31.1.09

Ginebra y las lágrimas



"El whisky vierte lágrimas sobre los mostradores, 
la ginebra sonríe como una niña muerta". 

Arturo Camacho Rodríguez


...encontrado inesperadamente en una web sobre mi respetado alter ego John Cheever...


...

22.1.09

Curiosidad con la firma del Darno

Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de "Coyoacán", uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con "Darnauchan(s)"). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: "Vengo a despedirme... ¡aunque me cueste mi matrimonio!"). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

Triste destino de los escorpianos, según dicen.

10.1.09

Cositas mínimas que no logro entender del mundo (III)

¿Cómo es posible que las terminales de autobuses de la Ciudad de México -hablo de mi modestísima experiencia en viajes, pero si sumo los kilómetros de ida y vuelta entre mis dos países doy la vuelta al mundo, además del largo tiempo transcurrido en cada uno de ellos- puedan manejar con bastante eficiencia miles y miles de pasajeros diarios, y en cambio la "talla 0" terminal Tres Cruces de Montevideo se vea desbordada por un eructo de verano?

La pregunta se vuelve acuciante, filosa y llena de fastidio -como estoy ahora, en el ómnibus rumbo a Solís luego de mil y una peripecias dignas del Principio de Peter, la Ley de Murphy y el Primer Manifiesto del Subdesarrollo ("Incompetentes del mundo... ¡uníos!")- ante algunos hechos contundentes:

1) Tanto México como Uruguay son países del Tercer Mundo: no estoy haciendo la zancadilla infantil de comparar con Europa o EE.UU.

2) Los veranos se repiten cada año: no son una catástrofe inesperada que azote a un país desorganizándolo súbitamente. Las hordas estivales en la terminal de autobuses pueden preverse con tiempo, planificación y sentido de la eficiencia (sobre todo del servicio, algo difícil de encontrar aquí) (también es difícil de encontrar una oficina de Defensa del Consumidor o un abogado presto a poner una demanda). Tengo la impresión de que poner sin aviso previo un letrero de "Caja cerrada" cuando hay veinte o más personas en esa fila, no tener previsto a qué andén llega cada autobus ni a quién puede consultárselo ni quién lo asigna ni por dónde puede desplazarse tanta gente para ir y venir como títere mal informado, de un extremo de la terminal al otro, no una sino varias veces, mientras cruza un mar de gente propio de la estación Metro La Raza del mentado DF (y aún ahí era más organizado: descontando las horas picos, atroces, y la monstruosidad misma de la escala, por el metro de dicha ciudad pasan por día 6 millones de personas, y aún así, básicamente, los ríos de gente van por su cauce, hay represas y exclusas, lagos y, bueno, canaletas estrechas, pero también señalización, cronómetro, velocidad), sufriendo la mochila ajena en el ojo -fina imagen ¿eh?-, tengo la impresión de que terminar tomando el ómnibus de las 19.15 hrs a las 19.45 o que haya que llevar a los pasajeros del "Coche 4" en el "Coche 1" porque dicho "Coche 4" los dejó plantados en la parada y siguió de largo, tengo la impresión de que todo eso no colabora con la seriedad de los servicios turísticos uruguayos. Menos mal que sólo tuve que tomarme un taxi desde mi casa para contemplar (¡y participar de, iupi!) este caótico espectáculo vergonzoso: si hubiera venido a veranear desde otro país, me corto las venas.

3) Si en vez de una terminal de ómnibus fuera un aeropuerto, los aviones colapsarían en el aire: ¡qué alivio! Para tragedias, todavía tenemos a Bush, más la franja de Gaza, asiduos terremotos, huracanes y todo el catálogo, no precisamos esforzarnos en generar adicionales.

4) En la ciudad de México hay cuatro terminales de salida, según la dirección en la que se viaje, y por cierto la mayoría están bastante alejadas de la zona urbana central, no enclavadas en su epicentro. Bah, doy fe de que era así: el DF crece tan rápido que puede que ya se las haya tragado; cuando yo era niña, el aeropuerto quedaba en las afueras, y cuando volví hace diez años vivía en la colonia Narvarte y parecía que los aviones se metían en mi dormitorio...

5) Desde que pisamos la terminal, nos llevó 4 horas llegar a este balneario que está a... 80 kms de Montevideo! Lo escribo y me da vergüenza ajena (y propia, como connacional). El anfitrión, extranjero, claro, nos dijo: "Bueno... ¡pues bienvenidos a Artigas!". A esas alturas ya tendríamos que haber llegado a la frontera del país.

