24.9.07

Yo constelo, tú constelas... recórcholis!

Aunque no podré contar el contenido por algunos meses, hasta que las imágenes se asienten y mientras así aprovechar su fuerza (los soñantes consuetudinarios sabemos que contar los sueños, por ejemplo, debilita las emociones adheridas: es por eso que, si hemos de escribir un relato o una novela con ellos, conviene arreglárselas con el papel o la pantalla, sin mediación de amigos u otros escuchas, y también es por eso que cuando uno tiene pesadillas, como esta servidora, lo mejor es contarlas, contarlas y escribirlas hasta que se deshagan en la luz como un vampiro), ayer "constelé". Ya había participado en talleres de Constelaciones Familiares, incluso con Stephan Hausner (tipo maratón de dos días inmersos en el asunto) y oficiado como representante en tres ocasiones porque me eligen siempre. Pero esta fue la primera vez que yo era el cliente, el "conejillo de Indias", en este caso.

No puedo contar, no puedo contar, no voy a contar el contenido del asunto, pero si antes me habían impresionado los extraños movimientos y esa sensación de que ahí estaba pasando algo inusual, fuera de los marcos de la vida ordinaria, ahora lo vi de cerquísima. Salvo que todo haya sido una conspiración que involucró al menos diez personas (que lo supieran todo de mí, hasta los ataques de tos que tengo cuando lloro desesperada, por este tema y no por otro). Todo, una puesta en escena para hacerme creer que el click energético con el "documento maestro" realmente se establece y uno empieza a espiar en mundos que le imprimen sus formas al "documento final", o sea, al archivo de Word en que uno cuenta su propia vida. Asuntos increíbles, movimientos que se repetían sin que los representante se miraran, sopapos simbólicos dados justo a tiempo, percepción de lo invisible, gente que parecía tomar la voz de otra que no estaba presente y hacerla expresarse, todo con extraordinaria exactitud (más allá de algunos deslices un poco ex tarrum, pero la intuición no puede ser perfecta).

Pero lo mejor es el reacomodo interno (que aún está, como lluvia de meteoritos, surcando mis espacios): durante toda la constelación sentí poderosamente la energía en mi cuerpo, angustia en el pecho, excitación casi sexual, y sin embargo no tenía la menor gana de llorar. Las escenas eran fuertísimas y me involucraban directamente, pero no sentía autoconmiseración sino que me sentía comprendida, estable. Es curioso, porque había llorado dos días seguidos, tuve horrendas pesadillas la noche del jueves, insomnio y desesperación la del viernes. Acá me vi a mí misma en el medio de todo ese sufrimiento y más, y me dolía porque entonces podía constatarlo, saber que era algo que está grabado todavía en algún lado, pero no me destrozaba: me daba fuerza. Me puteaban (mismo) pero no me ofendía: me daba fuerza.

Y me quedó un dolor en el corazón, una angustia que aún me dura, pero es una clara angustia productiva, de tejidos que se rehacen, que se curan y regeneran. Las imágenes me golpean desde adentro y me hacen tomar las riendas, asumir mi parte y dejar de estar enojada cuando en verdad tendría que dar las gracias (¡y de qué forma!). Me dijeron cosas que eran literales, ¿cómo podrían saberlas? Solo que G. confesara haber elaborado pacientemente un archivo sobre mí y se los hubiera vendido para impresionarme. De lo contrario, es que las Constelaciones Familiares de Bert Hellinger realmente han tocado un punto de sabiduría en esta patética lucha de la humanidad por entender cómo funciona el universo (eso ya lo pensaba antes, como espectadora y representante, pero haber trabajado mi constelación hace que ahora tenga la certeza: qué cerca anduvo todo de situaciones que son así, y sin que interviniera la menor información verbal).

Y bueno, esa misma noche le cociné a G. una cena especial, como hace mucho no le hacía: pollo al curry con coco rallado y servido dentro de cáscaras calientes de coco (acompañado de arroz al azafrán y pasas rubias), y de postre la mousse au chocolat del libro "Afrodita" de Isabel Allende (recetas como esa son lo mejor de su literatura, ciertamente) adornada con quinotos. Todo esto era para hacer un marco digno del Luigi Bosca Malbec Reserva que teníamos guardado para celebrar los tres años de Astor y nunca llegaba a la realidad. Un tequilita añejo de entrada, queso de cabra y pan con amapola.

