23.9.14

Tejidos

Maté a la araña ni bien entré al cuarto. Era enorme. 

No me molestan, no me asustan: es solo esa irritante posibilidad de que me piquen mientras estoy dormida, una espada de Damocles que complicaría aún más mis insomnios. Imposible tolerarla en mi ecosistema. 

Le pedí perdón y la aplasté. Varias veces, para asegurarme de no haberla dejado en un inmerecido loop de sufrimiento. Se veía tan pequeña sin esa expansividad estelar que tienen las patas de las arañas. Lo mío fue ese acto incomprensible de nuestro Dios injusto: la araña nunca hubiera podido vislumbrar mis motivos ni remotamente. 

Al otro día, cuando me bañé, descubrí todo un maravilloso tapiz casi invisible que adornaba y unía el calefón con el vidrio al exterior. Flotaba, en su vaporosa condición de tejido mágico, movido por la brisa. Su brillo realzaba la vista del montecito arbolado, enmarcado por la ventana. 

Tuve conciencia por un momento de que esa era la obra de la araña, su legado. Bello. Frágil también. Y ya ni siquiera estaría allí la araña para arremangarse y poder reponerlo, si acaso yo lo deshacía en ese momento con un dedo. 

Cerré las canillas, me sequé y vestí. Afuera encontraría otros rastros de arañas todavía vivas. Ellas toman cada espacio, cada segundo; nunca pierden el tiempo. Saben bien quiénes son, y así lo expresan. No, no pierden el tiempo. 


5 comentarios:

vesna dijo...

Precioso; y la foto, qué maravilla tener los ojos listos para ver. Aplastada por la realidad, como la araña, apenas escribo cosas que valgan la pena de no ser aplastada por la realidad.
Pero parece haber una esperanza: destruimos el telar con el plumero y al par de horas, no se sabe cómo, hay otro recién empezado en el mismo lugar. Las arañas y los escritores, son solidarios unos con otros, parece.

vesna dijo...

Precioso; y la foto, qué maravilla tener los ojos listos para ver. Aplastada por la realidad, como la araña, apenas escribo cosas que valgan la pena de no ser aplastada por la realidad.
Pero parece haber una esperanza: destruimos el telar con el plumero y al par de horas, no se sabe cómo, hay otro recién empezado en el mismo lugar. Las arañas y los escritores, son solidarios unos con otros, parece.

vesna dijo...

Precioso; y la foto, qué maravilla tener los ojos listos para ver. Aplastada por la realidad, como la araña, apenas escribo cosas que valgan la pena de no ser aplastada por la realidad.
Pero parece haber una esperanza: destruimos el telar con el plumero y al par de horas, no se sabe cómo, hay otro recién empezado en el mismo lugar. Las arañas y los escritores, son solidarios unos con otros, parece.

Gabriela Onetto (sorjuana de internet) dijo...

Muy cierto eso del plumero y la reincidencia como imagen de esperanza. Te diré, eso sí, que las arañas son mucho más confiables, están disueltas en su misión desde la genética misma. Nosotros interferimos con ella todo el tiempo: no es casual que haya tantos escritores alcohólicos y suicidas o simplemente no escribiendo, que es parecido.
Para mi, las arañas quedaron vinculadas a la escritura por los rezongos que me hacía Levrero. Son un recordatorio en sí mismas, por eso matarlas me da mas culpa, pero encontrar la telaraña me da esperanza, si... Gracias por la visita!

Adriana A. dijo...

Me quedó esa imagen de que las arañas son las que no pierden el tiempo. Es cierto, visto así son un modelo para observar. Siempre me parecieron misteriosas. Si pueden manejar con solvencia ocho patas, poco más les quedará por aprender. Yo asociaba a las hormigas con el trabajo, con lo laborioso, pero lo de las arañas es mucho más sutil, una extraña combinación de fortaleza y fragilidad.