22.9.11

Morfeo, je t ́aime et je t ́aimerai

En el taller presencial de los lunes ("lunático") estamos trabajando con sueños como disparadores de la creación literaria. Todos los años me mando algún modulito desde los misteriosos pantanos de Morfeo; los llevo a todos caminando, cautos, sobre su gelatinosa vegetación, sus oscuros lodos. Hay alumnos que se desesperan porque no consiguen recordar sus sueños -al principio, porque en general siempre terminan poniendo algún huevo victorioso en el gallinero del inconsciente-; otros reportan un pico maníaco de producción onírica, fenómeno que suele menguar y estabilizarse al terminar con el módulo y pasar a otros trabajos de motivación literaria. Yo misma, como siempre, recibo una sopa de mi propio chocolate y también debo vérmelas cada noche con una creatividad exacerbada de mi doble vida, la nocturna. Pero a estas alturas del partido, y como autora de un diario de sueños a lo largo de casi tres décadas (en varios tomos, se entiende), cuando se me da el privilegio de soñar tanto, lejos de causarme temor o incertidumbre, me parece una oportunidad, un regalo.

Siempre me acuerdo del Darno, que decía no soñar más a causa de tanto psicofármaco. A mí esa resignación a haber sido despojado de una faceta tan indispensable me estrujaba el alma, así que le escribía algunos sueños míos y se los mandaba  como regalo por correo (postal: no había internet). Para que al menos tuviera algunos de su propiedad, pobre. Aquello me valió al final el mote de "mi donante de sueños". Un honor. Lo que pasa es que a mí me brotaban de a tres, cuatro, hasta seis sueños por noche; no me gustaba volverme una avara, una hacendada en tierras de hambre y desierto. Para mi orgullo, en su mayoría eran impactantes, no con menor detalle y nitidez que la vida habitual en la vigilia. Lamentablemente, ya no puedo portar en mí semejante bendición-a-la-vez-que-maldición, pero de todos modos me las ingenio para mantener una prolífica producción de cuadernitos dedicados exclusivamente a mis ahora más pálidos sueños. Malgré tout. 

Estos días vine a encontrar en mi altillo una cotizada agenda, la de 1992. Digo "cotizada" porque fue uno de los mejores años de mi vida, con mucha amistad y alegría en comunión, y además porque mi amiga Alais recordaba bien que allí habíamos dejado registrado una especie de viaje iniciático conjunto que hicimos al Cabo Polonio durante un par de semanas -hasta alucinaciones al natural tuvimos: a ese nivel de intensidad fue la travesía, con muchos insights y eventos surrealistas que uno diría que no son lo más autóctono de estas tierras- e insistía en que se la prestara alguna vez, cosa que hice ahora. Lo bueno es que escondidos allí, como apuntecitos entre los pendientes de trabajo en la productora, los eventos sociales -muchos- y las constantes llamadas de mis amigos (que tuve el tino de dejar consignadas allí para futuros y difíciles tiempos de eremita, que ya sé que siempre vuelven), más perlitas manuscritas de sentido incomprensible, del tipo "Decadencia total: todo el día en la cama leyendo El informe Hite y durmiendo", o "Historia del enanito que vende la sabiduría en tres tomos", encontré un montón de sueños míos. Registrados de una forma muy escueta, un mero apuntecito que no iba más allá del argumento: me llama la atención que no llevara un diario de sueños comme il faut, aparte, como he venido haciendo desde los veinte años. Pero al menos no los perdí. 

Es muy interesante -y eso intento trasmitirle a los alumnos del taller cuando nos embarcamos en este módulo, por lo general utilizando alguna cadena de sueños propios como ejemplo y luego de la que, boca abierta, comprueban que efectivamente existe una historia por debajo cuando uno pone los sueños en secuencia y los sabe "leer"- cómo la expresión onírica tiene hilos conductores, temas reconocibles, lógica interna. Tal como si se tratara de una novela. E incluso personajes que se reiteran: uno toma prestados a sus conocidos de la realidad para encarnar ciertos arquetipos, pero va mucho más allá del "civil" que aparece. Yo, por ejemplo, tengo más que identificadas a mi Hera y mi Afrodita, y los vericuetos que viven estas dos mujeres en mis sueños me van mostrando la evolución de mi relación con sus figuras simbólicas: trasciende con creces a las de carne y hueso, si bien nunca es arbitraria la proyección. Y así, el que lleva a conciencia un diario de sueños (a lo largo de los años) llega a darse cuenta de las gestas épicas en las que su inconsciente estuvo embarcado en determinada época: "Yo soy mi casa" y "Crecer duele" son dos de mis historias favoritas: se las cuento a los integrantes de los talleres cuando llega la hora de hacerle los honores a Hipnos. No hay caso: la única forma de lograr la desnudez del alma ajena es arriesgarse primero al striptease propio. Poner el cuello y confiar en que el otro no aprovechará el gesto de entrega para rematarlo, que más bien se sentirá en confianza para compartir lo más sagrado que tiene. 