6) Ya estoy esperando el paro, la huelga, la manifestación por aumentos dignos de salario, la movilización gremial, etc. de los eficientes empleados de Tres Cruces, sus líneas de ómnibus... auch!!! "Uruguay: país de servicios". Servicios sanitarios, será. Turistas del mundo, no vengan en verano hasta que esta gente salga del Jardín de Infantes. You don´t deserve this, really.

Por suerte, luego de la tortura aquí está hermoso, nos tratan maravillosamente, Astor juega en la piscina, tenemos resaca por el "4 X 4" de anoche (cuatro botellas de vino entre cuatro comensales pernoctadores, no hubo tango), todo está lleno de hamacas y, por si fuera poco, terminé pasando mis apuntes de carretera en laptop inalámbrica rodeada de jardín. El sol, la sombra, la comida, la buena música: después de la batalla, el paraíso. Al menos, ese es el argumento que promueven todas las guerras santas del mundo...

9.1.09

Trinidades monárquicas condenadas al destierro

“Estoy segura de que los Reyes murieron, que a mí no me dejarán nada, que ya no existen, que no laten más en mi alma. Pero ¡qué lindo era!”

El otro día los Reyes Magos pasaron por Atlántida; yo me di a la fuga hacia Montevideo esa misma noche, precisamente. Astor, por ahora, no podrá desilusionarse y resoplar, indignado: “¡Los Reyes Magos son los padres!” porque, la verdad, en este debut que habíamos diferido todo lo posible, el terrorista de la felicidad (como pone Quino en boca del padre de Mafalda) fue únicamente Papá Guzmán. En mi familia política, la gran fiesta de regalos se hace en Nochebuena: ¿habría que, además, gastar otro tanto pocos días después si podíamos hacernos los disimulados? Hasta ahora, a los cuatro años, Astor ni sabía de la existencia (menos aún, de la no existencia) de los Reyes: entre el clásico de Maroñas al que asistíamos religiosamente, el viaje a Panamá el año pasado y el hecho de que en enero no tiene escuelita la habíamos librado con bastante elegancia. ¿Y justo cuando falta tan poco para zafar, cuando falta tan poco para esa charla seria en la que uno tiene que tirar por el piso para siempre la inocencia de su hijo, o, en su defecto, cuando falta tan poco para que lo asalte ese sentimiento de traición al enterarse por ahí de nuestra villanía fraudulenta, justo ahora terminaríamos permitiendo que los Reyes Magos se colaran en su inconsciente y fueran otro motivo de oprobio paterno cuando llegue ese aterrador momento del aterrizaje forzoso en el realismo adulto? Bastante tengo yo al cargar en la conciencia con dos cartitas a Papá Noel, una de las cuales fue despachada en la mismísima oficina de correos: Astor se la entregó a la funcionaria en propia mano, diciéndole: “Al Polo Norte”.

Pero venía la prima de Atlántida y, si nos quedábamos a dormir aquella noche infausta, los Reyes Magos llegarían con ella. Yo había aceptado, en principio, que unos tales Reyes le mandaran un solo regalo por correo (algún común para él, con los abuelos en Panamá y la madrina en México), de modo de que si algún niño le preguntaba: “¿Qué te dejaron los Reyes?” él supiera a qué diablos se refería (porque, es verdad, debe ser como no saber quién es Ben 10 o Sportacus, qué es Hotwheels o Hi 5). Pero en el último momento, al ver todos los paquetes que planeaban dejarle esos pérfidos Reyes a la prima, nos entusiasmamos y juntamos algunos regalitos debajo de la cama. Debo confesar que se me agitó cierta emoción vieja en el alma. Pero lo que yo no quería es que, con la conveniente instauración de un día más en la cosecha de Astor, viniera toda una mitología de pasto para camellos, agua en baldes, zapatitos, figuras que se mueven en el pesebre, porque era como armar toda una hermosa escenografía teatral, mágica y seductora, para poco después prenderle fuego. Con el Gordo del Norte ya tenemos bastante, ese desubicado total que viste pieles en pleno verano, exhibicionista imposible de obviar si siempre anda de rojo, cultor de la obesidad como imagen de simpatía, advenedizo trepador que se lleva el mérito del gasto ajeno, posible pederasta incluso, un tipo en extremo peligroso. Malaya el día en que deba decirle a Astor la cruel verdad: que nos hemos burlado, en el fondo, de su ingenuidad y su pureza, que hemos disfrutado cada momento de la mentira viendo sus gestos de felicidad al recibir los regalos, que hemos espiado en sus deseos con trucos como cartas o idas a la juguetería para escuchar sus comentarios, que su inocencia fue pasto de fieras, que el mundo en verdad apesta, que es imposible volver al estado de protección de la primera infancia, que a partir de ese momento tendrá que arreglárselas como pueda, que seguramente hay otro montón de estafas y secretos turbios adheridos a la antes inmaculada imagen de sus padres, que debe estar alerta porque es muy probable que haya más trampas tendidas por ahí, amenazas, golpazos, desilusiones. Y lo peor es que sí, las habrá, a manos llenas.

