24.1.12

(Chinese) New Year´s Eve

Dragón misterioso, sabio, irreal, animal de mitos, peligroso, profundo, milenario, híbrido, intenso, feo, intimidante, con un alma dulce disfrazada de hierro, tímido volador, pinchudo, hondo, ígneo, noble como un caballo, amoroso, terrible, erótico, calmo, viejo, entrañable. Ganas de acariciarte las alas y que al fin me sangren las manos ingenuísimas contra el borde de tus escamas, contra tu necia coraza, tu filosa fortaleza. Dragón de corazón defensivo, tenaz, ardiente pero asustado por el salón de los espejos, los bailes y los príncipes rubios. Lo peor es que la princesa huiría contigo, si supieras: le bastaría con abrazarse a tu espalda infinita mientras vuelas y acariciarte el lomo, le bastaría con abrasarse. 


Dragón de espinas necesarias, de garganta volcánica, de secretos en leña. Tu madre fue una dragona de piedra y te sentiste solo. Tu padre no estaba: quería conquistar un reino. Dragón de todas las respuestas, o de las únicas que importan: de los misterios infinitos. Ahora serás rey; tú, no ya tu padre. Ahora saldrás de la herencia de piedra y podrás descubrir tu verdadera piel; tú, no ya tu madre. Te veo venir por el camino, armado de tanques y de trampas camuflaje; tan verde como una selva negada, cauto, duro, pero con el oculto y vergonzoso anhelo de ser domesticado al fin. Dragón, seme propicio, que yo te adoptaré; acariciaré tu negro hocico sin temor a que me muerdas o me quemes la mano. Aunque a veces me quemes, sí, aunque a veces me quemes. ¿Y qué podría importarme? Te adoptaré para que seas mi dueño, porque se sabe que un dragón jamás podría ser una mascota. Por eso, habrá que mantener las apariencias: te guardo en mi corral, te ato en mi cordón, pero sé que la que te espera ansiosa y fiel soy yo. Porque tú has vivido muchos más siglos que nadie, porque tú tienes el poder de contestar mis preguntas hambrientas. Incluso las que aún no he formulado: únicamente un dragón podría forjar las llaves para que se abran y florezcan mis preguntas. Dragón, me convienes. 


Y me das tanta sed que no puedo dormir. Es natural: tengo calor con un dragón al lado que lo ocupa todo, que me hace dormir en el borde de la cama. Los dragones guardan el fuego dentro de sí, lo contienen pero se les escapa contra su voluntad. Salvo cuando están furiosos; entonces lo escupen, arrasan, se hacen notar. Dragón, no te enojes en tu año o temblaré. En el fondo, son solo bichos tiernos que quisieran restregarse contra uno como los gatitos, pero nomás no pueden. Por eso no me importa herirme la mano contra tu piel de esmeralda, si he de hacerlo: la escama lo lleva a uno directo al alma. Dragón, seme propicio, te repito. Me inclino a tus pies para que tengas la posibilidad de enterrarme las garras en el cuello, incinerarme desde tus narinas de carbón o decirme una sabia verdad que luego me lacere. Ah, mi dragón del almanaque, noche de murciélagos en vuelo de cortejo.
Siempre trae suerte y felicidad (... pero tendremos también terremotos e inundaciones...)
China da la bienvenida al Año del Dragón
Dragones según Wikipedia
Cómo entrenar a tu dragón

16.1.12

No te olvides del pago

El silencio del campo no tiene nada de silencioso. Quizás, sí, haya cierto silencio humano: uno puede estar un poco más solo, apartarse, salir de las palabras. Tampoco hay —por fortuna— mayor ruido de motores y máquinas (salvo lo que dure una tarea determinada) ni mucho menos publicidad, el desesperante sonsonete de ese no contabilizado círculo del infierno. Pero el silencio de todos esos sonidos citadinos, su anulación, no implica un silencio verdadero, un silencio de claustro, de espacio sideral, de sordo confinado al aislamiento dentro de sí. Hoy, por ejemplo, me senté en una hamaca medio escondida en un rinconcito natural protegido por árboles y detecté nada menos que quince sonidos diferentes en un corto rato. Para ser silencio, se parece demasiado a un despliegue sinfónico.