Revisando los sueños de esa agenda de 1992 -yo tenía 28, 29 años entonces-, me quedó claro que el tema que se jugaba allí en la cancha resbalosa de Morfeo tenía que ver con los hombres. Algo muy tortuoso y lastimado -sobre todo temeroso- se estuvo procesando en mis entretelones oníricos de todo ese año, proceso acompañado, además, por una soledad elegida en cuanto a parejas, amantes, pretendientes -los cortaba de raíz, los echaba más presta que un dragón escupiendo fuego por la boca- y toda posibilidad de vinculación hombre-mujer que no fuera llana amistad. O el pantano platónico con un tal P., que pergeñé inconscientemente para protegerme de los hombres reales, claro. En los sueños, en cambio, había un desfile permanente de todos los caballeros que habían sido importantes en mi vida; no tanto desde lo amoroso propiamente como desde los terrenos de la seducción, el sexo, el deseo. Parecía que todos se iban apareciendo para asistirme en tan difícil trance, en semejante parto alquímico. Sueños eróticos a mansalva (casi siempre sin consumación, al menos en lo que respecta a los sueños mismos: los cuerpos abandonados a los devaneos nocturnos del inconsciente suelen ser mucho más sugestionables), pero que en esta agenda 1992 no tienen mayor interés porque simplemente aparece su apunte como tal, el registro de ellos; no hay mayor argumento, no hay desarrollo, como seguro tendríamos si acaso se tratara de un auténtico cuaderno de sueños "pro".  Igual -ya que le iba a terminar prestando mi valiosa agenda a Alais sin fecha de retorno, porque sé que se deslizará por quién sabe cuántos agujeros de conejos en cuanto empiece a recordar los pormenores de aquel viaje mágico al Polonio, así que seguro no volverá en algún tiempo- tomé nota de algunos sueños que me interesaron como residuo de mis transformaciones de aquel año. Desde aquella fóbica soledad autosuficiente -más que de amazona bélica, de Artemisa virgen- hasta la irrupción inesperada de Afrodita por una grieta fuera de cálculo: lo que pasa es que, para llegar a dar ese salto al vacío, primero cada noche hubo que dejarse ir en muchas aguas oscuras, inciertas, lunares. 

Rescaté algunos pescaditos de aquel mar, ya tan lejano y hasta irreconocible para mí:


Empiezo a encontrar máscaras y antifaces de disfraz. Los tenía guardados y ya no los recordaba.
*
Soy de Hungría (¿hunger?). Apuesto y pierdo, y me mandan de nuevo a mi lugar de origen. Tiburones. Voy en un submarino que llega a tierra, y veo cómo uno de los tiburones engulle a un hombre entero. Pido permiso a papá para llevar conmigo mis documentos de identidad. Hay una especie de campamento o colonia de vacaciones.
*
Sueño erótico con L. Voy por muchos boliches; uno de ellos recién inaugurado, desde donde trato de hacer una llamada y no puedo. Camino por la ciudad para hacer tiempo. Hay una pantalla gigante, y veo a M. cantando canciones de tipo melódico internacional.
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Sueño con Alinda, me da un buen consejo (no seguir en el pasado, pasar la página con P.) y me dice (en dos sueños: uno “realidad” y otro “sueño” en el sueño) que no lo encontró y que no le pudo dar la carta.
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Sueño con A., pero es algo pelado y viejo, grotesco. Sin embargo, yo razono que todo viene bien con tal de olvidar a P. Aparece Sofía; los tres vamos en un autazo. Catedral de Puebla. Almuerzo. Daniela.
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Iba en un barco. Había estado con P. y nos habíamos apartado. El barco pasaba junto a un  mar que había crecido descomunalmente; la canaleta se había desbordado y el equilibrio del barco peligraba con las olas. A lo alto, en el monte, una enorme caldera estalla en llamaradas y cae al agua. Yo creo que las olas que provoca vendrán hirviendo y que nos quemarán vivos, pero no. Todo se llena de patrullas y humo. 

