29.2.12

Deseos extintos

Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta...

Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:


"La Dama de las Camelias... es él"

Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:


"Madame Bovary... c´est moi"

Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.


11.2.12

Streapers Anónimos

Levrero -su fantasma- estaba molesto conmigo porque yo me negaba una y otra vez a concurrir a su taller.

Era un taller de escritura, claro, pero a primera vista daba toda la impresión de ser un taller de pintura. Allí uno debía posar desnudo para que los demás lo usaran de modelo, pero además debía concurrir desnudo a pintar. Ambas desnudeces casi en simultáneo.

Yo le decía que me era sencillamente imposible, que no podía desvestirme frente a todo un grupo de personas ni sentirme cómoda pintando así. Por otro lado, no era que reprobara la propuesta creativa en sí: me parecía perfecta, pero no podía evitar resistirme. Sentía que no podía, que no iba conmigo.

Él entonces se molestaba más todavía. Me recriminaba duramente. Decía que yo nunca iba a poder escribir en serio si no pasaba por el desafío de concurrir a dicho taller en particular. Para mi desgracia, todo eso me hacía sentido: sabía que Levrero tenía razón con su vaticinio. Me parecía, además, que yo tenía todavía mucho que aprender del dibujo "técnico", de la disciplina y concentración, y que intentar la mímesis gráfica a partir del modelaje de cuerpos me lo permitiría. Pero yo no quería prestarme ni tener que pintar sin ropa, como todos los demás.

Parece que en ese taller posaban alternando gente muy distinta entre sí, de toda edad y forma, hombres y mujeres. Daban la impresión de estar más allá del hecho de estar desnudos y ser vistos por los demás, quizás por estar focalizados en las actividades creativas mismas.Yo reconocía que era una tranca personal mía.

-Hola... soy Gabriela y hace 48 años que no me desnudo...
-¡¡¡HOLA, GABRIELA!!!



Aclaraciones del editor: 
  1. Para potenciales integrantes 2012,  no debená entenderse (para bien o para mal) que los talleres de motivación literaria de Gabriela Onetto se parecen en lo más mínimo a los aquí descritos.
  2. Es más, tampoco debería entenderse que los talleres de Levrero se parecían en lo más mínimo a los aquí descritos. Para empezar porque se trata de un sueño del que Levrero, pobre, no tiene la culpa. 
  3. En realidad, lo que jamás debería entenderse es que esto tiene algo que ver con la desnudez física: lo que el sueño quiere expresar es tan claro -diríamos que como un libro abierto- que cualquier juego con esa metáfora corría el riesgo de resultar demasiado obvia. Lo que pasa es que, cuando de streapers se trata, nunca está de más aclarar.