Mis respetos, Señor Presidente...

Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador...

Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 

Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o "experiencia de la vida"), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 

Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 

Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 

Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 

Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: "Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas...", escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de "Belle de Jour". Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: "Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli". Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, "Permiso para iniciar el desfile", y a él contestar, serenamente: "Sí, señor". 

Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 

Mujica habló del país "agro-inteligente". Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

VER PARA CREER:

Jingle "Vamos Pepe"
Jingle "A Don José" (intuyo que fue clave en la campaña)



(cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)

Comentarios

Patokata dijo…
Hermoso escrito y muy cierto, intuyo que la gran mayoría de los uruguayos sintieron esa emoción y ese orgullo por tener un presidente tan sabio como Mujica, capaz de perdonar lo peor.
Es cierto, que yo misma, mirando por tv, escudriñaba la mirada y el porte del presidente cuando los militares se presentaban y lo saludaban y él correspondía con un "mucho gusto", dándoles la mano.
Es cierto también que no son los mismos militares, imagino que serán más sabios y más humildes ya que la historia de aquellos años todos los padres la contaron a sus hijos.
Personalmente siempre recuerdo cuando los desfiles de carnaval se hacían en la avda. 18 de julio y yo iba con mis padres y con mis dos hermanas y había que salir corriendo antes ó cuando terminaba porque aparecian los militares a caballo y empezaban a volar sillas y bancos y nuestros padres nos agarraban de la mano y salían con nosotras de 4, 6 y 7 años corriendo como locos.
Pero este es otro tiempo y mi admiración hacía Mujica crece día a día y pienso que maravilla de ser para haber sepultados tantos años de prisión, de tortura, de soledad y no haber llegado a la locura y elegir el camino del perdón y del olvido, que ser tan sabio!!

Un abrazo
...muy lindo lo que escribiste "oneto" !!!

me pasan cosas parecidas, veinte años después tengo respuesta a la insistente pregunta: "¿y vos que ya estabas instalado en Italia te viniste al Uruguay, tas loco, pa qué?"

¡cuánto prefiero que mis hijos crezcan acá -pese a todos los miedos y mil cosas- que en la Italia de Berlusconi, por favor!

igual este mundo está para vivir con el corazón en la garganta, pero ese ya es otro tema

(ah...cuando leí tu título pensé que la cosa iba por el lado de la polémica sobre excarcelar a los "viejitos"...tema sobre el que no termino de entender plenamente las diferentes posturas al respecto, más allá de lo que siento)

PD, lo que no entendí es la referencia a Belle de Jour (?)
del batitú dijo…
Hola Sor Juana, llegué a tu blog porque una amiga lo enlazó en Facebook, lo leí porque me gusta Levrero. Tenemos otras cosas en común, quizás la edad y esas corridas con caballos y sables atrás, y de mi parte, media familia en México. Lo seguiré visitando, sé que la forma no le hace, pero por qué el blog se ve sólo en media pantalla? sabés que podés usarla toda, no? un abrazo. Laura
lamaga dijo…
Lo agarré justo en la web, como siempre en el trabajo, disimulando la emoción tras el monitor. Ayer vi Alicia, me quedó eso de "pensar 6 cosas imposibles antes del desayuno" Esta, hace 15 años, era una de ellas.
Aún sin fecha, pero mas cerca del regreso. Un abrazo Gaby.
(por acá estamos esperando el temblor, por aquello de que se está haciendo común en el mundo, es vox populi que se viene uno grande)
sorjuana dijo…
Mil gracias por sus comentarios! En el caso de este post en particular, siento que los testimonios personales de ustedes forman parte del texto mismo, del momento histórico, de la redondez del tiempo.
Sí, Croatto: este es un hermoso país para educar hijos, no matter what.
Eso sí, que mantengan también sus ciudadanías alternas en el pasaporte, por las dudas... :-)
Qué viaje el Pepe y sus sismos invisibles ¿eh?