*

P_mylowriderheaven
De Anita Rodríguez

La necesidad de rescatar ese arquetipo masculino que se me moría en el interior y del cual me seguía retirando cada vez más, sin mayor remedio, se expresaba incluso en recurrentes sueños sobre mi padre herido o en peligro de muerte (en el sueño):

Una mujer de mediana edad tiene de la mano a su padre agonizante, vendado y casi todo cubierto por una sábana blanca. Empieza a llegar gente para el inminente velorio, y el enfermo, a pesar de que no puede hablar, oye todo lo que dicen y los preparativos.
 *
Sueño que no llego a tiempo para impedir que papá suba en ascensor con unos chantajistas o delincuentes. Desesperada, trato de alcanzarlos por el otro ascensor, pero es inútil. Me dicen que alguien se tiró del piso 60 y que aparentemente es mi padre. Yo no puedo aceptar que creyendo en Dios se haya suicidado, ni que nosotros no le hayamos importado. 

*

P_peregrinacion
De Anita Rodríguez
 

Recuerdo que por aquella época tuve tres episodios extrañísimos (que yo denominé "sueños astrales") durante los cuales efectivamente percibí (despierta en mi habitación, aunque supuestamente dormida en la cama) una figura blanca, fantasmal, como si se tratara de un cono de energía, pero que yo reconocía intuitivamente como "masculina". A tal punto me sería central la necesidad de curar ese vínculo distorsionado; en la dichosa agenda encontré sólo dos registros sobre eso (marcados con muchos asteriscos y colores, ya que para mí fueron experiencias de "antes y después"), pero no sé dónde habrá quedado el tercero o si acaso alguna vez lo escribí. Sólo sé que la figura blanca me habló también aquella última vez sentado tranquilo en el borde de mi cama. Al final dejó de venir; sé que se despidió por decisión mía:


Sueño astral: una figura masculina blanca sentada en el borde de mi cama, induciéndome a algo. Veo cómo mi propio cuerpo astral se desprende, se levanta desde mi pecho como si se estuviera sentando en la cama (mi cuerpo físico permanecía tendido inmóvil: esto era como una transparencia blanquecina).  Entre ellos se comunican sin palabras; yo me resisto, rezo por protección. Dudo si mejor no tendría que dejarme ir, volar o lo que sea; en eso, siento el infinito que viene a toda velocidad hacia mí, estrellas y todo, sin que yo me mueva siquiera (como si volara “al revés”: se mueve lo demás, yo estoy quieta). Me da miedo. Traigo el cuerpo de vuelta. Me duelen las articulaciones. 

*
Sueño astral: una figura masculina parado al lado de la cama. Me toca el cuello; yo lo saco, le digo que no.
*

Pablonewl
De Pablo Amaringo
 
Pero mi pequeña obra maestra en el desarrollo de esta novela onírica -y en ese contexto de mujer solitaria por decisión propia, de monja ad honorem- es ésta. No podría ser más perfecta (ni más humorística, por cierto): 


Soñé que un hombre que me gustaba o a quien yo quería golpeaba insistentemente la puerta de mi cuarto (estaba con llave). Yo le decía: “Ya voy, ya voy”, y mientras iba sacando una especie de sobre de dormir de madera. Lo desenrollaba; era un ataúd. Me metía adentro y le decía: “Ya podés entrar”. 

