodida que tienen ciertos hombres conscientes de su belleza pero heridos, y yo inmediatamente recordaba aquel chiste o desafío lógico en el que a uno le preguntaban: "¿Qué te llevarías a una isla desierta?". Y me sentía terriblemente culpable de que no me gustara Jack. Debe tratarse de algo arquetípico y potencialmente masoquista. Pero el conflicto no debe ser mío solamente, ya que los guionistas bien que lo explotaron sembrándolo en la encantadora Kate, nada menos (quien sin duda es la protagonista femenina más importante). Algo debe suceder con estos personajes como Sawyer, algo muy oscuro; en uno de los capítulos alternos de las últimas temporadas que miré alguna vez, aparecía destrozado, en pleno duelo, autodestrucción y mar de lágrimas, por una enamorada que tuvo en la isla misma y que, al parecer, había muerto. Me dio pena verlo así, pero para mi vergüenza ya no me parecía tan irresistible. "Parece que el actor hubiera envejecido más que los demás durante estos años de rodaje. Como que tiene papada, está abotagado... ¿le estará dando al alcohol?".

Sí, debe ser algo arquetípico y oscuro, muy oscuro... Mientras tanto, en un estúpido test de Facebook -como todos los tests de Facebook- me dio como resultado que, entre todo el plantel de personajes de Lost, yo era precisamente Jack Shephard.

En esos últimos minutos que presencié -espero haber entendido bien-, Jack se encuentra con su padre muerto. Hay enorme emoción; el padre parece un ser pleno de sabiduría, de amor y compasión, como un Padre Universal. Es la primera vez que veo a Jack quebrarse, hacerse chiquito, dejarse sostener por un otro, por los demás. Inmediatamente me viene a la memoria Joseph Campbell y sus etapas del viaje del héroe: desde el primer capítulo, Jack Shephard fue el protagonista, la primera mirada e hilo conductor de la serie; ahora la historia llegaba a su fin, y la muerte, el reencuentro, el misterio espiritual de Lost se ofrecían también desde su particular vivencia como héroe. En cierto punto del viaje, el héroe masculino realiza su linaje, su origen, se asocia con su padre. Es una etapa de comunión, de integración y aceptación de sí mismo, y como tal aparece sobre el final de la travesía misma. The atonement with the Father, dice Campbell. Hasta en Star Wars, de George Lucas (quien ex profeso siguió paso a paso las etapas del héroe propuestas por el gran mitólogo, y no le fue nada mal, por cierto), Luke Skywalker descubre que Darth Vader, su archienemigo, es en realidad su propio padre: una extraña manera de verse obligado a integrar los polos. Pero los ejemplos de héroes huérfanos o de origen incierto que en cierto momento conocen a su verdadero padre (hecho que cambia su destino, como en el caso del rey Arturo, Edipo o Hércules), o que lo añoran y expían su ausencia con elegidas misiones protectoras (Batman, Superman, e incluso Jesucristo) abundan  en la mitología, los cuentos infantiles y la literatura en general. El encuentro del héroe hombre con esa fuerza masculina del padre, que internamente es percibida como más poderosa que la suya propia y, sobre todo, protectora, es indispensable para llegar a destino. Aquí, Jack Shephard llora, ríe y no entiende nada, pero se siente sostenido; tampoco el Padre tiene todas las respuestas, pero eso no le preocupa en lo más mínimo.

Mi hermano Mopri, subido a la fiebre twittera y el revuelo frente al capítulo final, comentó:

Para los que no han visto la serie, los pongo al día rápido. Hasta ahora todo lo que ha pasado es: Plane crashes on island, weird shit happens.... everybody dies

Luego, frente a la orfandad en que quedaron sumidos los fans, la sensación de algunos de haber sido estafados por el desenlace, y la de otros de casi haber tocado los ocultos secretos del universo, mi hermano completó su intervención con envidiable e ingenioso poder de síntesis:

Y así termina Lost: Jack y Locke malo se pelean a muerte, muchos besos inecesarios, Desmond se convierte en Indiana Jones, los que estaban muertos viven felices en su vida paralela ... al final sale un Oso Polar y se los come a todos.