Ahora, todo esto de los Reyes no es para tomárselo como una Coca Light en verano: es un asunto gravísimo que mueve el mundo simbólico cual bruja frente a su caldero. Bien sé que, aunque me haya escapado, aunque en el fondo no fuera tanto la racionalización del doble presupuesto lo que me preocupaba, sino mi propia negación a aceptar que los Reyes sean los padres (porque si yo lo hago, si yo pongo los regalos en los zapatitos y me hago la dormida, será reconocer del todo y para siempre que los Reyes Magos jamás existieron, que nunca vinieron, que sus manos no tocaron en absoluto aquellos regalos que me llegaban hace tantas décadas, que no están más o, lo que es peor, jamás estuvieron), la relación interna de todos los hijos hacia sus padres se basa claramente en la figura de estos tres arquetipos, pegajosos como la mugre, que, con paciencia, esperaron afuera de nuestra casa hasta que tuvieron la oportunidad de colarse. Al principio, los hijos nos aman, viven cada cosa con toda la ilusión, inmersos en la magia de la bondad de la vida: los Reyes Magos dejan regalos, todo es un oasis de abundancia, las estrellas surcan los cielos y nos guían a destino, el poder, la bondad y la sabiduría van de la mano (los padres, los reyes, los magos, todos candidatos a las tres cualidades simultáneas), la vida es una armónica comunión en la que las risas y los corazones agitados por la emoción son una constante.

Después viene la adolescencia, tiempo de cambios en la relación con los progenitores: “Me han traicionado, me hicieron creer que los Reyes existían y eran ustedes. ¿Para qué me engañaron con semejante estupidez y me decepcionaron así? Me hubieran evitado todo esto. ¿De qué sirve inventar una magia que no existe? ¿Se creen que soy idiota, que no me iba a dar cuenta tarde o temprano? ¿Por qué lo hicieron? Me mintieron, sólo quisieron lastimarme, molestarme, demostrarme que ustedes me manejan a su antojo, pero no es así, ya lo verán. Y nunca más voy a creerles NADA!!!!”

Por último, llega la curva de descenso en el enloquecido biorritmo del 6 de enero simbólico: allá por la mediana edad, cuando uno tiene sus propios hijos y sus propios problemas (y, casi siempre, si aún tiene padres, son viejitos), mira con cierta ternura en su memoria la misma exacta escena por la que ahora le toca pasar: la compra de regalos, intercambiar opiniones con la pareja, elegirlos, juntar la plata, esperar el momento de ponerlos en su sitio sin ser descubiertos, acompañar la ilusión del niño, festejar su alegría al otro día, tragarse la angustia propia si lo recibido no era lo que esperaba e inventar un consuelo, todas esas cosas. Y se dice, ya lejos de aquellas rabias egocéntricas: “Pobres viejos, mirá todo lo que tenían que hacer…”

Cuando yo tenía veinte años y ya me había venido a vivir a Uruguay por primera vez, mis padres estaban organizando sus cosas para irse también de México y, entre los papeles viejos, encontraron una carta mía a los Reyes Magos cuando tenía unos cinco años. El papel estaba decorado con un Mickey a color y guardaba esa inconfundible letra cursiva de niña, temblorosa e insegura, a lapiz, que luego de pedir discretamente algunos regalos terminaba escribiendo: “Por favor, Reyes Magos, no me castiguen”. Sé, por mi madre, que ambos se pusieron a llorar ahí, juntos. Creo que fue un mensaje de mi inconsciente infantil a mis padres, en algún sentido. Pero para desarrollar esta escena y aprovechar su carne hasta el hueso tendría que escribir una novela entera; igual, vaya el flash de blog.