*


Pablonewb
De Pablo Amarin

Cuando -por fin- la etapa de la Bella Durmiente y su castillo de espinos terminó, cuando se cumplió el siglo y Afrodita encontró el cómplice demencial para tan titánica tarea, entonces tuve algunos sueños que claramente daban cuenta del asunto, o de los terrores del asunto. Todo bastante de manual, visto a la distancia: símbolos fálicos como cigarrillos -¡yo no fumo ni siquiera tabaco!- escondidos nada menos que en carteras  y que además desataban persecuciones policíacas; culpas y justificaciones por haber roto los votos de castidad; presuntos asaltos que al final resultaban ser liberadores festejos de cumpleaños con promesas de amistad, amor, pasión. Se diría que la puerta de mi casa aparecía abierta por eso, y no porque alguien hubiera entrado a robar, finalmente: 

Sueño con cuatro policías de narcóticos vestidos de soldados que me van a buscar a una mesa y piden para revisar mi bolso luego de besarme las manos. Yo sé que tengo un canuto. L. rompe un vidrio y hace escándalo para posibilitar mi huida. Entonces corro y corro. Saco el cuete de mi bolso y lo dejo caer en la calle. 

 *

Sueño que J. se mete en mi cama a dormir y yo le digo que no. Insiste, trata de que lo mime, pero a mí me da rabia que me reclame porque estoy viendo a otro. Le digo que hace un año y medio o mucho más que no me acostaba con nadie (él pretende que hace un par de meses nada más). 

Luego llego a mi piso, y un hombre de gabardina negra y guantes sin dedos toca en lo de la vecina (que tenía puerta de rejas y estaba rodeada de hombres que la defendían, porque ese fulano la quería asaltar). Yo llego a mi puerta y está abierta. Pienso que me asaltaron a mí, pero en el interior están muchos amigos para festejar mi cumpleaños. Veo los cabellos rojos de T. entre ellos. 


Artistdream
The Artist´s Dream
Los participantes del grupo de los martes o "marciano" -que por ahora no están trabajando con sueños: no me animo todavía, con tantos alumnos de nuevo ingreso- quieren que organice una jornada intensiva de sueños y escritura, como las que hice el año pasado. Y lo estoy considerando. No entiendo quién puede escribir -o cómo- sin atender a sus pequeñas obras de arte de cada noche. Ese es el tiempo en el que se escriben las novelas que jamás serán publicadas, aquellas para las que no se ha inventado género literario encasillador ni concurso al cual ser presentadas (por ahora). Pero la vida es sueño, dicen. O, por lo menos, lo es la tercera parte de ella.




8.9.11

SUAT Ovidio Emergencia Móvil

El holograma de Ovidio, con sus más que atendibles consejos en materia de desamor, se plantó frente a mí el otro día cuando escribí Masoquismo 2.0. Entonces me acordé de este viejo articulito mío que se centraba precisamente en (la excusa disparadora de) este subversivo poeta latino, caído en desgracia por su afición literaria a la seducción y el erotismo. Seguramente para tratar de congraciarse nuevamente con el emperador y poder volver a Roma -algo que nunca ocurrió, pues murió en el exilio- fue que escribió su Remedium Amoris... lo que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, aunque hayan pasado dos mil años!

Omnis amans militat.




"Contexto del texto":

Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría "a recibirlos" porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.





DESDE EL BARRIL  (6)

                               por  G. ONETTO


En un pequeño manual con el que trató de contener el escandaloso recibimiento que su más famoso libro, El Arte de Amar, tuviera en la Roma de Augusto *** (y que, como todo cuadro fidedigno de las costumbres de la época, termina siempre valiéndole al autor algún tipo de escarmiento, en este caso el destierro), Publio Ovidio Nasón, poeta ingenioso y preceptor del amor lascivo, compadecido de quienes sufren a causa de amores despechados, dijo así:

«Si se está obligado a permanecer en Roma, diversos remedios pueden ser buenos: 1) pensar continuamente en los defectos de la amiga... Todo cuanto puedas, desfigura las cualidades de tu querida, y engaña por este medio tu juicio. Llámala gordinflona, si es fornida; negra, si es morena. A la de fino talle, puede achacársele la falta de que es seca. Ten por petulante a la que es cumplida, y por pusilánime a la que sea modesta... Bueno será también que la sorprendas, por la mañana, en su alcoba o en el tocador, cuando todavía no está arreglada y en disposición de agradar.»




E
n la desesperada lucha por recobrar los estribos cuando de asuntos del corazón se trata, se permite cualquier cosa; incluso recurrir a este práctico compendio con que Ovidio nos ampara a las generaciones posteriores. Los Remedios para el amor conforman muy decorosamente -hasta para los que nos bamboleamos con un pie sobre el mismísimo siglo veintiuno- un verdadero manual de primeros auxilios contra las quemaduras del amor desafortunado.