Claro que cualquier aguzado lector rioplatense podrá comprender la implícita semiótica del coco y los quinotos en una cena de reconciliación...

22.9.07

Bajar las pretensiones

Hoy, y en muchos, demasiados momentos de los últimos años, ya no me importa tanto juntar o pescar o recuperar o hacer brillar o salvar del olvido mis pedacitos mágicos, aquellos que me hacen ser quien soy.

Con levantar del piso mis pedazos (los burdos, enormes, rudos pedazos de mi alma y de mi vida) me conformo.

20.9.07

El recuperador de pedacitos mágicos buen recuperador será

El sábado pasado vivimos una cena mágica en casa de V. Ella había preparado un festín exótico para agasajarnos a nosotros, los afortunados invitados a su cumple. Una mezcla especiada e internacional de gente como para pasar una noche conversando, poniendo CDs al revés en un tocadiscos rebelde, tomando vino en torrencial abundancia, degustando delicias saladas, picantes y dulces, agitando el caldero invisible hasta que las velas ardan.

Eso, en tiempos pasados, no nos hubiera parecido tan extraordinario como ahora. Me refiero a que saltábamos de alegría e incredulidad cuando nuestros hijos corrieron al piso de arriba y se dedicaron a jugar toda la noche casi sin ser notados. ¡Pudimos disfrutar de toda una noche como seres autónomos, charlando y embriagándonos (de vino y de estar contentos nomás) hasta las 4 AM! Se lo cuento a todo el que me encuentro; por dentro pensarán "¡Pobre!". Pero para mí fue un rito iniciático, un antes y después en mi vida de los últimos años. Un terroncito de libertad otra vez. Lástima que el olfato (físico) ya no me funciona; casi lloro, literalmente hablando, cuando el delicioso vino de reserva que V. nos invitó generosamente (como todo lo suyo) tenía el mismo exacto aroma que el agua. Pero fue lo único que opacó mi simple y extraordinaria felicidad de aquella noche.

Otro pedacito recuperado: el martes quedé de ver a mi amigo VF en el Café Irazú. Aproveché para quedar bien conmigo mismo diciéndome que allí también podría trabajar un rato antes porque hay wifi. Sí, trabajé (me encanta ir, allí o a casi cualquiera de los pocos cafés que quedan, pero ver gente pasar, gente haciendo sus cosas, viviendo ahí afuera). Pero las dos horas de trabajo no fueron nada comparadas con las cuatro horas que nos pasamos conversando y riendo (el activar los bordes, la resignificación, la intervención, los mapas, y todo el léxico con el que se construye el discurso actual de la crítica de arte en Uruguay, por no hablar de las "curadurías") hasta que fue hora de irse. "Ir al baño hoy es hacer una intervención en la red cloacal montevideana", dice VF. Descubrimos que fue un incomprendido artista conceptual de ultra vanguardia hace veinte años, cuando vivíamos en Ellauri, con aquellos botellones que me encontraba en el baño y que tenían al lado fotos de los botellones mismos, o los carteles que con flechitas apuntaban a un cuadrado que decía "Esta es una obra de arte" (que a su vez tenía un cuadrado en su interior, con su respectivo cartel y flechita apuntando, etc, ad infinitum). Mucha diversión para una sola tarde/noche, y a pocos días del evento de V. Mi espíritu amenazaba con salir desbocado, corriendo al galope por la rambla bajo la lluvia.

Pero no: tomé el ómnibus y, no sin cierta nostalgia, volví a casa a las nueve...

18.9.07

Un pedacito recuperado...

... antes de seguirlos perdiendo por ahí, precisamente.

Escrito en Crónicas de la cebolla, blog de Selene

Retazo de G

Me lo dijo alguien que la conoce cuando era más joven; pero mientras me lo decía, yo lo pensaba de otra manera y ahora lo apunto antes de que se escape porque me sigue dando vueltas en la cabeza como un sueño:

Su pelo era un chaparrón rojo
debajo del cual tantos hombres
hubiesen querido
detenerse
sin paraguas.