Mis padres eligieron contarme ellos mismos la verdad antes de que un compañerito de la escuela me la zampara sin anestesia; no querían que me sintiera engañada y es muy respetable. Sólo que, para lograr semejante anticipación, me lo dijeron a los cinco años (ahora que lo pienso, debe haber sido después de recibir semejante carta). Yo negocié, rogué, imploré para que a mi hermanito le dejaran disfrutar esa ilusión aunque fuera un año más, así que se lo dijeron a los seis: a diferencia mía, el Mopri salió ese mismo día y, ni corto ni perezoso, informó del asunto a todos los integrantes de su generación. Pero volviendo a ese día, la hora de la verdad, la muerte irreversible de los Reyes Magos (sin trucos de resurrección, como los de aquel pequeño al que visitaron con incienso, oro y mirra), fue mi papá el que se echó todo el rollo; evidentemente, ellos tenían divididos los temas. A él le tocaba explicar quiénes eran los tupamaros, los comunistas, Pacheco y el Che Guevara, por qué estábamos escondidos durante la huelga bancaria, a qué sectores votaría cada uno (con la salvedad de que no podía decírselo a nadie) y, finalmente, darme el mazazo de los Reyes Magos; a ella solo le tocaban las temáticas sexuales.

Creo que aquel soleado día en el apartamento de Rivera y Jackson donde vivíamos al principio no entendí demasiado: mi papá, como siempre, habló sobre tantas cosas –todas interesantes pero que en mi infantil mente no tenían la menor relación: la historia desde el Génesis– que cuando llegó al meollo de la confesión y me preguntó si había entendido yo dije que sí, que por supuesto, que estaba clarísimo: al pobre niñito Jesús lo habían engañado, porque los Reyes Magos en realidad no existían. Fueron, en verdad, esos poco escrupulósos de José y María quienes le mintieron y pusieron los regalos en el pesebre. Ahora, lo que era a mí, los Reyes sí me traían los míos en persona, claro!

Los malentendidos, finalmente, se aclararon, y una sensación de pérdida precoz de la virginidad, de callada humillación aún azorada frente a las inconcebibles realidades de la vida se apoderó de mí. Quedé como un trompo, girando confundida, para nada enojada con mis padres pero sí un poco con la incómoda situación y con la vida misma. Mi madre, más práctica, me espetó: “Si alguna vez tenés cualquier duda, vení a preguntarnos”.

Se ve que me quedé pensando, porque al otro día la paré y le solté la cáustica pregunta: “¿Los ratones son los padres?”. Ella, con expresión de haber sido agarrada en falta, bajó la vista solo por un instante, para luego mirarme y decirme el temido “sí”.

Pensaré qué hacer cuando se le empiecen a caer los dientes.

Por ahora, la única fórmula que he encontrado para tratar de salir con el menor enchastre posible de este escabroso asunto de los Reyes Magos y Papá Noel es explicarle que ellos únicamente le dejan regalitos a los niños, que los grandes nos regalamos cosas entre nosotros. De ese modo, podré aprovechar el odiado día como rito iniciático: “Bueno, Astor, resulta que ahora sos grande, estas personas ya no te van a traer los regalos sino que a partir de ahora te los compraremos tus papás”. En una de esas ni siquiera le tengo que decir que en realidad no existen.



4.1.09

Navidad en Disney (qué ridícula combinación)

Luego de envolver durante cinco horas por reloj los casi treinta regalos de Navidad (no es exageración: me dolían tanto las pantorrillas que tuve que poner las piernas para arriba, humillada en mi decrepitud de la mediana edad, y para colmos recordando que de niña soñaba con ser azafata... poca carrera hubiera tenido), tras el hermoso round de la medianoche en que por arte de birlibirloque aparecen cada año cientos de regalos bajo el arbolito de mi familia política -previa distracción vía fuegos artificiales de los niños, que son sacados por un comando ad hoc a la vereda, los otros apurándonos locamente para armar todo antes de que entren y se escuche el estallido sonoro de felicidad al ver esa juguetería de colores y moños-, luego de todo lo lindo que puede ser una Nochebuena dentro de una familia grande, grande, que me recuerda a la mía propia de la infancia antes de que nos fuéramos de Uruguay, aquella en que primos, tíos, abuelos, padres, se mezclaban en una sinfonía única de pertenencias, de tribus, de clanes; luego de probar manjares, lasañas maravillosas de una vez al año, brindar, desear, se vino al amanecer el domingófilo día 25 y miré -dentro de la habitual pachorra que forma como una nata navideña en la ciudad- un programa llamado Navidad en Disney. Se trataba de una serie de clips tomados de conciertos de grandes figuras musicales, especialmente de los años 70, todo patrocinado por la omnipresente compañía de ratones buenos, patos malhumorados y princesas sin demasiadas ambiciones mundanas.

