28.7.09

Electrocardiograma del duelo (10)

Fue falsa alarma. El electrocardiograma del duelo -o mejor dicho el duelo mismo, el mío- goza de buena salud todavía.

El domingo mi papá cumplió 75 años y no pude estar con él. Hace 25 que no vivimos en el mismo país, que hemos rebotado repetidas veces sobre un extraño tablero de billar cuyas esquinas son Montevideo, Panamá y México en sus varias versiones: DF, Guanajuato, Querétaro. Quién sabe cuál será la cuarta esquina. En marzo, cuando vinieron, le di a mi madre un regalito para este momento; eran 3 CD. Mi padre no escucha mucha música; en realidad, le cuesta tomarse tiempos de ocio. Hasta sus intereses más personales terminan tiñéndose de trabajo, de energía generosa puesta a disposición de los otros, pero a estas alturas de la vida le resulta difícil aprender a hacerse tiempo para él mismo. Supongo que no quiere tomarlo, en el fondo, o quizás la programación de alguien que tiene responsabilidades sobre sus espaldas desde hace casi seis décadas es prácticamente imposible de desarticular. Cuando le insistía en que tenía que darse espacio para la lectura, empezó a leer la Biblia casi como un cabalista insomne; recién ahora se dio cuenta de que puede leer otras cosas, pero a estas alturas daría vuelta a cualquier Testigo de Jehová en una pulseada (cosa que no hace porque, con su manera de ser, le invitaría un café y terminarían siendo grandes amigos). Con la música igual: creo que le debe costar escuchar y no hacer nada. Sin embargo, en 1985 le regalé un cassette con una selección de Darnauchans (cuyos discos había descubierto ni bien llegué a Uruguay, a fines de 1982, música arrumbada en ejemplares únicos de pasta en Palacio de la Música que me fascinaron y fui comprando, intrigada); por ahí anda dando vueltas todavía, un cassette dedicado a mi padre que en aquel entonces tenía unos cincuenta años.

Le fascinó. Se sentaba y lo escuchaba con toda atención.

Cuando hace unos días lo llamé para felicitarlo, me dijo que le había encantado el regalo de los tres CD y que yo tenía razón, que debía tomarse un tiempo para su ocio. Y agregó que tanto Numa Moraes como Darnauchans eran "santos de su devoción", una forma algo bíblica de demostrar su aprecio (el tercer CD era de Asaltantes con Patente, que le traería recuerdos pero era otra cosa). Yo le dije que ambos discos, el de Numa cantando a Benavidez como El ángel azul del Darno, eran clásicos desde el nacimiento, discos históricos, pináculos que compiten con toda dignidad con los mejores puntos de estos músicos en el pasado. "El ángel azul es el último suspiro del Darno, un maravilloso canto de cisne", le dije.

Sería por imaginarme a mi padre escuchando al Darno allá en Panamá, sentado idealmente en un sillón, con tiempo para sí mismo, pero hoy me puse a escuchar yo misma El ángel azul. No pasé de la primera canción sin llorar, probablemente por ese juego de espejos del tema generacional y los padres que sangran para darnos paso, o simplemente por reencontrarme con la voz de Eduardo en aquel último momento mágico en que también sangró, pero por última vez sobre la tierra, sobre El ángel azul. Como el ruiseñor sangró sobre la rosa para que el amante tuviera una flor que entregar a la muchacha (mejor no recordemos cómo termina el cuento).