Me gusta ese silencio a voces, me gusta dejarlo entrar. Quedarme callada. Envuelta por el silbido del viento en sus distintos tonos, los mil códigos percutidos de los pájaros, algún grito abriéndose paso entre el galope o el tropel de vacas cuando son arreadas, el portón metálico de los galpones que reverberan, los goznes oxidados de la puerta de entrada, las persianas de madera que crujen al moverse. Esa clase de estar callada debe ser lo más parecido a la paz que conozco, y me viene de muy lejos —de la infancia— aunque me olvide a cada rato. Por la noche, en las ciudades cualquier ruido me sobresalta; necesito poner música, la tele o un ventilador para neutralizarlos; los autos y las motos me enloquecen, los altoparlantes, las fiestas de los vecinos, pero también la mera posibilidad de que el teléfono llegue a sonar mientras estoy dormida o que alguien me toque el timbre: eso ya es suficiente para tensionar mi sueño. Antes de que naciera Astor, solía dormir con tapones de oídos; los sigo llevando cada vez que paso la noche fuera de mi casa, incluso en lugares supuestamente silenciosos como un balneario fuera de temporada. Si hay otra persona durmiendo en el mismo cuarto, el sonido de su respiración y de sus movimientos en la cama serán suficientes para mantenerme en guardia, para no poderme entregar. Ni hablar de los lugares hacinados, sin espacio propio, como los autobuses durante recorridos largos o los aviones. Mis fieles Foam Ear Plugs naranja flúo ponen una prudente distancia de treinta decibeles con el resto del mundo.

En la estancia se escuchan notorios sonidos durante la noche, es verdad; sin embargo, por lo general no solo no me quitan el sueño sino que hasta me arrullan, me hacen dormir profundo y cobijada. Me gusta despertarme en la madrugada y escuchar un rato el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles, algún ave nocturna que embruja desde el monte, el molino chirriando con su condena de grilletes como si se quejara, quizás un desgarrado mugido de espectro en pena o el relincho que protesta por la libertad perdida: nada me hace sentir más segura. Este fue el lugar donde se concentró cada verano la poca felicidad que tuve en mi niñez. Es decir, fue el lugar de mi felicidad a manos llenas. A pesar de los ataques de asma, de que muy rara vez vinieran mis padres —recuerdo solo un viaje, o mejor dicho vi dos o tres fotos en que aparecemos—, de que no había luz eléctrica y el agua se sacaba del aljibe; a pesar de las lastimaduras, de las piernas desnudas contra los cardos, de quedar ampollada por las argollas del estribo, de tener que tocar las hojas espinosas de los zapallos que ayudábamos a recoger; a pesar de aquellas siestas que debíamos fingir en absoluto silencio cuando en verdad queríamos seguir corriendo al aire libre, cabalgando, mirándolo todo; a pesar de los peligros, como tener que atravesar el corral del padrillo, o los cascos de los caballos si se estaba obligado a pasar por detrás, o caerse al galope —peor si los pies quedaban trabados en los estribos— o el riesgo mismo de que se desbocara el caballo, o agarrar tétanos por una lastimadura, o ahogarse en el turbio baño de las ovejas, o ser mordido en el chiquero, o raptado por el insondable aljibe en el que dejábamos caer nuestros mensajes y cantos para disfrutar el misterioso retorno; a pesar, también, de los galguitos que nos regalaban pero luego había que sacrificar, los patitos que morían de frío, las gallinas que corrían sin cabeza durante unos segundos luego de ser decapitadas —y que más tarde veíamos convenientemente desplumadas para la cena—, los lagartos que los peones sacaban por la cola desde las profundidades de las cañerías y usaban para asustarnos. Sí, este era sin duda el lugar de la felicidad a manos llenas: nada me entusiasmaba más que estar aquí. Me hubiera venido a vivir a esta estancia, lejos de todo lo demás, como una oveja guacha adoptada por un ama de casa solitaria; aquí solo importaba lo que tenía que importar, aquí yo estaba en paz y me sentía valiosa. El campo infinito, verdísimo hasta el horizonte, “suave pradera ondulada”; los anaranjados atardeceres rabiosos en que le soltábamos las riendas a los caballos porque ellos conocían mejor que nosotros el camino de vuelta para las casas y nos habíamos alejado demasiado; el trabajo rural que mi tío Raúl nos había convencido que hacíamos para él —en realidad era al revés: el que trabajaba duro para nosotros era aquel tío de paciencia infinita, ensillando montones de caballos y cargando con tantos niños mientras llevaba y traía ganado rumbo a remotos potreros, lo marcaba en la yerra, curaba ovejas, castraba vacas metiéndoles el brazo hasta el codo para cortar, nos subía al tractor o nos hacía juntar sorgo en costales o cosechar sandías, todas sus tareas cotidianas con el lastre de esos sobrinos al costado—, como si nos precisara en verdad para ayudarlo, algo que seguramente nos subía la autoestima. Pero entre tanto, nuestra relación con la naturaleza, sus tiranías, su hermosura extraña, se iba consolidando imperceptiblemente; el equilibrio entre la contemplación y la acción, sin que se sintieran como bandos contrapuestos, alternativas excluyentes; el inclinarse ante los ciclos, ante las cosas tal cual son, nos guste o no (supuestamente, esta es una característica de la biología femenina que incluso las mujeres hemos desestimado, sumidas la mayoría en la neurosis contemporánea de no poder aceptar lo que es y lo que se es): el viento cuando hay viento, el sol cuando lo hay, el bendito capricho de la lluvia cuando es copiosa, el exacto tiempo de arar, sembrar, cosechar, y no cuando se quiere, planea o decide. Sin ni siquiera plantearse intentar —por lo infructuoso a sabiendas— que se desvíe, a fuerza de timón, aquello que es más grande que uno, más fuerte y lleno de destellos numinosos. En realidad, solo en las ciudades se puede insistir en ser necio, solo allí trazar caminos en sitios imposibles, vivir de noche, dormir de día, perderse totalmente de vista.