Tanta nostalgia por aquellas revividas navidades de niña -esas que ahora por suerte protagoniza mi hijo gracias a que decidimos volver a Uruguay y no quedarnos solitos y desarraigados allá en México- se conjugó con este punzante sentimiento de la inevitable decadencia. Declive que también tuvieron mis navidades, al crecer todos, separarnos, morir abuelos y algunos tíos, fin de la fiesta; ese marchitarse, como parte de la letra chica del contrato, se me juntó al ver a las estrellas de entonces con la clara acción del paso del tiempo: aunque algunos artistas conserven cierta fuerza, eso está ahí, presente como un duende malévolo. Era lindo escuchar las canciones que a los 11, 12 años pasaban por la radio y que yo aborrecía, como buena niña intelectual. "'¿Música disco? ¡Qué asco, vergüenza del género humano!". Ahora, sin embargo, me encanta toparme con los Jackson Five, los Osmond, Abba, Gloria Gaynor, los Bee Gees, Tom Jones, KC and the Sunshine Band, Earth, Wind & Fire, Donna Summer y toda esa gente que, en general, se nutría de ritmos bobos y voces agudas, pero también tenía una intensidad que en aquel entonces yo no era capaz de ver. Y que, ahora que son viejos, me llega como un brillo intangible desde sus miradas cansadas de cincuentones, sesentones; ellos siguen divirtiéndose con su música como entonces, cuando yo -pelotuda adolescente "profunda" y "trascendente"- no podía conseguirlo, ni siquiera dignarme a intentarlo. Mi graduación de tercero de liceo terminó siendo en una discoteca (claro que fui de los que votaron por hacerlo en un salón de fiestas, convencional y sin el oprobio de la disco): fue la primera vez que pisé un lugar como esos y, por supuesto, no bailé. Solo crucé la pista protegida por una especie de burbuja invisible que me salvaba de los pastelazos que surcaban el aire por culpa de Carlos Pascual y Enrique García Formenti, los más traviesos de la clase, que ante un amague habían iniciado una verdadera guerra de crema y masa a lo largo y ancho de la disco; los dueños gritaban por el micrófono intentando parar la escena de los Tres Chiflados en la que unos cuarenta adolescentes se estampaban el pastel que le correspondía a cada uno (con su nombre en caligrafía repostera) en plena cara, mientras el piso se iba volviendo una zona de alto peligro ante los resbalones. Recuerdo que mi padre, aburrido como siempre que mi mamá lo obligaba a ir a algo porque se supone que era muy importante para nosotros, saltó de su asiento y se empezó a matar de risa pues nunca había visto algo semejante, salvo en películas. Yo tampoco. Y en el soundtrack de mi vida sonaba I will survive. Pasé como una reina, con mi vestido largo y pulcro, a buscar el trofeo que llevaría prolijamente a mi casa, invicta de pastelazos porque la mejor alumna, la cantante, la más bonita, la más alta, no podía llevarse un tortazo bajo ningún concepto. Creo que me hubiera venido bien alguno, sobre todo si después hubiera logrado reírme. Pero gracias a estas irrupciones involuntarias y horrendas -según yo- de las "discos" en mi vida, a aquel presumido y esbelto John Travolta pre-Tarantino, a las radios omnipresentes y todo lo demás, hoy escucho esa música y algo consigue resonar todavía en mi interior, tocarme y aposentarse en mis emociones como una sed. Tarde, muy tarde, reinvindiqué toda esa época como propia, como algo parecido a un hogar que, por supuesto, también me dan los 80 (que es la verdadera música de mi juventud y que, de una manera u otra, lo termina convenciendo a uno de su valor o su belleza).