(¡Mopri, spoiler! ¡Sólo me faltaban cinco temporadas y ya me vendiste el final! ¿Qué sentido tiene ahora?)

Otro excelente aporte de Kanuto, stage manager mexicano:

Así termina LOST: Vida paralela: Jack finds god. Isla: Jack finds dog. Punto.

Yo, de todo ese remate tan esperado, únicamente presencié el confuso descubrimiento de Jack sobre su propia muerte, su aceptación de que, de un modo u otro, la conciencia prevalece, y el emocionante encuentro con sus muertos queridos. Entre los que estaban -tal como reporta la sinopsis de mi hermano- sus amigos y compañeros de infortunio de la isla purgatorio de Lost. Lo recibían, luminosos, entregados de lleno a la celestial bienaventuranza. Cada uno estaba con su pareja, todos hermosos (hasta Hurley, me atrevo a decir), juntos y felices en los bancos de una iglesia. Por primera vez, encontré atractivo a Jack Shephard; parecía un niño, un joven ruborizado. No se sentía ya en la obligación de sostener, de salvar, de ser el fuerte. Era como era, en el fondo: sin misiones redentoras, sin cruces, sin luchar hasta el último instante por la supervivencia. Se había entregado a la muerte y sonreía; ya no tenía nada que perder, e increíblemente la vida que le esperaba detrás de lo desconocido era mil veces mejor que el miedo, la guerra, la tortura, los accidentes aéreos, las enfermedades sin medicamentos, los osos polares y las pérdidas constantes. Sí, sonreía, y eso lo volvía bello. Más bello incluso que Sawyer, allá sentado con su enamorada entre el gentío, totalmente inofensivo.

Al final, en el último minuto de la serie, pude desanudar el viejo error de enamorarme de Sawyer y no de Jack, que siempre fue el mejor de los dos. Claro que los malditos guionistas, como dije, siguieron explotando el conflicto hasta el final: al parecer, no me sucedió sólo a mí, sino también a Kate, que sentada a su lado jugueteaba y le sonreía en -¡al fin!- decidida aprobación como hombre. Con semejantes rivales estoy frita, como sea.

Lost ha fundado toda una mitología contemporánea, con personajes ricos y contradictorios que han terminado por convertirse en modelos para toda una generación de seguidores, picados por la curiosidad de sus misterios existenciales. Modelos éticos, modelos épicos, incluso; cada conflicto, cada decisión que estos tomaban movía algo en el interior de estos adictos espectadores, dándoles marco de referencia para entender asuntos de sus propias historias. Esto es lo que sucede cuando se entra en el camino de la mitologización, algo que en los vertiginosos tiempos que corren, con figuras e íconos desechables que se sustituyen antes de que puedan cuajar realmente en un modelo de vida, es sin duda muy festejable.

Por eso, decidí dejar arrumbado todo un largo comentario que había escrito ya sobre La Ilíada para dedicarme de lleno a estos pequeños chispazos de la incierta mitología contemporánea. Pero volveré otro día con la mitología clásica, que nunca pierde vigencia. Esperemos que la historia de Lost siga dando frutos y conserve esos imperfectos héroes marcados a fuego en quienes siguieron su llamado, más allá de los vicios y las modas de las temporadas que otros nos imponen.


Grupo Facebook "¿Qué les pareció el final de Lost?"
http://www.facebook.com/topic.php?uid=54915203494&topic=14428

Hitler ve el último capítulo de Lost
http://www.youtube.com/watch?v=XFKoxKQHOk4

 

23.5.10

Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de "Cuando vuelvas a nacer... ¿qué serás? ¿Quién serás?" me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una "carrera" ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: "Siento esto, por tanto debo ser una chica mala". Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
ni el perfume de tu almohada

Yo quiero sentir tu olor/
pero no quiero tu amor

El cuento de hadas no es para mí

La princesa es de otro cuento

Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

Dame tu parte criminal/
dame tu parte más amarga

Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado "bis" mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

"Middle age rules".



Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

Un "cuento de hadas" de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa


 

15.5.10

Duelos tropicales

La señora que trabaja en casa de mis padres -bueno: lo de "señora" es parte de esa negación inconsciente con la que uno vive cuando deja atrás la propia juventud, ya que debe tener mi edad o menos- se llama Marta. Como casi todas las mujeres en Panamá, se viste, se arregla, camina irradiando un no sé qué, una vocación de Reina de la Belleza; no tiene inhibiciones para mostrar que quiere estar linda, que se siente linda, y que hará todo lo que esté a su alcance para resultar llamativa y sensual. Tampoco provoca ni seduce -nada de ese estilo "minita histérica rioplatense", que tira los anzuelos sin consideración alguna y después no se hace cargo de la pesca-. Las panameñas simplemente se agradan así, vistosas, emperifolladas, en su mejor expresión y atractivo. Para sí mismas y para el prójimo. Y lo más sorprendente de todo es que ese estado interno no tiene relación alguna con su belleza externa, "objetiva": una panameña llena de rollitos y celulitis en la panza cruza la calle, con su top ajustado y sus calzas de licra flúo, tal como si fuera la heredera al trono, motivo que la hace merecedora al innegable derecho de parar el tránsito con su paso majestuoso. No necesitan ser perfectas primero para ser bellas después (imagino que los índices de anorexia y cirugía plástica son mucho más bajos que por estos países). Para ellas, sentirse sexy es uno de los derechos humanos elementales; eso parecen compartirlo con las brasileñas, las cubanas y otras mujeres de los trópicos. No hay duda de que el sol acerca a la gente a la vida, a lo mejor de sí, porque finalmente la profecía se autorrealiza: al paso de estas Miss Panamá en cada semáforo, es inevitable reparar en ellas así sea por la actitud o lo que proyectan, por más que sean gordas, escuálidas, comunes o patizambas. En Uruguay se convertirían en señoras asexuadas, de cabello discretamente al hombro y teñido de claro, con un empleo público aburrido y un celular desde el que explicarle una receta a la empleada mientras vuelven a casa colgadas de algún ómnibus.

Marta no: Marta es panameña. Vendrá colgada, sí, de una chiva parrandera (autobuses que no merecen el grado de tales, si bien son pintorescos para quien no los padece), pero huele a flores e irradia sonrisas. Llega muy arreglada; no importa que al rato esté en ropa de trabajo y quizás descalza, en plena faena doméstica. La forma en que se presenta al mundo parece ser un tema de autoestima, de respeto por su familia, de acariciarse a sí misma. ¡Y no hablemos de cuando regresa a su casa, luego de la jornada laboral!: toma una ducha eterna, seguramente con ungüentos aromatizantes varios, se seca y arregla el pelo, se pone su minifalda y sus aretes, sus moños y sus encajes, se maquilla y luego sale decidida a que los hombres se den vuelta cuando pasa. Eso, sin la menor contradicción con su dulzura y su condición de esposa fiel, de madre amorosa. Nosotros -hombres y mujeres de estos lares- tenemos menos integradas esas facetas femeninas: la sexy es una peligrosa devoradora, de escudos contradictorios o de armas tomar (todo bélico, de dulzura nada); en cambio, la esposa y madre suele tener divorciado el erotismo, al menos en su manifestación pública (e, igual, si hiciéramos una encuesta...). Marta no, las panameñas no. Verla salir tan acicalada y despedirse hasta el otro día rumbo a su humilde barrio era un esperado momento durante mis visitas. Me divertía y me dejaba envidiosamente boquiabierta.

