28.3.12

Sobrecitos de azúcar (1)

Es la hora en que el calor empieza a apretar. Trato de resguardarme un poco del sol, cada vez más invasivo, pero la sombrilla no contiene lo suficiente el avance de la luz casi blanca, cegadora, de un mediodía rotundo en Alejandría. Cuando era niña, alguien me dijo que si miraba el sol de frente me quedaría ciega. En la sala de espera del dentista, cada dos por tres aparecía una ciega; tenía la mirada vacía, los ojos deformes detrás del escondite imperfecto de sus lentes con cristales verdes. Por si no fuera suficiente, sus rodillas mostraban profundas cicatrices y malformaciones; llevaba una muleta ortopédica casi adosada al cuerpo, como si ella misma fuera un centauro metálico y tullido. “Tuvo polio”, decía mi madre.  “Antes no había vacunas para eso”. 

A mí me daba horror pensar en volverme ciega, en usar bastones, en ser minusválida. Dependiente de los demás. Adolorida. Marcada por el odio de no se sabe qué inmerecida condena, por la mezquindad de un dios ciego que me creara a su imagen y semejanza. Renga, sí, para siempre arrastrando mi marcha. Apoyada contra el inestable bastión de la piedad ajena. 

*

 Nunca me pareció que ser discapacitado, en algún sentido u otro, era algo que le pasaba a los demás. Incluso de niña: cuando miraba a aquella ciega del consultorio del dentista, veía también toda la potencialidad de mí misma. De una identidad arrollada, doblada quietecita en mi interior -en el interior de cualquiera, solo que yo lo sentía así-, que no se desplegaba en los hechos simplemente por la benevolencia que el azar había tenido conmigo. 

Por eso sentía miedo, sí. Y reverencia. Y gratitud. Todavía siento todo eso cuando me doy contra tales heridas. Lástima no, nunca: ¿cómo sentir lástima de mí misma y seguir viviendo con semejante claudicación a cuestas? Ser el otro, ser yo. Una lotería nada más.

Compadezco, eso sí. Padezco junto. Con cada uno. No me creo tan especial como para aspirar a ningún salvoconducto de los dioses. 

"Podría ser yo", siempre he pensado. "Podría ser alguno de mis seres queridos". Y es cierto. Pero la gente prefiere descargar esta horrenda sospecha sobre los chivos expiatorios. Ellos.

Si he de quedarme ciega, por lo menos que sea en Alejandría. Escucharé música en sus calles, le pediré a algún niño que me lea a Cavafis, a Lawrence Durrell. Imaginaré la ciudad exactamente como hasta ahora la había imaginado; será suficiente para orientarme al principio. 

Con el tiempo, diré profecías a los turistas en los cafés; se cumplirán siempre, y con eso me iré ganando la vida. 




1 comentario:

Elizabeth Wojnarowicz dijo...

De la falta de sentidos, siempre pensé que la ceguera sería la más difícil de asumir...por mi.