Hoy en día, el recurso que me parece más remarcable es precisamente el citado arriba: convencerse, necedad mediante,  de los múltiples defectos de nuestro provocador de desvelos. No hay forma de perder con este método (excepto, claro está,  topándonos por azar con nuestro objeto de deseo frente a frente: por algún motivo, esa imprevista circunstancia tira abajo cualquier estrategia militar hasta el cansancio bosquejada).

                                      *        *        *

Sería lógico pensar que siempre que nos encontraramos enredados entre los hilos de una pasión desafortunada (o que sabemos que irremediablemente nos llevará al infortunio, lo cual, para el caso, es lo mismo), intentásemos buscar, si somos razonables, el modo de apartarnos de ella y de olvidar a esa persona. Lamentablemente, nunca somos razonables: casi ninguno termina con sus pasiones sino hasta que se ha convertido en un maltrecho ciudadano,  presto candidato para  la lectura de Ovidio (el suicidio sería demasiado pedir, después de cierta edad). En el fondo, hay un cierto regodeo en el sufrimiento amoroso, una deliciosa herida que nos hace sentir vivos y a la que muchas personas no están dispuestas a renunciar bajo ningún concepto.

Este inconsciente manifiesto de principios se da con mayor frecuencia, como es de suponer, durante la primera juventud. Después, por desgracia,  nos volvemos más prácticos y tontos.

                                      *        *        *

Una vez, cuando tenía 17 ó 18 años apenas, me encontré en una playa perdida con un sujeto que años atrás había sido mi amor platónico, mi muso inspirador, mis ruborizadas taquicardias liceales, mi tábula rasa para toda clase de fantasías románticas. El mar rugía, frenético; las palmeras se doblaban con la brisa tropical; la laguna ocultaba hambrientos cocodrilos; las tortugas gigantes parían huevos en la orilla; las hamacas hacían un desesperante ruidito como de paso del tiempo. En fin: haré corta la historia. Volvimos a la ciudad en el mismo ómnibus; era de noche, y teníamos como ocho horas por delante. Toda una jornada laboral, digamos, pero de besos y manoseos varios.

Me agarré un insomnio que todavía hoy, de vez en cuando, me aparece.

Él, sin embargo, durmió durante un rato. A mí me subían y me bajaban las endorfinas, adrenalinas, feniletilaminas y otras cosas que ya no registro ni remotamente. A través de la ventanilla, vagué con la mirada por el paisaje buscando un tiempo de reacción: que el alma me aterrizara en el cuerpo, o al revés. A mi lado, dormía el hombre más misterioso, más peligroso, más inolvidable, más aterrorizante de la tierra, creía yo. De pronto, empecé a sospechar que mi libertad y mi vida misma estaban bajo una amenaza desconocida a causa de ese tipo. Que había contraído una enfermedad mortal, un mal que emanaba de su cara y de su cuerpo, y en el que ya no intervenía mi voluntad en lo más mínimo.

Estaba frita y lo sabía. Pese a que esa conciencia de fiera acorralada era inédita para mí, me daba cuenta perfectamente de que había quedado en las manos de ese hombre: perdida para mí misma, por los siglos de los siglos.

Entonces algo sucedió.

El misterioso, peligroso, inolvidable y aterrorizante amante empezó a roncar. Ahí, en el ómnibus, cada vez más fuerte.

Yo seguía mirando para afuera por la ventanilla. Algo -quizás el fantasma de Ovidio-  me advirtió en mi interior que, si yo lo miraba en aquel momento, si yo lograba presenciar con mis propios ojos la ridícula escena en la que mi bello durmiente gruñía a sus anchas con la boca abierta, ya sin ningún misterio (porque hasta las amígdalas se le exhibían impúdicamente), quedaría curada para siempre de su embrujo. Volvería a ser libre, lo vería como a un hombre ordinario, regresaría a mi propio ser como si aquel encuentro jamás hubiese sucedido.

                                      *        *        *

Pero yo, por supuesto, no lo quise ver así, desarmado y humano, roncando como un patán cualquiera. Me quedé insomne y aterrada, mirando por la ventanilla de aquel ómnibus. Porque Ovidio será un sabio, ciertamente, pero los remedios sólo sirven para aquellos que han sufrido hasta el fondo las enfermedades.