17.9.07

Electrocardiograma del duelo (5)

Estuve escuchando El trigo de la luna, que es uno de mis discos favoritos. Y por enésima vez, "Desconsolados 2". Siempre me pregunté de dónde saco esa crónica identificación con el Duque Penurias y Madame de la Mugre, ese amor por lo caído, esa compasión por quien duele y se duele, por lo oscuro y lastimado (pregunta capciosa, si las hay).

Y entonces lo volví a sentir: subía por mi interior, se desbordaba desde el corazón, llegaba hasta mi cráneo y llenaba mis oídos de esa voz que mana belleza, como las llagas de Jesucristo. Era el duelo, la misma pérdida seis meses después. Saber que lo extrañaré hasta el día de mi muerte, aunque hiciera tanto tiempo que no lo veía. Confirmar con un nudo en la garganta que algo importante -algo que no solo tiene que ver con él, con el amigo, con el ícono, sino conmigo misma y quien yo fui, y cuya memoria él se llevó a la tumba, como se irán yendo todos y cada uno de mis pedacitos mágicos- ha terminado para siempre, que no hay posibilidad de resurrección. Que los muertos no nos quieren a los vivos allí, y está bien que así sea. Que los vivos tenemos que dejarlos en paz y seguir con la vida, del lado de la vida. Pero el duelo simplemente aparece una tarde, sin previo aviso, y nos saca lágrimas transgresoras de los órdenes del universo.


No lo veía hace tanto, pero el cajón envuelto en la bandera y las flores rojas me parecieron preciosos... Y cuando subía las escaleras rumbo a la salita donde lo velaban, tuve la plena conciencia de estar escuchando el murmullo exacto de "Ni siquiera las flores". Creo que faltaban las risas,aunque afinando el oído quizás podría haberlas escuchado: las de él, al fin libre del calvario de los últimos años...

Por supuesto, a cada rato me vienen ráfagas de tristeza y lloro. De todos modos, hubiera sido muy difícil volver a encontrar a Eduardo, aunque se lo tuviera enfrente.

Un genio. Un príncipe. Un mago. Un juglar. Un hombre.

(9 de marzo, 2007/ fragmento de post)


14.9.07

Raíces, espejos, tribus, memorias

G. dice que yo miro demasiado hacia el pasado, que estoy presa mientras siga manteniendo mis dinosaurios en formol. Que la memoria me juega malas pasadas, que me aparta del presente y del futuro; que mis años de joven en México son, en el fondo, lo que más amo de la vida, el grial que me cura y resucita, el vino sagrado en el que me embriago y me sumerjo. Que ese pasado es lo que más me importa, a lo que quiero volver como a un útero bendito: mi hogar, mi museo, mi rostro (al menos el rostro que yo misma reconozco).

Pero no es así, ya no es así. México es la energía de la tierra, las campanas resonando por todo Guanajuato, el hervidero del Zócalo, el olor a copal y a tequila, el papel picado de colores junto a las tumbas, el hambre y las flores, el tambor y la vida, el mariachi y el terremoto destructor, el elefante pasando inesperadamente en una filmación de carretera, el mendigo feliz, el borracho converso, el fantasma de callejón, el danzante azteca leyendo el periódico, el chocolate humeante, el delirio de azulejos, la fruta, el amor, Dios, el cielo, la amenaza agazapada, lo oscuro, lo azaroso, lo acaso misterioso, la procesión de encapuchados, las espinas, las piedras, los milagritos milagrosos, el agua en las fuentes, el barro, el infierno. México es solamente eso, pero esta vez lo traje conmigo. Está aquí, es parte de mi vida cada vez que respiro. Recuerdo, sí, porque en México está mi juventud, y la juventud es una lámpara de aceite que arde durante toda la vida. Pero eso quedó atrás: ya no sufro, ya no añoro. Tengo recuerdos dulces, como el mamey y la papaya y la cocada y el gaznate. Mi memoria es regocijo, no quiere encarnarse en mí: tan solo es un reflejo, un destello más del caleidoscopio mismo. De mí.