A mí siempre me pareció que el vínculo con Artemisa, mi diosa dominante en la juventud, era meramente psicológico: no podía encontrar —para nada, porque aborrezco hasta la playa— ninguna relación personal con la naturaleza, los animales, la actividad física. Ese aspecto no me cerraba; sin embargo, en todo lo demás era tan evidente el carbon copy que lo tomaba como una variante urbana e intelectual del arquetipo (quizás influenciada por la presencia fuerte de otras diosas “independientes”, como Atenea). Pero ahora me doy cuenta de que la verdadera Artemisa siempre estuvo, solo que vivió exclusivamente durante mi infancia; luego quedó limitada al vínculo con los hombres y a la insistencia en la soledad, en la autosuficiencia. Amaba esos caballos, amaba galopar, conocer las mañas y temperamentos de cada uno, sus miedos, sus costumbres; amaba estar en San Martín del Yí, lejos de todo. Que no me importara ensuciarme los championes de barro y de bosta, rasparme, pincharme. Me gustaba observar y tratar de entender el comportamiento de las vacas, de los toros; respetaba a los potros con sus crines sin recortar, sus músculos fuertes pintados con reflejos grises, rosados, violetas; decretaba, además —durante el tiempo que me quedaba aquí— una tregua con los galgos y otros perros: nos ignorábamos, pero tampoco les tenía miedo, como en la ciudad. Con morbo y excitación imaginaba lo grave que sería encontrarme cara a cara con cierto jabalí que anduvo rondando una temporada; siempre estaba atenta por las serpientes cuando no llevaba botas, renegaba de las comadrejas aun sin haberlas visto nunca. Y no sentía piedad alguna por las mulitas cuando eran perseguidas en cacería y se trataban de esconder entre las piedras (quizás porque jamás las vi arrodillarse, como dicen). Artemisa era protectora y cazadora, estaba a gusto en el entorno natural, podía entenderse con los animales, disfrutar de la libertad de atravesar los campos mojándose con el sudor de su caballo favorito —la Colorada, el Ipiranga, según la época—, y luego desensillarlo, mojarle su noble lomo para aliviarle el calor. El mundo tenía reglas, aventuras, peligros. En verano el sol aquí era rajante, porque todo se trataba del lado luminoso de la vida; algunas veces llovía y también estaba bien ese respiro: nos quedábamos adentro, jugábamos a las cartas o leíamos. Y luego la noche, el bálsamo de la oscuridad absoluta —sin carteles de neón, sin luces de calle—, con sus brumas sobrenaturales llenas de misterio y de faroles a mantilla; de frascos con luciérnagas, de caminantes que albergar o rueda en la cocina de los peones. A veces guitarreadas en el mataburros para no despertar a nadie: Unos muchos y otros nada/ y eso no es casualidad/ Si el maíz crece desparejo/ alguna razón habrá (aprendí hace mucho en la estancia, tiempo antes de la Dictadura). Dormíamos cansados. Mi tía Cristina, otra heroína que aceptaba gustosa ocuparse de tantos sobrinos, seguramente caía rendida también luego de picar como quince platos de milanesas y de bañarnos cada noche. Un único cuarto de baño, frío y a farol. Nosotros no nos enterábamos de esas cosas por las que nunca pagamos en ningún sentido: eran sacrificios que dábamos por sentados. Pero resplandecíamos.

Una vez me tocó ver domar los potros. Ahora mis primos trabajan con doma racional, como se llama, pero antes era una lucha salvaje que imponía un profundo respeto. Tanto por el caballo como por el jinete, igual que la lidia de toros. Recuerdo ser una niña bastante chica y observar admirada —hasta con cierta vergüenza por la desconcertante atracción que sentía— a uno de los peones que domaba ferozmente a un potro grisáceo; parecía que el caballo no estaba dispuesto a entregarse así, tan fácil, que estaba luchando por su integridad. El muchacho era muy joven; no me acuerdo de su nombre, pero lo tratábamos bastante en esa época. Andaba sin camisa a pleno sol, la piel tostada, la espalda musculosa de quien le exige al cuerpo cada día. Sé que estuve alguna vez charlando sola con él en el monte de atrás de la cocina y que algo en mi interior me dijo que escapara de allí, sin más. Se sabía que no se podía ir cerca del cuarto de los peones —las razones eran un misterio: quizás se tratara nada más que de no perturbarles la siesta, pero lo cierto es que la zona tenía un interdicto—; del monte, en cambio, nadie había hablado jamás. Mi turbada contemplación del centauro buscando dominar su lado animal, civilizándolo a golpes de rebenque y espuelas clavadas, solo contribuyó a advertirme que aquel misterio probablemente correría en la misma dirección.