***  Los Remedios contra el Amor,  Publio Ovidio Nasón, año 2 ó 3 de nuestra era.



 

Para leer más:

Esconderse/Revelarse (otro de los artículos inéditos desempolvados de "Desde el barril", publicado aquí en el blog en febrero de este año, esta vez con la excusa de un fragmento del antipsiquiatra R.D.Laing)

El último que me queda bajo la manga es un número a partir de San Agustín. Veré. 


3.9.11

Masoquismo 2.0

Tengo pocas oportunidades de tomarme un ómnibus en el esquema o guión que sigue mi vida actualmente. El solitario trabajo vía internet; luego, los talleres presenciales en mi casa. Eso, sumado a las dichas y exigencias de la vida familiar y al poco tiempo libre. Todo, para colmo, en plena cruel mediana edad (cruel, entre otras cosas, por descargada de pilas).

Mis desplazamientos obligatorios, entonces, se reducen a ir y venir del colegio de Astor (a cuatro paradas de casa); luego, a la tertulia semanal con mis viejos amigos en el café Tribunales, y finalmente, a la irregular aunque desesperada lucha contra mi naturaleza de monja de clausura. Quiero decir, en ocasiones me obligo a trabajar en algún café -laptop o papeles impresos de por medio- para apaciguar un poco esa tan conocida sensación de saberme, como nadie, una mónada de Leibniz. La habitación de mi mente/sin ventanas, decía y me decía un poema que escribí a los veinte años. Se extraña el mundo, tener compañeros de ruta, compartir presencia incluso sin hablarse. Luego se asombran de que uno se vuelva adicto a internet.

Me gusta mirar por la ventana de un bar, ver a la gente hacer sus cosas, a la fauna habitual de un café tomar sus puestos. Sentirme, también, amparada por el reconocimiento de los meseros del lugar, tipo perrito adoptado (lo máximo es cuando ellos se adelantan y me preguntan "¿Un cortado cargado?", o lo que sea que consuma allí: en el bar Sporting, donde paraba media hora por reloj todos los jueves, el mozo ya largaba el cortado al verme atravesar la puerta, sin siquiera corroborarlo). El placer de presenciar el desfile de la rutina cotidiana -seguramente porque no es la mía propia-, ese movimiento que me rodea pero no logra tocarme. Por eso, porque me hace bien, trato de salir de mi casa a trabajar afuera al menos dos veces por semana (además de las esperas en el club de Astor, donde no puedo más que garabatear un poco o empezar a leer alguna consigna impresa). "¿Adónde vas después?", me pregunta el niño cuando lo dejo en la escuela esos días en que cargo con la laptop, cruzada al pecho. "A una oficina en la que a veces trabajo", le contesto muy segura. Inocente. Ya bastante lo confundo con mis atipicidades como para que además piense que me instalo por ahí a tomar café en el epicentro de la tarde, mientras él tiene que lidiar con la letra cursiva, las sumas y el inglés.

Por eso, porque salir al mundo 3D es, en mi caso, una excepción, es que lejos quedó aquel tiempo en que tomaba ómnibus todos los días, a menudo varios: que para ir a la universidad, que prácticamente a diario al Sorocabana, años después a la productora de video, más mi bien ganada fama de obsesiva espectadora de cine y habitué de los bares nocturnos ("...lejos quedó el tiempo..." para ambas cosas). El ómnibus es como una segunda naturaleza en la juventud; uno se vuelve casi un centauro de Cutcsa. Claro, la gente adulta con trabajos normales igual tiene que mantener tal condición, aunque en general la viva como un calvario. Pero para mí, para mi aislamiento (o hiperconexión por internet, depende), subirme a un ómnibus no deja de ser una oportunidad -quizás una esperanza- de que algo imprevisto pase fuera de mi mundo doméstico, de mi mente.

El otro día, por ejemplo, el chofer saludaba con floridos "Buenos días" a cada uno de los pasajeros -quiero decir: uno por uno-  que abordábamos su ómnibus. Miré por todos lados a ver si se trataba de una cámara oculta, pero nada. Siguió dándole la bienvenida, amabilísimo, a cada nuevo que ingresaba por las escaleritas a lo largo de todo el viaje, hasta que al final llegué a mi destino. Entonces decidí irme por la puerta trasera, presa de la súbita timidez de imaginarme que también me despediría al bajar.

