29.4.12

Paraguas rojo

Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.

Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó...


Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.

Foto de Mario Levrero

Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.

En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.

Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.

Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.

No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.


Foto de Mario Levrero


18.4.12

Job y el silencio


Dijo Job: Desnudo salí del vientre de mi madre/ y desnudo volveré a él./
El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, / bendito sea el nombre del Señor.
(Job 1, 21)


1. "Ya salí", decía el SMS.

Estoy agotado, pero como un león me persigues.

Caminé, errática. Caminé y seguí llorando por lo que presentía. Pasé por el costado del Hospital Italiano; sus muros embrujados de asilo y hiedra acrecentaban mi angustia.


Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles.


Sí, era en el Obelisco, seguramente. Lo que pasa es que no pudimos entendernos. El ruido. Los motores. La furia tácita.

Entonces lo vi aparecer. La cara lo decía todo.


Mis ojos se cierran de pena
no soy más que la sombra de mí mismo



2. Caminamos abrazados por Bulevar Artigas sin hablar. Él lloró casi para adentro hasta el Pereyra Rossell. Yo lloré, brutal y desconsolada, hasta la puerta de casa.


¿Qué es el hombre para que te fijes tanto en él
y pongas en él tu mirada,
para que lo vigiles cada mañana
y lo pongas a prueba a cada instante?


Le pregunto, o simplemente pregunto, por qué no me habré quedado sorda yo en vez de que él tenga que atravesar esto por segunda vez. Me responde que no diga tonterías. Que él tiene muchos más recursos internos para soportarlo. Y es cierto. No tengo más remedio que aceptarlo, que aceptar todo. Lo que entiendo y lo que no.


¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa!
Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos.
Por lo menos conocería su respuesta
y trataría de comprender lo que él dijera.


Pero ese fue mi único amague de increparle algo a Dios. Siempre tengo presente a Job, el justo, y todo lo que le pasó sin merecerlo (¿Quién lo "merece"? ¡Como si las pruebas y los sufrimientos fueran expresión de un castigo! Esa maldita mentalidad judeocristiana azuzándonos desde el inconsciente occidental). La respuesta de Dios, cuando finalmente se decide a romper su silencio, es imbatible. Entonces ¿para qué repetir la misma historia, emprender a ciegas ese terrible viaje de huérfana, si ya tengo un mito que me sirve como mapa?


¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
¡Habla, si es que sabes tanto!


Tiene razón. Y Job lo reconoce. Y yo lo reconozco junto con Job. Hablé una vez... no volveré a hacerlo; dos veces... no añadiré nada. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí.

Dicen que las últimas palabras de Ludwig van Beethoven fueron Ich werde im Himmel hören! "¡Oiré en el Cielo!".

Vaya uno a saber.




Como nota al margen y no tanto, se sigue sosteniendo que, más/menos un día, el 17 de abril siempre será el día aciago de mi calendario.


11.4.12

The Fortune Teller

La serpiente le muerde el tobillo al lobo. El lobo es el gigante Atlas, cargando sobre sus espaldas el peso del mundo. No: es un escuincle, un perro azteca, de esos que se enterraban con el muerto para que lo guiara a lo largo de su terrible viaje por las húmedas tierras del Mictlán. O es Anubis, la deidad egipcia de cuerpo humano y cabeza canina. Sí, es Anubis.

Encima de la rueda, la esfinge. Lleva una espada al hombro; la espada quiere decapitar al águila pero se contiene. El águila, inocente del peligro, sufre en secreto mientras tanto: moriría por ser una paloma mensajera y llevar el esperanzador olivo hasta las manos de Noé. Pero no puede, nada ni nadie le evitará ser lo que es: un águila majestuosa. Tiene un destino tirano que la condena a la grandeza.

Del otro lado, el ángel levanta la vista de su libro y desde su nube le reprocha en silencio. "Pudiendo volar, que no vuele... pudiendo ser grande, que quiera no ser vista...". Mueve la cabeza en reprobación amarga, y el águila, avergonzada, desvía la mirada. Ahí se encuentra con la serpiente que le muerde el tobillo al lobo.

Más abajo, un buey alado y un león, también alado, se tumban plácidos al sol; sostienen entre sus patas delanteras un libro cada uno. Están entretenidos, se ven en paz; parecen figuras del establo de Belén. No tienen la menor idea de para qué podrían usar sus alas. Mejor para ellos.

Todo está lleno de nubes. Arriba y abajo. La rueda de la fortuna gira una vez más, y de súbito, antes de percatarse ella misma, la serpiente suelta al lobo, lo deja de morder. El lobo se da cuenta del alivio y no pierde un instante: se libera del peso del mundo. Al verlo actuar, el águila también se anima un poco; se larga a planear por los cielos en danza luminosa. Por eso mismo, al contemplarla, el ángel sonríe y deja de juzgar al prójimo; tanto el buey como el león sienten de pronto una punzada entre los omóplatos. Las cosas marchan. Hay liviandad.

