21.8.07

El tapón de la bañera (una inundación necesaria)

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A mi amiga F. (digo "mi amiga", por más que nos vimos una sola vez en la vida, en 2003, y ella vive en Francia, pero fue de las personas que estuvieron rodeando a Levrero en el momento de su muerte -me refiero al momento- y una referencia de esa tribu siempre, además de talentosa) se le rompió el tapón de la bañera: por un hilo virtual, empezó con un post y otro sobre nuestro amigo querido, y hoy de mañana, en pijama, se leyó este blog entero entre croissants y lágrimas, al punto de que no había quién la consolara, o el que podría haberla consolado estaba muerto. Y me contó cosas preciosas: de un sueño (antes de que lo perdiéramos) en que Levrero aparecía con su nueva novia, una chica alta y flaquísima, casi anoréxica, vestida de negro; me contó de aquellos últimos instantes que Chl también me había contado, pero nadie me había narrado con todas las letras el momento en que el corazón de Levrero hizo "piiiiiii" y su alma dejó visiblemente el cuerpo. F. ha venido cargando con toda esta tristeza sin saber a quién contársela, así que yo se la cuento aquí a ella.

Lo que pasa es que mi amiga F. no hizo el altarcito de muertos en 2004, como yo (horrible, a los tumbos, nada que ver con lo que hubiera querido hacerle a él, de las cinco personas que más quería en el mundo y la única que me guiaba por un laberinto en el que me dejó sola olímpicamente). Levrero murió cuando Astor tenía dos semanas apenas; entre eso, mi gravísima depresión posparto y la operación del bebé antes de que cumpliera un mes, mis fuerzas vitales eran similares a las de un disnéico tratando de soplar y apagar una antorcha olímpica. Estábamos en México y se acercaba el 2 de noviembre; mi madre, viéndola venir, me dijo: "¡Ni se te ocurra ponerte a hacer un altar de muertos!". Pero hacía sólo dos meses que Levrero se había ido con la novia anoréxica, y yo simplemente no podía. No quedaría el año 2004, el antes y después de mi vida (en el sentido de la vida, en el sentido de la muerte) sin que yo le prendiera una vela a mi maestro, hermano, amigo del alma. Y bueno, no será un homenaje con suelta de palomas y notas de prensa, pero le puse toda la carga simbólica de la que fui capaz. Y traté de dejar mi estupefacción y enojo a un lado. Y ahí está, en algún rincón de mi psiquis, junto a este blog.

Mi amiga F. tiene que hacerle el altar de muertos este año. O este 30 de agosto, tres años después.

Un poco de deporte nacional


Nada. Que todos los días me duermo a las 2:00 a.m. Alguien en mi estado existencial de maternidad (con toda la alegría que eso me da, a estas alturas de conocer al maravilloso niño duende de los ojos azul hielo) no puede darse esos lujos porque al otro día la paga *con la saña despiadada del Universo*:

"Mamá... vino el soi!!!!"

y la rueda del día empieza, triturando los huesos y la mente, hasta las próximas 2:00 a.m.

Nunca en la vida se me habían juntado tantas evaluaciones por hacer, atraso, atraso, y entonces me cuesta más encararlas porque me angustio. Mañana me siento y no me paro hasta ponerme al día (no digamos adelantar!). Una vez que empiezo con una, me meto en el asunto y me gusta; lo que no me gusta es la pila sobre mi escritorio virtual!

Homenaje a Levrero el 31 en la Biblioteca Nacional. Una evaluación literaria de unas 50 páginas. Un texto (lindo, mirada literaria sobre la realidad) a escribir para la revista Dixit. Taller de portales web en la UCU en septiembre. Promoción urgente del taller de mitología y escritura. Y last but not least, los talleres presenciales.

Pobrecilla de mí, con tanto laburo y casi diluída en internet...

Lamentablemente y a pesar de la hora, no puedo quejarme: mis trabajos son simplemente maravillosos. La que está cansada y resfriada soy yo. Bolsa de agua caliente conmigo y hasta mañana.

13.8.07

"Te busqué y te encontré"

Luego de escribir el post anterior, tuve curiosidad por ver si había algún rastro de mi amigo en la web: en realidad él murió cuando ésta recién despegaba, al menos en Latinoamérica (1996), y si bien en aquel momento varios escribieron en los periódicos sobre esta pérdida para la cultura (y para los amigos, pero en privado), era de esperar que en internet José Manuel jamás hubiera existido.

Pero había, sí, un cartelito, un dibujo, un mensaje. Sólo uno, pero era inequívocamente referido a él. Alojado en la página de (¡oh!) Giacoman.

In memoriam

Uno tira de la punta de la madeja, y de pronto se vuelve Ariadna...