Un primero de enero, unos mafiosos del barrio irrumpieron en su casa, un copamiento; la hicieron callar y le pegaron un tiro en la cabeza a su joven hijo, que dormía acurrucado en la confianza del hogar, de su cama. Su único, queridísimo hijo (que además dejaba familia propia desamparada). El muchacho había intervenido para defender a alguien en los habituales prepoteos de estas pandillas y se la juraron: de escarmientos así están llenos los lugares soleados, como mi México. De golpe, el dolor se tragó a Marta, la envolvió en pesadillas de esas donde no hay Madre Universal capaz de consolarlo a uno. Que no haya ocurrido, volver el tiempo atrás, y si yo hubiera esto o aquello, no puede ser real... Pero, sí, había ocurrido, le ocurrió a ella. La noche oscura del alma. La injusticia, la impotencia, además del miedo paralizante. Porque esta gente sabía dónde vivían Marta y su familia, testigos presenciales; de hecho, habían podido entrar en la casa sin problemas, y por supuesto dejaron amenazas tras de sí. Pero nadie debería desestimar el innato poder de leonas de las madres.

Mucho tiempo después, se logró encarcelar a los culpables. Marta nunca sacó el dedo del renglón. Imagino que dormiría con mucho miedo, atenta a cada ruido; quizás el esposo tuviera un arma bajo la almohada. No lo sé, pero se logró justicia. Es decir, justicia legal, que el crimen no quedara impune. El duelo, el duelo no tiene arreglo: es para siempre. Únicamente se mitiga, uno aprende a integrarlo a su vida, a rearmarla bajo otra forma, pero no deja de tenerlo siempre ahí, como un convidado de piedra.

Hoy Marta sigue vistiendo riguroso luto, como acostumbran en su pueblo: toda la ropa negra (lo que en Panamá es un contrasentido: llama tanto o más la atención que cuando alguien aquí se viste de verde cotorra o fuchsia chillón). pero hace tiempo que empezó a arreglarse nuevamente; sigue queriendo estar linda (para su esposo, para sus nietos -que ya no para su hijo-, para los hombres, para sí misma). Se ríe cuando conversa con la señora Vera, un personaje de novela que los viernes va a planchar (y que le dice diablofuertes a los jeans, algo que me causó pánico en un principio, cuando me preguntaba por los míos: no le entendía, pero me era imposible evitar imaginar lujuriosos demonios atléticos sin camisa que me seguían a todas partes, aunque yo no pudiera verlos, y de ahí que ella considerara que eran mis diablos fuertes, pero al final resultó ser sólo un malentendido), y uno se pregunta cómo hizo para volver a reir luego del demoledor golpazo que le dio la vida. Obviamente, los efectos de dicho golpe irán con ella hasta la muerte, no tienen cura: el hijo no volverá. No se me ocurre dolor más insoportable que ver morir a mi hijo, y aquí no fue en sentido figurado, además. Pero ella optó por la vida, por tomar la vida, por volver a encontrar espacios de alegría, por seguir respirando y regalando sus perfumes.

Y vuelve a salir al final de la tarde, cada día, toda arreglada, encaramada en sus tacones altos y de minifalda. Negra, porque hay cosas que llevan sus larguísimos procesos. El vino está, pero uno tiene que sentirse preparado para volver a beberlo y a embriagarse. Lo importante es que el dolor, la pérdida, la culpa, lo que no fue, lo que ya no será, no nos lleve a decirle no a los vinos de la vida. "No ahora" está bien: es como la minifalda negra de Marta. Pero tener claro -aun durante los peores huracanes del duelo- que, si bien lo lacerante parece haberse convertido en nuestra  única realidad, esto también pasará. Y que, cuando esto pase -aunque nunca será olvido de lo perdido, como tampoco lo será de lo hermoso que se vivió, de la memoria que uno quiere defender-, uno seguramente querrá volver a brindar, a degustar la copa, a permitirse el juego del vino, a disfrutar la liviandad que emborracha en comunión; esa que, expansivos, nos hace arrojarnos a las exploraciones. Claro que eso sería, hoy, como querer que Marta vuelva a llevar su antigua ropa de colores.