Hasta en eso era ya toda una pequeña Artemisa. Es curioso que nunca me haya dado cuenta.

Ahora sería incapaz de andar a caballo —me refiero a andar de verdad, salir lejos al campo por mis propios medios, abrir y cerrar las porteras, estar segura de que puedo dominarlo y que no se va a mofar de mí—; había olvidado, incluso, que siempre se sube por el lado izquierdo. Pero aún me gusta acariciarlos, mirarlos a los ojos, con esa humana bondad que guardan. Antes, desde el momento que veía el primer caballo en la ruta el corazón me empezaba a latir como loco: significaba que nos íbamos aproximando a la estancia más y más. La noche anterior a que el camión de mi tío pasara a buscarme por Rivera y Jackson simplemente no podía dormir; miraba en la oscuridad mi ropa doblada, mi enterito azul oscuro, mi buzo rojo, y eso solo podía significar que cada minuto que pasara me acercaría más a la felicidad. Las enormes piedras grises en los costados del río Yí, los termos con Vascolet, el mate de los grandes; al mediodía, don Isidro y su matamoscas, rezongando; los coquitos de butiá desparramados por el suelo.

Sería francamente imposible el Artemisa reloaded (algo que, por otro lado, hasta me alivia). Pero, al reconocerla en mí de niña, al menos deja de ser un alma en pena, como parecen serlo las vacas que mugen en los montes.

Anoche, todos los perros ladraban enloquecidos a la medianoche. Daba miedo. Luego se escuchó un grito agudo, el gemido de algún animal herido que se alejaba derrotado entre las sombras. A mi lado, Astor dormía profundamente, a pesar de las guerras de la naturaleza al pie de nuestra ventana. Y yo también fui cayendo en el sueño, poco a poco. Sin siquiera darme cuenta.


10.1.12

Atalanta Déjà Vu

A mí siempre me gustaron los amores insomnes, famélicos, que no se notaran mucho más que la marca que deja un pocillo de café encima de un sobre. Los llevaba clavados en mí como un secreto mustio, los enterraba a punta de martillo, de ataúd. Eran amores de a uno. Si ellos se enteraban, el asunto solía arruinarse sin remedio, porque por lo general buscaban algún tipo de forzado encuentro o de ventaja, o incluso la mera sospecha de que así pudiera estar sucediendo mataba cualquier posibilidad interna mía de confiar,  de entregarme a la situación. Prefería el ardor de haberme lastimado sola con la flecha.

Por suerte mi juventud -esa jungla espesa y salvaje, esa maraña de espinos rodeando un castillo de cualquier modo abandonado- queda ahora tan, tan lejos...


*


Para mi sorpresa, ya ni siquiera me importa haber resultado una diosa de pacotilla, una Artemisa domesticada.


*


El otro día leí un graffitti en las paredes del Estadio Centenario. Decía así:

Ahora veo crecer las flores de abajo

No sé cómo lo hacen, pero los graffittis siempre nos leen la mente.


*


Soy bastante susceptible a la arrebatadora vitalidad de la inteligencia ajena. Es más, hasta me atrevería a decir "la arrebatadora sensualidad de la inteligencia ajena". Si no me resultara un prejuicioso contrasentido.


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Fury of the Gods corrió en la delantera durante casi todo el Premio Ramírez. Al final cedió, desistió en su empeño de llevar todo hasta las últimas consecuencias: terminó ganando otro caballo y no me pagaron el improbable 25 a 1.

Los dioses siempre hacen lo mismo con su furia.


*


Curioso: por un momento, pensé en Atalanta. Será otro déjà vu, para variar.


3.1.12

Menú ejecutivo 2012

Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la "gourmet", la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (... con un hombre maravilloso en cada orilla...), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

Dos aclaraciones al menú/post del blog:
1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!





Tomatitos cherry
Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
(palitos de apio, grisines o totopos)
Quesadillas con rajas de chile poblano
Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
Queso parmesano en cubitos
Manzana con cáscara cortada en rodajas



Dátiles
Ciruelas pasa
Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
Brócoli hervido
Empanadas de carne con pasas y comino
Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde




Y de postre: 
Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
Las uvas de los doce deseos a las doce
Y un feliz año nuevo.