Los rítmicos 70 me causan el mismo saludable efecto que la música de Tip Top, Sótano Beat, Palito Ortega, Tormenta y demás: es cómico, exagerado, inocente, me provoca simpatía, me dan ganas de bailar convertida en un personaje que no soy. Antes el tango me provocaba algo similar por sus letras, pero en algún momento indefinido lo empecé a tomar en serio, así que ahora solo me quedan los 70. Y la nostalgia es muchísimo mayor cuando vemos a los veteranos cantando lo que los hizo famosos, la música de su plenitud, de su estrellato, mientras se van apagando: un videoclip retro es lindo, pero no sacude como sacude ver de frente el inevitable paso del tiempo. Quién sabe qué diablos quieren enseñarnos al hacernos pasar por semejantes pruebas de vida: quizás sea algo demasiado sabio para poder verlo ahora. O quizás, algo demasiado cruel para poder aceptarlo y seguir adelante.

3.1.09

Sombras junguianas

Sobre los últimos días del año terminé a las 2.30 am -una de mis tantas noches de insomnio, habituales últimamente- de ver Batman, el caballero de la noche en DVD. El título en inglés es mucho más atinado, The Dark Knight, pues lo acerca a la idea de la Sombra junguiana, que es lo que la película trabaja en pleno (además de que knight no puede confundirse con gentleman, como en español). Es dolorosamente pesimista y tiene muchos niveles simbólicos, algo que no esperaba de una película que, según yo, sería de vil entretenimiento y cuando mucho de fascinación por el arquetipo del Héroe y el mundo siempre pujante de los comics. Me costó entrar en materia, en el ambiente de la película, por algunas desprolijidades lógicas al principio e incluso de continuidad, pero la zona dramática de los personajes centrales y el conflicto entre Batman y el Guasón -y de cada uno consigo mismo- es muy buena. El pobre Heath Ledger, QEPD, hace una excelente composición (que, por otra parte, sin duda le debe mucho al director, figura que siempre suele hacer el invisible trabajo del ama de casa: se nota sólo cuando no se hace bien, de lo contrario ni existe y los actores suelen llevarse todo el mérito, como buenas estrellas). Es increíble que el tipo muriera antes de terminarla, como si la carga sombría y despiadada (tanto como la vida) de encarnar al Guasón hubiera sido demasiado.

Me resultó muy perturbadora e incluso triste su final. Si antes era sensible, ahora que tengo a Astor puedo ser aniquilada emocionalmente por una imagen o la perspectiva de hallarme frente a la crueldad irracional algún día. Otra vez la misma frase: los dragones se escapan de las mazmorras -es evidente que la palabra mazmorra quiere decir mucho más que celda, cárcel, prisión, simplemente en su sonido encierra cerrojos, goznes, hierro- y temo dormir por miedo a bajar la guardia, a ser devorada finalmente por la noche. Las cicatrices que continúan hacia arriba las naturales comisuras de los labios (sonrisa que nunca podrá ser), la mitad de la cara calcinada irreversiblemente en una dualidad horrenda, el hombre con la bolsa de arpillera en la cabeza, las máscaras de payaso, el chivo expiatorio que carga sobre sí las penas del mundo, el héroe atrapado en responsabilidades que ya no quiere a causa de la corrupción del mundo, el villano que está tan herido que necesita lastimar, y de paso mofarse del dolor ajeno... uf...

You either die a hero or you live long enough to see yourself become the villain.

Es una buena patada a nuestro mundo maniqueo, judeocristiano, de sombras excluídas en vez de ser integradas. Por cierto -no sé si será intencional en el casting-, creo que es la primera vez que veo a Gary Oldman del bando de los buenos: ni siquiera lo reconocí hasta que lo leí en los créditos. ¿Se habrá reblandecido con la edad?

¡No me conteste nadie, por favor, o me arruinará los falsos bríos del nuevo año!