Sin embargo, ella ha sido capaz de rearmarse desde la caída más terrible y elegir vestir, orgullosa, una minifalda negra.

Cómo me gustaría aprender las artes de sobrellevar un duelo tropical. Pero creo al escribir terminé detectando alguna que otra pista.


Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
anegado sin brújula y perdido
llegar a puerto con las velas rotas?

Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
El mismo viento que rompió tus naves
es el que hace volar a las gaviotas.


(De El doliente, Oscar Hahn)

 

10.5.10

Errores benditos

Hoy tenía unas vueltas que dar y, según yo, luego del 116 me tomé el 582 -boleto de una hora- con la intención sin mayores sobresaltos de dirigirme al shopping de Punta Carretas (que, por lo visto, nos sigue funcionando como cárcel, aunque en otros sentidos). Estaba en la luna cuando, de pronto, al mirar por la ventana no reconocí absolutamente nada: el ómnibus, además, hizo un giro que no estaba calculado dentro de mi memoria inconsciente del trayecto.

Parece que me había tomado el 522 inadvertidamente: el sentido de la vista, entre la mediana edad y el abuso de la computadora, me está convirtiendo poco a poco en Daredevil o el ciego Tiresias (no sería tan mal negocio, dado que uno es un superhéroe que, pese a su carencia, resulta un maestro de las artes marciales a pura intuición, y el otro, más que ciego, es un vidente en ese inasible mundo del conocimiento y el futuro que tantas molestias causa, pero que tanto seduce). En este ping pong de la presbicia, la miopía y el astigmatismo al que he sido arrojada con los años, suelen sucederme cosas como tomarme el ómnibus equivocado o no reconocer a la gente que he visto pocas veces, pasando por antipática. Pero es una cuestión de enfoques, literalmente.

Primero sentí una gran molestia por mi error: ¿cómo podía ser tan distraída, como dí por sentado que era el 582 sólo porque era verde y tenía dos de tres números en común? ¿Dónde me convendría bajarme, entonces, para regresar al camino planeado? ¿Podría tomarme otro ómnibus desde allí? No, me pareció que no. Y si no me bajaba cuanto antes, quién sabe hasta dónde me terminaría llevando ese maldito autobus. Al menos por Benito Blanco encontraría un cajero.

Y me bajé sin más, con la buena fortuna de ir a dar directamente a la Plaza Gomensoro. Miré el mar de frente: un día soleado, maravilloso. Necia, todavía con la idea de ver si algún otro ómnibus me regresaba al destino inicialmente elegido, atravesé la plaza en dirección a la rambla y así llegué hasta las características escaleras. Y de pronto me quedé allí; me llegaba el sol, el ansiado sol, y me sentía bien. Así me quedé, mirándolo todo, el agua, los edificios, la gente que pasaba, en un estado de paz que estos días valoro más que nunca. Rato, un buen rato, apoyada en la escalera, totalmente quieta.

Entonces rehice mi plan: el cajero, la papelería, el café (en el Expreso de Pocitos, una de mis viejas escalas cuando vivía por la zona, y directo sin más a mi mesa chiquita junto a la ventana, con maravilloso mozo gruñón). El error  del ómnibus me había llevado a un lugar mucho mejor que el shopping encerrado, estándar y lleno de situaciones predecibles, además del horror de la música funcional y todos esos promotores. Estaba en la ciudad, en los lugares vivos, y por si fuera poco mis objetivos prácticos no se vieron afectados en lo más mínimo.

No sé por qué no se me había ocurrido antes. Un día soleado es para estar al aire libre.