Otro encuentro significativo fue con un muchacho new age que se subió a vender libros autoeditados por él y su grupo esotérico. Hablaba sin parar sobre el sentido del karma, el significado de la vida,  la misión personal, el estar perdido, la búsqueda, el camino. No me venía nada mal su speech motivacional, y la verdad es que parecía convencido de lo que decía. Yo también lo estuve, también iluminé y hasta vibré por cuanto predicaba, o quizás porque sentía hasta el alma ese rol tan importante de mentora, de inspiración y guía de otros que pretendía cumplir -quizás cumplía verdaderamente, o quizás cumpla todavía, no lo sé bien-. Pero ahora da la impresión que algo en mí se desengranó y pisa en falso, como tratando de hacer pie sobre el suelo fangoso de una nueva identidad. Estuve hasta tentada de comprarle el libro esotérico: la sola idea me avergonzó mucho más que la perspectiva de haber recibido un "Hasta luego" de aquel chofer tan inusualmente amable. Creo que nadie en el ómnibus le compró, pero -como corresponde a una persona cuya fe en un propósito le arde adentro como fuego del hogar- él ni se inmutó, guardó sus libros y continuó su viaje.

Ahora bien: la experiencia más relevante que viví a bordo de un ómnibus en los últimos meses tuvo que ver con un músico. El tipo subió, sacó su guitarrita y empezó a cantar -como pudo- aquella conocida canción de José Luis Perales en que el protagonista, obviamente víctima de previos cuernos, quiere averiguarlo todo sobre su rival antes de separarse para siempre de la mujer que ama. ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Uno se preguntaba, en aquella extraña época previa a internet (A.I.), cómo era posible que el hombre de la canción fuera tan masoquista: in ille tempore, cuando existía la separación real, definitiva -ese "cada uno sigue su camino"-, bastaba con resistir al principio aquella tentación malsana de querer saber para simplemente ir dejando que la herida cauterizara tranquila. Cualquiera sabía que estar metiendo el dedo en la llaga sólo retrasaría la cura de lo que, por otra parte, no estaba en sus manos evitar; el sentido común prescribía no concurrir a los mismos lugares que se frecuentaban antes con el amante occiso; evitar por un tiempo a los amigos en común para no tener noticias: ni nuevos dolores ni tentadoras añoranzas; tampoco llamar por teléfono para escuchar su voz una vez más o, peor aún, para conocer al fin la temida voz de nuestro relevo, ya instalado en su casa; cualquiera sabía que guardando las cartas, fotos y objetos personales en una caja se minimizaba bastante la tortura; que, en lo posible, había que evitar pasar por delante de su casa, lugar de estudio o de trabajo, para no alimentar inconvenientemente los recuerdos, la curiosidad ni las casualidades. Y la piedra angular de la estrategia para sobreponerse al abandono era, por supuesto, saber lo menos posible del o la rival: si la comparación no nos favorecía (en el aspecto que fuera que nos quitara el sueño), el ego sufría y quedábamos devastados; en cambio, si la comparación nos favorecía, menos aún entendíamos el abandónico proceder del amante occiso y quedábamos devastados.

Perdóname si te hago otra pregunta.

Pero ahí estaba Perales reencarnado, en el ómnibus, trayéndome a la memoria aquel tema, himno al regodeo en el autopatetismo. Lo recordaba bien porque, cada vez que por azar lo escuchaba, se me daba por imaginar a mi primer novio cantándomela, si alguna vez le hubiera dado la oportunidad (o mejor dicho, si yo hubiera tenido las agallas). Es ilustrativo cómo el tipo de la canción, salvo cuando se despacha abiertamente "Es un ladrón que me ha robado todo", muestra y dice una cosa por otra con tal de aparecer digno, civilizado y -por supuesto- más caballero que su rival. O de manipular con la culpa: como si en el fondo esperara que, con su teatrito del profundo respeto hacia su libertad, ella se fuera a echar para atrás en el último momento, conmovida por su nobleza:

llévate el paraguas por si llueve/
y abrígate
 (¡ojalá te agarres una pulmonía y te le mueras, bruja!)
sonríete, que no sospeche que has llorado
(¡ma´qué... que vea que estás destrozada por hacerme esto, cretina, y que se les arruine la noche!)  
y déjame que vaya preparando mi equipaje
(pero... ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo la vida, so ramera?) 