Me pareció hermoso que estuviera esto ahí, escondido. Gracias a esos dos amigos tan fieles que recuerdan y recuerdan. ¿Qué seríamos los seres humanos sin memorias, sin velas prendidas, sin lápidas, sin historias?

Alquimia silenciosa


Recientemente (por esos recovecos invisibles de este laberinto virtual) me puse otra vez en contacto con Leoncio Lara, el célebre Bon de "Bon y los enemigos del silencio", un músico talentoso, original y -lo que es más inaudito- humilde. "¿Y qué has hecho los últimos 25 años?", dijo él. El resurgimiento de "Bon" como parte fundamental del nuevo hit de Aleks Synteks, "Hasta el fin del mundo", me ha traído muchas memorias, incluso de canciones con la particular voz de Leoncio, Areán y Giacomán, todos compañeros del Colegio Madrid. Ninguno estaba en mi clase, ni siquiera en mi generación, pero éramos de los que colonizábamos los pasillos con guitarras y canciones de nuestra autoría (o no), y eso creaba una complicidad tácita. En realidad, Giacoman no andaba en los pasillos pues tocaba los teclados.

Y entonces me acordé: allá por 1980-1981, Giacomán participó en un proyecto de José Manuel de Rivas, "el Pibody". Era una especie de audiovisual con transparencias (diapositivas: en esos tiempos, nada de video y mucho menos de edición multimedia, ni vil PowerPoint!). Se llamaba "Alquimia" y era increíble: la voz de José Manuel, augurando negros finales en la plácida vida de clase media alta de nuestros compañeros, sus terribles carcajadas, las escalas y disonancias de Giacoman perturbando el ambiente, la poesía, la sugerencia... Recuerdo que César, mi querido, joven y brillante profesor (se suicidó a los 32 años dejando una estela de dolor detrás de sí entre sus alumnos), premió el trabajo de José Manuel y el mío como "categorías especiales": no había cómo hacerlos competir con trabajos más sensatos (el mío era "Bioquímica del deporte"). Pero el de él era sencillamente descollante, inspirado, maníaco, loco, genial...

A mí no me gustaba decirle "Pibody", aunque se pareciera a la caricatura; para mí era "José Manuel", y el día en que me preguntó si me graduaría con él, para mí fue como si el galán del colegio, capitán del equipo de futból en las películas americanas, me hubiera pedido tal cosa: era el más inteligente, el más transgresor, el más blancucho y flacucho, de lentes, insignificante, pero con una enorme personalidad, capaz de robarse en la Librería Gandhi las Obras Completas de Borges e ir gritando que necesitaba ese libro y no podía comprarlo, mientras todos los empleados corrían detrás de él. El único capaz de querer estudiar chino, el fan número uno de Cortázar, el editor de la revista "Grugri", el que se disfrazaba del Santo Niño de Atocha... Me llegaba al hombro, así que protagonizamos una entrada extravagante durante la graduación: yo, la única que no tenía vestido blanco sino beige; él, con una larga capa negra de poeta maldito. Eramos los últimos de la fila, en solemne procesión con las barbillas en alto. También fuimos los únicos papeloneros que sacaron 10 de promedio.

A los 32 años, y la historia se repite, José Manuel murió arrollado por el metro en la estación de Bellas Artes. Los amigos cercanos dicen que tuvo que ser un asalto, pero la policía dictaminó "suicidio". A mí no me extrañó tanto: fue en el aniversario de la muerte de su padre. Un día antes había muerto Ana trágicamente, en el Periférico, envuelta en el olor a alcohol que delataba que su maldición la había alcanzado nuevamente. Y por esas casualidades pegajosas del azar o la sincronía, vaya uno a saber, en el pasado el padre de Ana había estado casado con la madre de José Manuel. Eran o habían sido hermanastros, pero sólo se juntaron durante un par de años en la preparatoria del Madrid. Sin embargo, al final sus destinos quedaron entrelazados para siempre en dos golpes mortales que recibimos sus amigos, uno trás otro.

Lo único que atiné a hacer fue escribir "Los funerales dobles". Se sumaban a las muertes de Manolo, Sergio, César, Marcela, Juan, todos antes de los 30 o por ahí. Pero hacía mucho tiempo que no recordaba a José Manuel, "Peabody", como le decían por joder. Fue uno de los mejores editores de México durante su breve carrera, un editor de los que opina, se involucra, rebosante de cultura y de referencias para guiar al autor. Mucho tiempo sin recordarlo. "Bon y los enemigos del silencio" le dieron voz nuevamente.

10.8.07

Demasiado que decir...

... para un solo post, y sin embargo falta de concentración, de tiempo, de foco... Tengo ochocientas líneas escritas en la mente, perdidas como espuma estacionada en la arena. En fin, por ahora, vaya sólo esto, punto importante de mis actividades presentes:


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