2.1.09

Cuentas regresivas

Es inútil escribir luego de que las cosas pasan y se procesan: los dragones ya batieron sus alas espinosas en las mazmorras y los sótanos secretos quitándonos el sueño, las serpientes marinas dejaron ver sus larguísimos cuellos-cuerpos emergiendo por un instante de nuestras profundidades más turbias, los felinos depredadores hicieron chisporrotear, casi por crueldad, su ancestral mirada enemiga del hombre en la noche eterna de los orígenes. Pero eso ya pasó, todos están convenientemente guardados en los zoológicos, las tiendas de mascotas y los cuentos infantiles, y uno respira protegido por sus rutinas, rituales y apuros cotidianos, ebrio de falsa inmortalidad (tan ficticia como los dragones y las serpientes marinas, tan agazapada la muerte propia como un tigre). Hubo un momento hace un mes o mes y medio en que creí que el medidor de voltaje emocional y existencial me saltaría en pedazos ante tantas movidas interiores, los bomberos de la vida llegarían -con sus sirenas y sus luces cargadas de metáforas- a apagar mis incendios, y hasta un comando antiterrorista se descolgaría de mi Sí Mismo hacia mi inconsciente con intención de doblegarlo e imponer sus visiones llenas de luz y de "lo tengo en la punta de la lengua, pero no existen las palabras para nombrarlo". Escribir hubiera sido no la solución -porque no se trata de un problema, sino de un viaje- pero quizás sí el boleto, el acuerdo, el espacio, el "Hágase", el mapa del tesoro, el hilo de Ariadna para volver a tejerme y retejerme, para desanudar, para poder fijarse más en las paredes, olores, ecos del laberinto, porque uno está seguro de que será conducido a su salida tarde o temprano. Y no pude hacerlo: las experiencias se agolpaban sin asidero en mi alma, como naipes desplegados, y yo ahí, perdida, sin calderín ni red, tocando pompas de jabón que sin remedio estallaban sin dejar ni huella.

Esto, por supuesto, me recuerda cosas que ya sé, como que escribir es un compromiso. No con una coherencia editorial ni una carrera, no con una identidad, ni siquiera con un público lector (que es, en el mejor de los casos, o debería ser, tan sólo una consecuencia). Escribir es un proceso de por vida, un idioma materno, una categoría kantiana que ordena lo impenetrable e inasible, lo que no se deja tocar. Escribir es como sería tomar los votos en un mundo en el que la religión institucionalizada realmente significara aquello a lo que apunta. Pero los votos se renuevan cada día, en el Ángelus, en la meditación, en los paseos alrededor del aljibe observando las flores y los pájaros, en el trabajo comunitario silencioso, en el claustro, en la celda al caer la noche, en los rezos a solas. Si no ingresamos al convento pensando en hacer allí la vida para siempre y en sagrado aislamiento (al menos simbólico, un rato por día), todo serán puros títulos, máscaras, disfraces mundanos sin contacto con Dios o como quiera que se llame eso que perseguimos. O que al menos yo persigo, cuando me adentro en mí misma y presto mi mirada para que se pose sobre el lomo cansado del mundo.

De más está decir que este doloroso alejamiento de mi propia escritura es algo que no me cierra en el balance 2008. Gran ventaja de los ciclos: ordenan las excusas e imponen finales desde la convención social para darnos otra oportunidad.

Creo que haré una cosa: empezaré de adelante para atrás, a ver si por alguna piedad del universo aún logro cazar alguna mariposa en la red, en la telaraña algún insecto. Alguien me dijo una vez en relación a la escritura que la araña teje la tela porque no tiene más remedio, porque es araña y no concibe no hacerlo. Si logra apresar algo en ella, bien, y si no morirá de hambre, pero lo hará siendo araña. Buscaré la cita: era mucho mejor que esta paráfrasis culposa, con todo eso que me ataca cada vez que me baño y veo por ahí una arañita ocupada en sus cosas.

El Año Nuevo nos encontró en Atlántida, balneario que -como Piriápolis- suena a épica, gestas y mitología griega. Muchos fuegos artificiales que lucían más por la edificación baja de la ciudad y el plan vacacional de los visitantes (parece que no repararon en gastar bastante comprando caras lucecitas que duran un brevísimo instante: bien hecho). Los tres solos, y esos bracitos celestiales que nos abrazaban a ambos a la altura de las piernas, mientras una vocecita emocionada de niño decía: "¡¡¡Feliz Año Nuevo!!!". Inolvidable. Si -según dictan mis supersticiones personales- el comienzo del año es una muestra significativa, un corte sincrónico de lo que será el ciclo entero, esto me da buen augurio [*]

Claro, de vivir realmente en un convento, real o simbólico, me perdería estas cosas. Preguntadle a mi bella y concentrada tocaya; yo hace un buen rato que dejé de ser Sor Soneto Onetto, como en la adolescencia.



[*] Bajo esta luz profética, prefiero no pensar demasiado en que tuve gastritis, es decir, que estaba enferma. Me fijaré solo en el buen clima de intimidad y en el hecho de haber cocinado una cena especial para mi familia, evento que por lo inusual merece ser publicado.