De pronto, me descubrí pensando en la nueva realidad vincular del Facebook y las redes sociales. Parece como que ahora los finales de antes se hubieran vuelto imposibles (y no hablo únicamente de relaciones amorosas: siempre que no se haya llegado a una declaración de guerra, hablo también de amistades que se terminan, de familiares políticos luego de una separación, de vínculos importantes que se diluyen). Uno convive en directo con todo aquello que, luego de un alejamiento, naturalmente le duele; tiene que ser testigo, por ejemplo, del reality show del embarazo de su ex cuñada mientras piensa que, por muy pocos meses, ese bebé bien podría haber sido su sobrinito. O tiene que contemplar cada mañana cómo su ex novia -que se ve divertida y feliz- ya está rodeada de galanes, multietiquetada en fotos de fiesta en fiesta, mientras uno apenas está logrando salir de la madriguera luego del golpazo. Nos sorprendemos a nosotros mismos embarcados en rituales tan masoquistas como los del tipo de la canción, visitando a menudo los perfiles de la misma gente que nos lastimó -en un sentido u otro, a total conciencia o en inocencia total, lo mismo da-, sólo para constatar una y otra vez el vacío que dejaron; tratamos de no perder del todo el rastro de sus vidas, ahora vividas lejos de nosotros; conocemos a sus nuevos amigos, parejas, colegas; seguimos escuchando sus opiniones o presenciando sus intercambios, pero ahora nuestras interacciones son en el más puro silencio de la mente; hasta sabemos adónde fueron o adónde irán. Allí, en la pantalla de las redes sociales, desfila nuestro pasado, nuestro presente y hasta nuestro futuro; las cordilleras y los oceanos tampoco existen. Difícil de manejar para seres que todavía venimos a la Tierra en formatos tridimensionales, con necesidades presenciales o des/presenciales.

Porque hay algo medio perverso en ese seguir tan (semi) conectados cotidianamente cuando un vínculo de cualquier orden se complica, se enfría o se termina; por lo menos durante el período de duelo, eso no debe ayudar. Especialmente al más damnificado. Pero muchos psicólogos vienen recogiendo la impresión de que borrar a alguien del Facebook equivale casi como a matarlo: un último recurso que sólo se arriesga cuando el asunto es definitivo y gravísimo. Nadie lo hace con la gente que le importa o que alguna vez le importó (sí, claro, con desconocidos); el dejar de verse, que en el mundo real sería parte de los ciclos naturales de algunas relaciones, aquí se vuelve una salida de violencia extrema. Tampoco solucionan los settings de privacidad, porque -en la maraña de la hiperconexión por default- eso termina siendo el (también doloroso) equivalente de estar evitando a la persona o siendo evitado por ella. Y entonces se corre el riesgo de que la canción de Perales ya no sea la excepción, sino la nueva regla.


¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?

 
Por algo, en sus preceptos de Remedium Amoris, Ovidio recomendaba irse de Roma cuanto antes. Y hacer, básicamente, todo lo contrario de lo que terminamos haciendo en un mundo cada vez más ubicuo. Pero ahora no nos queda otra que ser los forzados ciudadanos contemporáneos de una Roma virtual omnipresente. De la que huir, por cierto, es prácticamente imposible. 

No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga: 
el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura.

Quiera el cielo que tengas el valor de pasar sin detenerte 
por el umbral de tu abandonada amiga, 
y los pies no desmientan tu resolución.


Sobre todo huye, por fuertes que sean los vínculos que te encadenan, 
huye lejos y emprende viajes de larga duración.

Consejos no por añejos menos sabios. Y que todavía considerábamos vigentes hace (sólo) tres décadas, cuando Perales cantaba su canción y casi todos nos reíamos de su masoquismo sin el menor miramiento. ¡Pobre de él, si hubiera tenido Facebook, con semejantes inclinaciones naturales!

Sí, tiene lo suyo tomar ómnibus. Tendré que hacerlo más a menudo.