15.11.10

Mi vida secreta

Todos tenemos perversiones clandestinas, retorcidos deseos o comportamientos que nos empeñamos en ocultar de los ojos de los conocidos. Es parte del mundo privado, de las potestades que nos da ese momento fundacional de la libertad interior: cuando el niño -si le va bien y es un niño sano y/o si no tiene por madre o padre a la Medusa- se da cuenta de que, por más mirada inquisidora con que lo amenacen sus progenitores, si miente nadie podrá realmente averiguarlo, como tampoco persona alguna llegará a penetrar en sus sueños, fantasías y conflictos silenciosos. Eso está bien: es parte del ser persona. Por eso, creo que en realidad las peores son nuestras perversiones menores, esos pequeños tics o conductas que no pertenecen del todo a nuestro perfil público y, a su vez, nos resultan irrelevantes. No se explica, por lo mismo, cuál es el motivo real para mantenerlas, dado que muestran bastante incoherencia con lo que somos, valoramos y decimos ser, pero tampoco valen demasiado la pena; tics a los que se podría renunciar sin ningún perjuicio, pero que por alguna ignota necedad/necesidad nos empeñamos en conservar, en alimentar con la ritual repetición. Como si dejar algunas zonas privadas, en las sombras de la mirada ajena, nos diera  cierta paz, aire y la saludable sensación de ser libres. "Ellos creen que soy todo un consagrado intelectual y ¡ja, si supieran la radio que escucho cuando estoy solo! Hasta bailo, me emociono y lloriqueo con las letras (me las sé todas, je je)...". "Seré madre de seis, pero me gusta ver lencería sexy en esas tiendas medio escondidas de las galerías. Claro que nunca me compro nada -¡a mis años!-, pero igual me imagino. Odiaría pensar que alguna vecina me viera merodeando por ahí, así que me fijo bien y entro rapidito!". Cositas inocentes, solo que no van del todo con el identikit público.

No encuentro mucha explicación para una de esas recurrentes perversiones menores en mí, pero cada dos por tres me entrego a ella sin culpa, hasta divertida por la posibilidad de que algún conocido -amigo, alumno del taller, contacto profesional- me agarre in fraganti. Consiste en comprar una medialuna rellena y una lata de Coca Light o similar en el Disco de Punta Carretas; luego me voy a una jardinera de plantas al lado del ascensor y me siento allí a comérmela groseramente mientras observo el movimiento humano del shopping (como si se tratara de algo lindo de ver). La medialuna es enorme pero sale $39.90, mucho menos que lo que me saldría cualquier refrigerio por ahí, y con esto me aseguro de pedir luego tan solo café. En realidad, creo que la perversión menor comienza por el propio hecho de ir de vez en cuando al shopping con la excusa de trabajar o escribir, en el Bonafide o donde sea: ¿a quién le puede gustar estar en esa maqueta de avenida muerta, que parece una vereda a la calle pero está bajo techo, hormigueante y repleta de gente ávida de consumo, paseadores de bolsitas, música estándar, reiterativa, aire acondicionado, comercios? Lo más parecido a los sobrevivientes de una guerra nuclear, años después, o a una civilización cuyo problema con el ozono obligara a los habitantes del mundo a refugiarse bajo tierra, con luz artificial y ambiente climatizado. Me gusta imaginarme eso para luego bendecir el sol y el viento cuando salgo a la calle verdadera.

Lo peor del asunto de la medialuna es comer al paso en semejante entorno, olímpicamente instalada en contemplativo gozo. A la gente le da vergüenza hacer esas cosas; en un restaurant o café, todo bien, pero sentarse ahí a la vista, con la evidente intención de ahorrar -y quedarme luego en el shopping, porque de otro modo me podría llevar la comida a mi casa- es algo que llama la atención e incluso causa gracia. A menudo he sentido que si me pusiera a hacer abdominales o a cantar mantras a voz en cuello quizás me mirarían menos al pasar. Hoy una veterana simpática y juvenil que iba a toda máquina se dio la vuelta para sonreirme, como aprobando el desparpajo.

A veces a uno le toca ser testigo -precisamente por ese estar allí como no estando- de conversaciones insólitas; también es posible observar sin mucho pudor a todo tipo de personajes que circulan o se detienen en los alrededores. El otro día, había un gordito con cierta calvicie que intentaba concertar una especie de cita con una mujer por celular, o mejor dicho de convencer a dicha mujer de que fuera a su casa a comer sushi, pero dejando claro que con ellos estaría un tal Dante (cosa de que la mujer no fuera a detectar sus intenciones). Estaba tan nervioso que ese asunto de Dante y el sushi lo repitió varias veces; luego le preguntó por unos paquetitos aromáticos para los roperos que no recordaba dónde era que se compraban. Me recordó al protagonista de La vida útil; no puedo decir que la película me gustó porque me sumergió de cabeza en los patéticos años ochenta uruguayos (si hay algo de lo que no me quiero acordar, es de aquella sensación descorazonada y opresiva). Pero sin duda este tipo de hombres torpes, aniñados y entrañables existen en el mundo. Estas viñetas conviven conmigo todo el tiempo gracias a mi privilegiado escondite en las rutas del consumismo.