La canción que más me conmueve en ese disco es "Sonatina". Me llega al alma imaginarlo cantándola, cantándose, reconociendo su juventud herida en tiempos de los tiranos (que es la de muchos en épocas de dictadura, porque somos parte de una generación hambrienta, desprovista). Pero lo que me cala más hondo es cuando dice que ningún general será recordado nunca, y uno sabe que Darnauchans sí, que a él lo recordaremos siempre. Es una forma de ganar la batalla final -siguiendo con la metáfora bélica- antes de que las cenizas se dispersen en el viento. Más de una vez he llorado cuando llega esta canción en mi MP3, recuerdo haberme parado en la esquina del Sabot deseando que ningún mozo me viera desde adentro. Es algo loco escuchar canciones y conmoverse mientras uno se desplaza por las calles: gajes de la tecnología actual. Prefiero parar, disfrutar el momento sublime, cuando todos los hilos se juntan y la telaraña de la vida misma se alza hermosa, brillante, frente a nuestros ojos.

Me pregunto por qué hay tan pocas fotos del Sorocabana en internet. No entiendo dónde estaban los fotógrafos en aquel entonces, qué hacían, qué podía importarles más cuando mi café existía.

(Foto de Panta Astiazarán)

Bello número especial sobre el Darno este mes en 45RPM (que, a diferencia mía, no incluyeron el crédito de las fotos de Guzmán que utilizaron)

----------------
Now playing: Eduardo Darnauchans - Sonatina
via FoxyTunes



21.7.09

La araña y el pajarito de colores

Anoche yo tenía en las manos una burbuja de vidrio transparente en la que, luego de agregar agua o por algún otro procedimiento externo, la mezcla sólida que había en su interior se convertiría en una mascota, concretamente en una araña. Creo que estaba Astor conmigo, el más interesado en la supuesta mascota. Hacemos lo indicado, la mezcla se vuelve coloidal y, luego de que un bulto vivo forcejea en su interior contra la capa sólida de la superficie (tipo nata), emerge no una araña sino un pajarito de todos colores.

Quedamos perplejos; el pajarito, claro, es mucho más lindo que una tarántula, pero al verse atrapado revolotea desesperado, volando y golpeándose contra las paredes de la burbuja. Como soy yo quien la tiene entre las manos, me da un poco de asco estar tan cerca -tengo cierta aversión por los pájaros-, incluso siento su calor contra la esfera. Me doy cuenta de que una araña sí, pero un pajarito no podrá sobrevivir con tan poco aire. No sé qué hacer; en el rostro del pájaro hay un gesto de angustia, se empieza a aquietar, a enfermar, y al final muere; queda tirado allí, en el interior de la burbuja. Yo me culpo -creo que frente a mi madre- porque tendría que haber buscado la forma de sacarlo de allí, de dejarlo volar. No supe qué hacer, quizás debí haber roto la esfera, pero la desesperación del pajarito chocando contra las paredes y su aleteo me intimidaron. "La adulta era yo", digo. "Tendría que haber actuado para salvarlo".

Le pedí una interpretación a Guzmán, aunque no es demasiado amigo de los sueños. Me dijo algo más que atendible: que el sueño me advierte que yo por lo general espero lo malo (la araña), pero si lo bueno me sorprende (el pajarito) no sé qué hacer con eso e incluso puedo llegar a perder la oportunidad. Me gustó, reconocí que hablaba de algo mío, ciertamente. Estoy segura de que hay muchas formas de verlo y muchas me aportarían su parte. En el proceso de desentrañar el mensaje del sueño, sentí de golpe una emoción que reconocía de qué se trataba, finalmente. Tiene que ver tanto con la araña como con el pajarito de colores. Porque la araña no está puesta ahí por casualidad: en la araña, Levrero encarnaba su consejo de que escribiera sin tregua y sin que me importara nada. Que una araña no puede evitar ser quien es y tejer telarañas; que eso es lo que realmente sabe hacer, lo que pulsa en su interior, lo que quiere hacer: no sería araña, por cierto, si no tejiera telarañas. Ahora, que caiga una mosca o no en su tela, eso es otra cosa; quizás la araña muera de hambre tejiendo, pero esa es su naturaleza. No garantiza la supervivencia, pero sí la autenticidad. "También te podés emplear de cajera en un supermercado", decía, o algo así. Algún día tengo que encontrar ese mail y publicarlo aquí, porque el mensaje, por supuesto, no es únicamente para mí (como casi todo lo de Levrero).