9.5.10

Isolda la de las blancas manos

Según el tarot del Rey Arturo que llevó Morgana al retiro literario, mi carta -el Cuatro de Espadas- se ilustraba con la figura de Isolda la de las Blancas Manos. Cuando Tristán e Isolda la Rubia fueron descubiertos por el rey Marcos -el esposo de la dama en cuestión-, a Isolda la pusieron bajo llave en el castillo de Cornualles y Tristán se ocultó en el bosque con prohibición de regresar al reino. Malas épocas para los célebres amantes adúlteros (... que terminaron en el segundo círculo del Infierno de Dante, por cierto). Luego, una flecha envenenada hirió a Tristán y su vida corrió peligro, pero Isolda, que era una hábil curandera, no pudo burlar la vigilancia para ir a sanarlo. Sumado a que el rey Marcos lo estaba buscando para hacerlo picadillo, Isolda consiguió avisarle a Tristán en secreto para que se fuera de Irlanda a la Bretaña continental y buscara allí a Isolda, la de las Blancas Manos, quien podría cuidar de su herida.

Y efectivamente, la noble Isolda de las Blancas Manos lo cuidó con todo esmero, lo reconfortó, lo alivió de sus males, llenó su vida de calidez y quizás hasta le salvó la vida; día y noche veló por él, enamorada; drenó el veneno del tajo de la flecha aquella, limpió la sangre, lo dejó dormir hasta recuperarse. Gracias a los cuidados de Isolda la de las Blancas Manos, y muy lejos de las amenazas que había dejado atrás en Cornualles, Tristán logró salir adelante, renovarse en alma, mente y espíritu. Cualquiera correspondería a semejante amor que le ha curado sus peores heridas; cualquiera se sentiría agradecido hasta el día de su muerte. Por eso Tristán se casó con Isolda la de las Blancas Manos. Lo hizo con toda sinceridad y voluntad de entrega, radiante, contento de poder mirar todos los días su bella cara y sus manos buenas.

Mi perro adorado, a quien tuve que dejar en Guanajuato cuando volví a Uruguay, se llamaba Tristán.

El problema era que Isolda la Rubia, en cierto lugar remoto, aún seguía existiendo. Y el librillo del tarot del Rey Arturo dice así:

"Aunque él estaba agradecido y sabía que ella se merecía su amor, Tristán nunca pudo consumar el matrimonio debido a su imperecedero amor por Isolda de Irlanda, reina de Cornualles".  Se justificaba, avergonzado, diciendo que era la famosa herida que le seguía doliendo. Puede ser. Estamos en los territorios de lo simbólico. Lo cierto es que la otra Isolda seguía allí. Porque era un asunto no resuelto, a pesar de la bondad, belleza y cuidados amorosos de Isolda la de las Blancas Manos.

Y, claro, ella, la esposa, finalmente lo resintió; al final de la historia llegó a mentirle a Tristán, que agonizaba, sobre el color de las velas del barco en el que supuestamente vendría la otra, la Isolda añorada, a curarlo. Si Isolda la Rubia no había concurrido a la llamada de auxilio de Tristán -como en verdad lo hizo, pero la de las blancas manos prefirió matarlo de dolor ocultándoselo antes que permitir dicho reencuentro-, la vida ya no importaba en lo más mínimo. Por eso Tristán murió. Y ya no fue, entonces, para ninguna de las dos Isoldas.

En el taller de constelaciones familiares al que asistí hoy me tocó -entre otras situaciones- ser la representante elegida por un hombre que se había separado hace cinco años y no podía superar el abandono. En la constelación, yo representaba a su ex mujer, que había formado una nueva pareja y tenía un hijo. Se me llenaron de lágrimas los ojos cuando tuve que repetir lo que proponía la facilitadora, mirándolo a la cara: "Te agradezco todo lo que me diste y te llevo en mi corazón. Me hubiera gustado que fuera de otra manera, pero así fue". Ojalá Tristán hubiera podido decirle eso a tiempo a Isolda la de las Blancas Manos, en vez de tener que morir.