Seguramente las respetables señoras de casi medio siglo no deberíamos sentarnos de vaqueros y piernas cruzadas a comer enormes medialunas en el medio del shopping como liceales. Debe ser verdad que aún tengo muchas actitudes adolescentes. Por otro lado, en la vida me toca o he elegido actuar  como vieja sabia, ayudando a la gente a lidiar con sus profundidades y sus sombras. Creo que también me merezco jugar, flotar, perder el tiempo, dejar salir mis zonas inmaduras para que algo de liviandad me ayude a sobrellevar el comprometido y preciado paquete. Así que seguiré cultivando mi vida secreta en todas sus formas porque me hace bien. Con estas tonterías, que no le reporto a nadie, aunque las tome de excusa para escribir aquí. Y lo mismo haré con estados de ánimo, vínculos viejos y nuevos, exploraciones, visiones, sueños, fantasías, conversaciones callejeras, memorias que le corresponden únicamente a mi soberanía territorial, el primero y más elemental derecho humano. De todo eso elegiré cómo, cuándo y con quién compartir cada cosa, si acaso le llega su momento. Espero querer compartir mucho, pero no lo haré por decreto.

Es lindo pasar toda una noche charlando con una amiga y tomar vino mientras se cuentan secretos y reflexiones. También lo es llorar junto a un ser querido nuestras miserias, nuestro lado perdedor, y no tener que esconderse. La confesión alivia, las revelaciones de algo viejo sorprenden. Las pasiones calladas que un día se dicen. Las pesadillas que se cuentan entre ahogos. Los sueños de lo improbable que uno se atreve a formular. Y pocas cosas deben ser más reconfortantes que una pareja de muchos años que nos mira y nos conoce más que nadie. Pero siempre quedará una zona privada en el alma, y está bien que así sea: ese mismo espacio será la tierra que pisaremos cuando llegue el día de nuestra muerte. Que, aunque idealmente pudiera encontrarnos rodeados de afectos, no dejará de ser en solitario.

Hay cajitas guardadas en el desván y llenas de telarañas, hay diarios rojos con llavecitas, hay olores en el frasco y en los roperos abandonados, hay todo lo que pudo haber sido, hay danzas efímeras, hay miradas que descubren y son descubiertas, hay lágrimas que se contienen y también lágrimas que se lloran, pero cuya causa se elige no decir.

Qué suerte que todavía me puedo sentar allí, al lado del ascensor, en ese lugar medio decadente de las privadas manías incomprensibles.

8.11.10

Yo quiero envejecer como Vera

Hace como una semana celebré mi cumpleaños yendo a un espectáculo en el Museo del Vino que hacía mucho quería ver, alentada por la conjunción de dos Carlos que me importan: Da Silveira, para mí Toto (guitarrista de primera y director musical del asunto), y Gardel, en quien se basa el recorrido tanguero de la propuesta. Según lo que comentó esa noche Luciano Álvarez, el presentador, hoy 7 de noviembre se cumplen 77 años de que El Mago pisara Uruguay por última vez: nunca más regresó, nunca más cantó Volver desde el barco. Como dicen Los Tigres del Norte en Al sur del Bravo, «tú sabes dónde naciste, no dónde quedas».

Me gustaba esa idea de festejar mi cumpleaños en un entorno de botellas de vino a la vista, coronado todo por un show que se llama Desde el alma. ¿Qué mejor que celebrar desde ese lugar invisible que para mí es tan importante? Más la coyuntura de los tres cuartos de siglo de la muerte del emblemático Carlitos, eje de tanta mitología conjunta que construimos Levrero y yo mientras vivió: Desde el alma de Gardel. O sea, El alma de Gardel. Gente muy apreciada en torno a la mesa y alguna botella reserva que invitó mi tío de México (el tercer Carlos del museo), inmejorable Tannat Viejo de Stagnari. Así que ahí estaba, dispuesta a escuchar, a dejar entrar en la dichosa alma aquella música y aquellas letras. Con buena compañía, sobre todo desde la silla de la izquierda. Es cierto que me hizo falta el Gardel reo, la voz de Discépolo, el lado tragicómico del tango, digamos, pero no deja de ser una linda propuesta. Los músicos que interpretan tienen mucho ángel: dieron todo el tiempo la impresión de que era la primera vez que cantaban aquello, la primera vez que se juntaban a tocar y crear magia, y sin embargo sé que llevan a cuestas como sesenta funciones. Eso me dio qué pensar: ¿cómo hacen, con qué energías del presente, del estar absortos se conectan para disfrutar con inocencia, en formas renovadas, lo tantas veces repetido?

