Lo que mata es la humedad

La tristeza me ha hecho hoy el día irreparable, agrietado, tripas de cañerías rotas. Óxidos. Humedad corrosiva en el alma. Día inútil, si no fuera por las voces de niños, por el ruido de alguien que ordena un ropero en el cuarto de al lado: parece que afuera todavía hay futuro, que la vida aún está viviendo. Y eso es grande. El traumatólogo me advirtió que la fractura me dolería durante los días húmedos (lo que en Montevideo equivale a decir "siempre" y "para siempre"), pero nadie me habló de estas las otras humedades. O quizás Tales de Mileto lo hiciera al comienzo del periplo: el agua es el principio de todas las cosas, todos los alimentos son húmedos, todas las simientes lo son. Ah, la humedad elemental, las fracturas en los tobillos invisibles. No sólo soy mala compañía: soy mi peor compañia también. Yo y el frío, la Antártida golpeándome la puerta, queriendo derribarla como un intruso. El último recurso de los guantes rojos (sin dedos) para arrimarme al teclado. Erratas de frío. De no tener, tampoco, nada más que decir, o no poder mantener la pisada porque todo se me pierde en la humedad: el pie se hunde en el lodo hasta la pantorrilla, como en el imaginario incierto de México Tenochtitlán. Difícil caminar así, llegar a alguna parte si la tierra se sostiene sobre el agua; si lejos de ser sólida, se nos descubre fango. Anoche (luego de larguísimas horas de insomnio) soñé que descubría varios derrumbes en mi casa, techos perforados por ladrones que preparaban su inevitable invasión. El miedo tan conocido a no ser viable, a no poder con la carga de la vida misma. Hay atletas sin piernas que en este momento organizan colectas para poder comprarse una silla de ruedas que les permita subir la marca internacional. Con hijos chicos a cargo: lo leí hoy en el diario. Héroes, gente que se merece todo, que se lo gana. Qué vergüenza. Quisiera postrarme a los inexistentes pies de Eduardo Dutra, pedirle que ponga su mano fuerte como un roble sobre mi cabeza y me bendiga. Lisiada puedo ser yo: jamás lo será él. En mi patio, gélido hasta la parálisis, la leña  no da abasto nomás porque le falla el fuego interno. Maldigo la claraboya indómita. Como si uno fuera a vivir para siempre. Qué desperdicio las humedades, el frío.

Comentarios

Vesna Kostelich dijo…
No por triste, deja de ser precioso este post. Una vez más, gracias por compartir. A veces el agua es tempestad, otras refleja la luna y, claro, lo peor es cuando se te mete en los huesos del alma.

Por las aguas por venir, te regalo esta del Nano:

Cerca del agua te quiero llevar
porque tu arrullo trascienda del mar.

Cerca del agua te quiero tener
porque te aliente su vívido ser.

Cerca del agua perdida del mar
que no se puede perder ni encontrar.

Cerca del agua te quiero sentir
porque la espuma te enseñe a reír.
Gabriela Onetto dijo…
Increíble: encontré esto, que es uno de los tres epígrafes de mi propio libro. Se ve que uno es coherente con sus obsesiones, o debería decir con sus obstáculos:


"Para las almas la muerte consiste en volverse agua, para el agua es muerte volverse tierra; mas, a la inversa también, de tierra se hace agua, y de agua, alma."

HERÁCLITO DE EFESO