Isolda la Rubia, reina de Irlanda, era ante todo una bruja (y, como tal, entera). Porque no en todos los casos Isolda la Rubia es un amor rival. Lo que es siempre, o debería ser siempre dicha Isolda la Rubia, es uno mismo.


Marriage of Tristan to Isolde of the White Hands
Sir Edward Burne-Jones

7.5.10

Noche de Walpurgis: Ginebra, Arturo, Morgana, las hadas del bosque, mi novela y yo

 
Cuando la gente se va a un retiro (religioso, profesional o en el marco de un proceso terapéutico), generalmente lo hace para encontrar la paz que le permita acometer ciertos proyectos u objetivos, o para que terminen surgiendo espontáneamente procesos que, de otro modo -de no ser por ese "fuera del mundo" artificial que se crea-, costaría demasiado contactar o por lo menos llevaría muchísimo más tiempo. Uno se va, confiado en que su rutina, su mundo de todos los días, lo estará esperando allí cuando regrese, intacto e inmóvil, como el castillo de la Bella Durmiente que seguía preso del hechizo un siglo después.
Mi rutina, mi mundo de todos los días, saltó en pedazos recientemente, y "paz" es lo último que puedo esperar en medio del inmenso dolor que estoy viviendo ahora (dolor cuyo sentido es, precisamente, tratar de recuperar dicha paz). Creí que, para mí, el soñado retiro literario en Solís, con el ya probadísimo equipo femenino de escritoras -y amigas-, quedaría literalmente en el tintero. Nadie puede escribir una vez que el tsunami golpea y arrasa con todo: se dedica a salvar la vida, a recobrar las maltrechas pertenencias que flotan, a reparar la casa o improvisar un techito, a sostener a otros heridos, a dejarse curar por las brigadas solidarias, a buscar alimento día a día, sin acopio posible, a juntar leña para prender fuegos que recuerden el hogar. Sí: uno se dedica a sobrevivir cuando el tsunami golpea; lo último que podría hacer es escribir. Tampoco se puede escribir mientras se avista la ola a lo lejos, por cierto.

Un amante del cine arte me comentó una vez sobre una película de aquel director interesante (aunque demasiado arriesgado en sus propuestas estéticas, a mi gusto) que filma ese preciso momento y lo sostiene como en una cámara lenta eterna: la ola gigante a lo lejos, imponente, majestuosa, durante rollos y rollos de filme. Los espectadores permanecen, igual, en sus butacas, por la arrolladora belleza de otras secuencias en la historia. Personalmente, semejante imagen me causaría torturantes pesadillas por su contenido arquetípico.

"No importa, vení igual, aunque sea a pedacitos", fue -más o menos- el mensaje de mis compañeras en la pasada noche de Walpurgis. Y milagrosamente fui. Claro que a pedacitos, pero rodearse de siete hadas y un bosque ayuda a la sanación, por más duros que hayan sido algunos momentos. El silencio creativo me hace bien; los momentos de amistad gozosa, también. Y aunque no haya escrito mucho más que mis bitácoras de la vida, leí con concentración  mi novela trunca (no puedo llamarle ya "proyecto" cuando tiene 180 páginas escritas, aunque haya sido hace siglos) que sorprendentemente me dijo mucho de mí, de lo que estoy viviendo ahora mismo, a años de distancia; me conectó, página a página, con mis búsquedas de siempre. Retomé nada menos que el sentido del juego, el desafío y el misterio de escribir esa novela. La tríada bendita. Nada mal para un retiro en el medio de un tsunami.