Es cuando la esfinge, sin aviso, toma la empuñadura de la espada y hiere a alguien. A cualquiera que por azar pasara cerca de allí justo en ese momento.

Se escucha desde el fondo de la tierra un chirrido pesado; la rueda de la fortuna gira una vez más. Y la serpiente, sin saber por qué, no puede evitar volver a morderle el tobillo al lobo.

9.4.12

Estatuas nocturnas

1. Siempre era de noche. Por la ventanilla del auto, miraba aquellos edificios de vidrios oscuros y letreros luminosos en hilera. Para mí, pertenecían a una ciudad abandonada; sin embargo, tantos neones multicolores, el insistente efecto prende-apaga de los años setenta, palabras como "casino", "hotel", "bar", todo apuntaba a dar a entender que allí había diversión, que allí había vida. Pero no: esa ciudad moría temprano. Creo que era pura utilería, que en esos edificios y casinos y hoteles y bares no había nadie.

El auto recorría la rambla de ida y vuelta sin que supiéramos muy bien para qué. Al final, solo nos encontrábamos con la estatua fantasmal de Balboa mirando hacia el Océano Pacífico. Ni en eso había afinidades posibles.

Rato después, volvíamos a casa. La salida tenía el efecto de hacernos sentir más solos que nunca.

2. Otras noches, mis padres nos hacían poner el pijama y marchábamos al autocine. Eso era mejor; además, no se notaba mucho si no había demasiado tema de conversación. Me gustaban esos parlantes enormes de metal que se ponían en la ventanilla del auto; me gustaba el olor de la mantequilla caliente sobre el pop corn; me gustaba la magnífica pantalla gigante en un mundo de diminutos televisores blanco y negro. Con mi hermano llevábamos almohadas, pero yo jamás dormía. Ni en el autocine ni después: la cabeza rodando de un esclavo decapitado en Queimada, las heridas de un matrimonio de espías después de la tortura, la pobre mujer acosada por un asesino en Terror ciego... Vi, en la modalidad autocine, muchas películas que no debí haber visto a mis ocho, nueve años. Pero quizás el amor por el cine haya empezado allí.

Al igual que los insomnios, claro. La desesperación de Taylor al encontrar la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Que ya no sea posible regresar al lugar del que se partió porque ese lugar no es un lugar geográfico solamente. Su impotencia y sus maldiciones finales me erizaron. En algún lugar sin palabras, lo comprendía todo.



"Oh my God. I'm back. I'm home. All the time, it was... We finally really did it ... You Maniacs! You blew it up! Ah, damn you! God damn you all to hell!" (escena final de “El planeta de los simios”, 1968)


4.4.12

María Memento Mori

Esto fue hace un año, exactamente. Me enteré por un SMS desde México. Estaba en el club de Astor, en el medio de la cotidianidad más obscena. La inocencia: ese momento en que por no estar vigilando la posibilidad de la desgracia, la maldita golpea y nos pesca desprevenidos.

Al principio creí -o quise creer- que sería uno de sus trucos para llamar la atención. Un rumor. Un nuevo performance beck
ettiano de María Tarriba. Ella no tenía límite para crear y recrear sus personajes.

A falta de otras materialidades posibles, entré a internet sin perder un minuto. En el Facebook de Djuna Barnes (su alter ego, luego de que la revista Proceso recogiera críticas a terceros firmadas con su verdadero nombre en el cotilleo virtual y las publicara, para su vergüenza), encontré una frase que había sido subida tan solo diecinueve horas antes. Un último rastro de María, fresco, aún latiendo de existencia. Su testamento, quizás involuntario. Quizás no:

The voyage of discovery consist not in seeking new landscapes, but in having new eyes.
(Marcel Proust)

En eso me llegó el segundo SMS, el peor: uno de sus hermanos había confirmado la noticia y estaba saliendo rumbo a Mazatlán. A su velorio.

Y sin embargo, después no quedó duda de que el verdadero velorio fue en internet y en ciudades distantes unas de otras que convergían. Cosas de estos tiempos. Todavía podemos leer para atrás, en su muro, lo que durante este año sus amigos (entre ellos, los conocidos virtuales de largas conversaciones) le hemos seguido expresando; más extraño todavía, también podemos leer para atrás, más para atrás, lo que ella mostraba de sí, su actividad, sus palabras. Cuando todavía estaba viva. Como si todavía lo estuviera.

Mi amiga María me mandó su libro por correo cuando lo publicaron. También hizo dos donaciones de US$ 2.50 vía Pay Pal aquí en el blog para pagarme un café en Tribunales. Yo lo había puesto como una especie de chiste personal que, sin embargo, en el fondo conservaba cierta esperanza de que la Providencia me guiñara un ojo, como para hacerme sentir que estaba allí. Solo María lo captó. Y actuó en consecuencia. Desde sus escasísimos recursos.