El asunto es que yo ya no puedo ser la araña que teje la tela. Por muchas razones. Pero sí puedo, quizás, ser el pajarito de colores, menos metódico, más caprichoso. Nunca en una burbuja transparente porque me quedo sin aire; nunca sin poder volar porque me muero. Y en el sueño yo soy la que se equivoca, la que no sabe cómo reaccionar frente al cambio inesperado de la araña levreriana por mi pajarito de colores. La que lo deja morir de asfixia.

Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

No era un pajarito de colores, pero tampoco una araña.

(*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama "Pajarito"- representa esa especie de "Espíritu", de entrega a la escritura y sus misterios. Yo estoy en las mismas, seguramente, y el mío además era colorido, tan colorido como el dibujo de un niño antes de ir a la escuela. Recomiendo que lean este libro de la "segunda trilogía involuntaria", o al menos el comentario en este enlace al respecto.


19.7.09

Electrocardiograma del duelo (9)

Hacía tiempo que no subía a mi altillo. Mucho caos, desorden que sin remedio me termina recordando mi poca solidez interna, la reestructura de una nueva identidad que he tenido que emprender, mi doloroso alejamiento de la escritura (al menos por ahora).

Empiezo a clasificar papeles, bultos, cuadernos. No se puede ni pasar: el piso está cubierto de una fina gramilla de hojas, de una rocosa prominencia de cajas por llenar.

Entonces me doy vuelta y la veo allí colgada. Azul marino, con circulitos mandalas, con persas fantasías verdes, rojas y azules en los extremos. La chalina de E.D.

La había olvidado. Sigue ahí desde que me la regaló. Colgada al lado de mi escritorio, ya fuera en el DF, en Guanajuato, Querétaro o Montevideo de regreso.

"Ay, Darno...", digo para mí misma en voz alta mientras apenas me atrevo a tocarla.

Me había olvidado. A los dos años y medio, el electrocardiograma de mi duelo aún sigue mostrando señales, pero me empiezo a dar cuenta que los ciclos cardíacos que registra son cada vez más distantes, más débiles.

13.7.09

De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
Un abrazo,
Mario.

12.7.09

Lo que no se escribe

Lo que dejo pasar, lo que no escribo, se pierde para siempre, regresa al útero negro de lo que simplemente no es ni será. Por mi mente pizarrón pasan varias veces al día casi ráfagas de tiza, llegan oleadas de textos que creen, inocentes, que igual sobrevivirán pese a no ser escritos. Pero es inevitable que se desvanezcan, igual que pasaría con un sueño cuando uno no despierta con la clara intención de sacarlo de la nada.

Para atrapar a unos y otros, textos y sueños, hay que lanzarse sobre el papel como un endemoniado, como un monje en éxtasis, fuera de todo, lanzarse y nadar sin pausa hasta la otra orilla. Y eso da miedo, por supuesto, porque la obsesión por otros mundos podría sacarlo a uno de este.

Pero saber eso no quita -no quita en lo más mínimo- que lo que no escribo se pudra dentro de mí, eche raices de loto y flote en un estanque sucio. Porque lo que no escribo está herido de muerte, yo misma lo estoy, en tanto no quede escrito. "Y después podrás morir en paz". Quizás después, después apenas.

8.7.09

Mi Tristán

En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.


1.7.09

Sala de des/espera

los miro a los tres
barcos fantasmas que flotan inasibles
tirando de una cuerda casi plata
a la que voy atada
tal como iría un condenado sin culpas

me quieren rescatar
mantenerme de pie
me quieren confortar
pero no ven que con su cincha
me jalan más y más hacia la muerte

el tío
el abuelo
el bisabuelo
y yo abrazada a un mástil
oyendo cantar a las sirenas