Estuve llorando en la hamaca, tapada y escuchando música, hasta que en medio de esa desolación un hilito de luz, de esos que se filtran desde las copas de los árboles, me hizo sentir que encontraba algo como el camino de regreso a mí misma y a mi fuerza, a mi alegría de ser yo, la que soy. Al final, el Darno estaba cantando/me en francés; era parte de esos hilos de luz, de muchos hilos que se entretejen para sostenerme. No es cierto que la imagen de la telaraña implique lo malévolo, lo destructivo; quizás esa sea la realidad de los insectos. Para mí, los hilos, la red, la telaraña que se teje son todos huellas, rastros, señales y ovillos de salida.

En ese mágico momento de retorno, me pareció ver una línea que aparecía y desaparecía a medida que la hamaca se iba meciendo. Una finísima línea vertical que se ocultaba y se dejaba ver en una danza de brillos y transparencias. Bajaba desde no se sabe dónde hasta mi bota; parecía un inesperado rayo láser de la Guerra de las Galaxias.

Cuando al fin me di cuenta, quise correr a contarle a Morgana, pero me contuve para no distraerla de lo suyo. Allí, mientras estuve rearmando mis pedazos en la hamaca, asida a mis guías invisibles, entre temporales y naufragios, una araña tuvo el atrevimiento bendito de tejerme encima el primer hilo de su futura telaraña. Por un instante, tuve a Levrero frente a frente, o al menos habrá sido el recuerdo de su lección principal: la autenticidad, el valor de ser quien se es, incluso cuando la gente que amamos y que nos ama no pueda comprenderlo, mucho menos acompañarlo. Memento mori.

Observé por última vez, maravillada, el fortuito brillo que me hablaba al oído, y tomé entonces el hilo casi invisible con la mano izquierda. El regalo de la araña se quedó conmigo. Estaba en paz. Sabía que no duraría, pero lo estaba.

La noche de Walpurgis misma prendimos un gran brasero, comimos guiso de lentejas, tomamos vino, quemamos unos papelitos que guardaban todo aquello de lo que nos queríamos desprender en nuestras vidas y luego otros papelitos con lo que deseábamos con toda el alma. Fue una especie de ritual improvisado; yo comenté que iba a ser difícil que alguna iglesia lograra captarnos alguna vez, con semejante poder de autogestión. Cada una sacó, además, una carta del tarot del Rey Arturo que Morgana había llevado. Ocho cartas, como dardos certeros, con capas ocultas que continuarían luego, en los días por venir, su proceso de cebolla hasta develar la totalidad del oráculo. Un círculo de mujeres escritoras alrededor de un brasero prendido convoca fuerzas muy poderosas.

A mí me tocó el Cuatro de Espadas. No sé qué dirá la estadística de estas cosas, pero desde mi experiencia personal era imposible que saliera un palo distinto que el de espadas. Conozco bien la carta, sus significados habituales, pero no en esta versión del Rey Arturo, que además me llega especialmente por mi condición de Ginebra. La imagen que presentaba este tarot para ilustrar dicha carta era Isolda la de las Blancas Manos. Recién como una semana después, los insights me empezaron a golpear, pero esa es otra historia (que quizás escriba luego aquí). El significado liso y llano que el librillo daba sobre mi Cuatro de Espadas decía así:

Recuperación. Sanación. Retirada a un entorno seguro y tranquilo. Tomarse un respiro. Abandonar una situación tensa y caótica para aclarar la mente y evaluar los propios planes. Indagación serena en la propia alma. Recuperar la fuerza y dirección. Recibir protección y cálida hospitalidad. Convalescencia. Abandonar un estilo de vida peligroso. Puede indicar una estancia en el hospital. 

[espero que esto último sea en un sentido metafórico, aunque a estas alturas todo es posible]

El lugar común de hoy: ""Y, viejo, qué te voy a decir... ¡de que las hay, las hay!"  Mucho más todavía un 30 de abril, aquelarre de Walpurgis. Noche en la que, a cierta hora, los cielos y la luna se oscurecen por la multitud de brujas que surcan los espacios. Yendo al encuentro con sus pares.