Pero para qué hablar de María, la María biográfica. Sus innumerables virtudes, sus aterradores defectos; al final, uno lo perdonaba todo. Porque pedía disculpas, inclinaba la cabeza cuando despertaba y veía el desastre que había hecho, Ayax rodeado de cadáveres de ganado que en su
locura había juzgado un ejército; caballo de Atila desbocado, pasando con los cascos furiosos y maníacos sobre los campos queridos. No podía evitarlo. La bipolaridad es estar lisiado sin una silla de ruedas o un bastón blanco que lo atestigüe.

Lloro y me dicen que ella está mucho mejor allí donde está ahora. Pero yo lloro por mí. Tengo derecho.

Fue lo peor que me pasó el año pasado. (Después sufrí la muerte de otra amiga, pero por suerte para ella allí sigue todavía, vivita y coleando). Las cercanías del alma que permite internet son un campo multiplicado de cultivo de duelos: de un momento a otro, la persona se va de nuestro día a día, termina tajantemente de compartir, desarma el refugio; nos deja un hueco imposible de llenar, una estela de silencio. Deberíamos estar advertidos, pero lo comprendemos recién cuando nos pasa. La ausencia cotidiana de Levrero es algo que casi ocho años después todavía
no puedo superar. "Que nunca me faltes, Carlitos", decía, pero no mencionó nada respecto a faltarme él a mí.

María se enojó muchísimo conmigo por una imagen que posteé alguna vez en su muro. A mí me parecía de una lívida belleza, un memento mori (precisamente) delicado y firme a la vez; solo quise compartir mi hallazgo, acercarle ese mensaje que tanto me obsesiona: la vida escurriéndose entre nuestras negaciones; el amor, la pasión, el arte, la alegría, la comunión,
todo postergado para un momento más oportuno que nunca llega. La miope y tácita soberbia de suponernos inmortales. Pero ella se puso fúrica; se sintió agraviada, pensó que con alevosa crueldad le estaba recordando que moriría. Desde mi punto de vista, el "tú" que formaba parte
de la frase era genérico: hablaba de mí también, por supuesto.

En su acting supuestamente defensivo, me dijo cosas terribles; se metió incluso con la mortalidad que más podía dolerme. Ahora veo cuánta razón tenía. No son cosas para decirle a alguien que apenas tiene uno o dos años de vida por delante. Aunque ninguna de las dos lo supiera entonces.


Anteanoche soñé con ella. No me acordaba de la fecha, pero se ve que mi inconsciente sí. Se veía muy bien. Contenta, saludable, en paz. Usaba un vestido largo, blanco y estampado de colores (¡ella, siempre extravagante, hasta en la muerte!); íbamos caminando con un grupo de personas por la proa de Rivera y Arenal Grande, a la altura del bar Monteverde. Entre ellas, venía AV; mientras soñaba, pensé que aparecía porque la estoy viendo todas las semanas, pero –otra vez- se ve que mi inconsciente recordaba bien que ella fue una de las mejores amigas de María en la adolescencia. También venía una muchacha que rentaba una casita colonial mexicana diminuta, como un garaje que en su piso de abajo tenía un tallercito abierto a la calle -en el que trabajaba un artesano- y arriba un cuarto o dos. La casita estaba construida en una "punta" o esquina de la plazoleta de los Desaparecidos (nótese el símbolo obvio). A mí me encantaba; incluso fantaseaba sobre la posibilidad de rentar un cuarto para mí, como un estudio. Me hacía sentir cerca de México, y otra particularidad era que desde allí se veía el edificio de Rivera y Jackson, aunque totalmente distinto a como es: brillante, con adornos, hasta chongo. En el sueño, yo destacaba que aquel había sido mi último hogar en Uruguay antes de irme, de niña; los allí presentes me hacían ver que eso ya lo había comentado muchas veces. Pero ese pedacito de México en conjunción con calles e imágenes de mi infancia me daba paz.

María tenía protagonismo en el sueño. Se la veía equilibrada, sabia -más sabia que nosotros, sin duda-. Alguien nos mostraba unos mantelitos de papel impresos con fotos de momentos de su vida, como postales con cierto toque inusual, surrealista o disparatado, como todo lo de María (recuerdo uno, por ejemplo, en el que ella aparecía con otras personas resguardadas en una construcción de piedra, todos vestidos con trajes militares y mirando al desierto). Yo, en ese momento, cobro conciencia de que María va a morir; por eso, empiezo a doblar disimuladamente esos mantelitos para conservarlos como recuerdo. Me embarga una súbita vergüenza de estar preocupándome más por mi propio dolor anticipado cuando la que va a morir es ella, la que lo perderá todo.

Ella se da cuenta y, sin embargo, me mira con dulzura. Como si yo fuera una niña chica que aún tiene mucho que aprender antes de poder captar las complejidades del mundo de los adultos (o del mundo de los muertos, en este caso). Cuando yo hablaba del asunto de su muerte inminente, María medio que sonreía y me cambiaba el tema. Hablar de eso no le parecía importante, o acaso supiera directamente que yo no lo podría comprender. No lo veía como la tragedia, la pérdida dolorosísima que sentía yo.

Sí, se veía bien. Muy bien y sabia.