No necesito el pasado más allá de los tejidos y huesos que me sostienen. Mi pasado me llevó hasta Astor. Con eso basta. Pero amo volver a ver las películas que me emocionaron en la butaca alguna vez. Por eso escribo.




(fotografía:Zé Eduardo)

13.9.07

Navigare necesse est, vivere non necesse

El otro día pensaba que, en nuestros tiempos, la única forma auténtica de irse de viaje es desconectarse de internet aunque uno no se mueva de su sitio. Podemos viajar a Camboya, Middlebury o Pátzcuaro, pero en tanto haya un cybercafé o un wifi a mano, para el resto del mundo (y para nosotros mismos) será exactamente como si no nos hubiéramos movido de nuestra casa. En cambio, un internauta que por algún motivo tenga que permanecer desconectado algunos días siente que un lazo fundamental con los demás, con su entorno, con su vida cotidiana misma se rompe. Y cuanto más adicta a internet es la persona (mi caso), peor: la sensación de viaje es contundente, al punto de que se ponen mensajes de autorrespuesta al e-mail sin contestar, y se mandan boletines o se escriben mensajes avisando de la ausencia en las comunidades virtuales. Y no soy la única que lo hace, lo he visto a cantidades: "Hola. Estaré fuera de MySpace por algunos días", "Vuelvo a Facebook el martes", etc.

Qué distinto cuando vine a Uruguay en 1982. Se interrumpía el vínculo con el mundo conocido. Radicalmente. Los amigos se alejaban aunque al principio escribían mucho (yo esperaba, ilusionada, al cartero, como Karen Carpenter). Los amores por fin lograban ser olvidados. Mis padres solo me llamaban por teléfono el día de mi cumpleaños, o a veces en Navidad. Las noticias de México eran boca a boca o en los titulares de los diarios cuando había un terremoto. Uno se iba realmente. Uno se iba en cuerpo y alma, tan solo le quedaba la memoria.

Y qué distinto poder tomar un avión cada dos, tres, cinco años, pero recuperar por algunos días aquel mundo: mi bisabuelo Luigi se fue de Italia con su gigantesco pasaporte "a l´America" firmado por Umberto Primo. Subió al barco con la plena certeza de que jamás, nunca, volvería a pisar las tierras que dejaba atrás o a escuchar la voz de la gente que perdía. Si viviera todavía en nuestra época, leería Italia Oggi al levantarse, conversaría por Skype con sus ancianos padres, le escribiría mails de amor a su noviecita de entonces, bajaría una tarantella de iTunes y seguiría con interés los cambios en su barrio con Google Earth.

Así cualquiera se va! Lo difícil ahora no es viajar. Lo difícil es viajar.

10.9.07

Pescando mis pedacitos mágicos




Al fin! Hace como veinte días que no escribo nada aquí, y no porque no haya tenido qué: ha sido una locura, interna y externa. Tendría que haber subido unos tres posts por día, mínimo, pero no tiene gracia hacerlo ahora. Lo que pasó, ya pasó, por lo menos lo inmediato. Lo otro se decanta, se aquieta, deja ver figuras reflejadas o se pierde para siempre.

Pero marco mi lugar en el río, tiro mi caña al agua, me tapo el sol con el sombrero y me echo hacia atrás. Mañana vuelvo, espero. Mañana empiezo. Mañana, si todavía estoy en este mundo ("El sol saldrá mañana es tan solo una hipótesis", dicen los solipcistas).

Estoy embelesada con varias cosas que pasaron. Hay un bebé Theo que me tiene conmovida con su carita de pixeles lejanos. Pasan cosas. Muchas cosas.

Tengo el alma un poco más liviana que hace unos días. Nunca creí que trabajaría tanto con la escritura y laterales. Y en Uruguay, nada menos! Es sorprendente. El año que viene tendré en cuenta que a veces los milagros suceden.

Pero por supuesto, extraño escribir. Tanto como a mí misma. Tendré que encontrar un equilibrio. Perderse es mal negocio: preguntar a Fausto.