Ese era el contexto: cumplir años, cuarenta y siete. Resulta que soy una mujer en plena mediana edad y, aunque la "franja etarea" me haya pegado maravillosamente a medida que fui acercándome a los cuarenta, supongo que desde mis bambalinas subterráneas no dejarán de moverse y cuestionar -con cierto grado de provocación- quién sabe qué cosas acerca del envejecer, el ser mujer, la juventud lejana, la belleza perdida, etc. Tuve suerte de que justo esa noche me tocara recibir un regalo simbólico que quiero consignar aquí para no olvidarme. La cantante líder de Desde el alma, Vera Sienra (a quien había visto solo una vez con Larbanois Carrero hace mucho, mucho tiempo, probablemente en el año 1983, durante uno de aquellos recitales masivos de canto popular en el Franzini, de esos en que todo el mundo cantaba textos casi en clave para eludir los ojos de Medusa de la Dictadura) me resultó ahora  una persona fascinante en el escenario. No es el tipo de voz que me gusta especialmente -yo tiendo a enviciarme con voces angelicales, suaves-, aunque siempre que la escuché en discos o en la radio reconocí su capacidad interpretativa. Ahora verla actuar fue un plus increíble por todo lo que trasmite escénicamente. Tiene una sonrisa franca que muestra su placer de fluir, su estar trepada a la nube de sí misma, fuera de todo. Pero también establece el contacto con lo de afuera; no es un vuelo narcisista o embebido en lo de adentro, agotado, estéril. Me pareció una mujer bellísima, también exteriormente, y ni su edad ni su renguera al caminar -tengo una imagen que me vuelve de aquel concierto de hace más de 25 años en la que la veo en silla de ruedas, pero seguramente es algo que aportó posteriormente mi imaginación a la memoria- opacan esa belleza en absoluto. Porque viene de adentro, del gozo de hacer lo que se ama.
   

La vi deslumbrante, cantando, sonriendo, con la mano en el corazón, plena. En la foto de su primer disco, jovencita, parece muy linda; a todas las mujeres nos pega envejecer, pero lograr hacerlo a cara abierta cuando en la juventud se fue hermosa (algo que solo nuestros contemporáneos más cercanos pueden saber o recordar) es mucho más que simplemente envejecer con gracia. Es una toma de partido existencial.

Por lo que averigüé después, ella se retiró durante mucho tiempo del mundo creativo, del afuera de las tarimas (además de cantar, escribe poesía y pinta); también encaró la maternidad tardíamente, como yo. Eso de por sí genera un impasse natural , y más cuando el volverse madre de otra persona se vive con asombro, con fascinación y reverencia. Me es alentador que Vera haya logrado, en cierto punto de su proceso personal, renovar las zonas creativas, encontrar los tejidos truncos y no temerle a la reaparición, a la recreación de sí. Ahí está, en el escenario, muy hermosa. Me recordó mucho a mi abuela Dora, gran mujer. Sin duda es bueno -y ojalá yo sea o pueda serlo para otras- ese tener mujeres mayores que nos sean un modelo de ganancia, no únicamente de pérdida. Debe estar bien llamarse "Vera", lo verdadero, lo auténtico, lo que soy realmente; además forma parte del nombre de una estación que, por cierto, florece, está llena de vida, de madreselvas. Me gustan esas pistas involuntarias que va dejando el azar. Los nombres dicen, las palabras dan forma, cristalizan.

Esa noche me vino de golpe a la cabeza un pensamiento, mirándola cantar y en mi propio trance de cumplir un año más: "¡Yo quiero envejecer como Vera, verdad de Dios! Y -quién lo hubiera dicho de mí- ya no quiero envejecer como Idea: eso me viene orquestado desde la mente, no necesariamente desde el alma". Porque parece que un destino oscuro, con autocondenas sin voz, decretos mentales sin letra y una necia voluntad de soledad me llevaran desde la juventud a recorrer el camino de Idea. Esa asociación con el fracaso de la vida, con el "no" por default, con las raíces subterráneas y podridas, con el apartarse por gusto de la savia para comprobar quién sabe qué cosas, ese empecinamiento en negarse al amor y a las alegrías simples, eso siempre estuvo en mí. Desde que tengo memoria. Gracias a Dios, hubo treguas, y esas treguas me trajeron a Astor. Y ahí Idea Vilariño sencillamente no puede sostener su discurso: la vegetación la cubre y queda oculta como una pirámide devorada por la selva.

Idea no tuvo ningún Astor. A Idea se la llevó la muerte una vez que se le terminó la juventud. No ha sido mi caso. Todo lo contrario.
 

Cuando yo tenía veinte o veintiún años, averigüé que ella estaba dando clases de literatura uruguaya en mi facultad y le pedí permiso para asistir de oyente, simplemente porque quería estar en su cercanía, en su influjo energético. La admiraba muchísimo, había tenido que ver enormemente con mis incursiones en la poesía y era un placer leerla, saberme comprendida, gozar del vértigo doloroso. Pero me pareció una mujer tristísima, una mujer sin vida, nada que ver con la pasión y la intensidad que trasmitía en sus poemas. Recuerdo que sentí cierta desilusión, que conocerla me quebró alguna fantasía respecto a las profundidades oscuras: igual una podía convertirse en una mujercita normal, incluso cachetona, sin gracia, sin sangre bombeando, no importa cuánto mundo interno pujara por debajo. Esa soledad se la fue comiendo cuanto más vieja se puso; en aquellas clases que asistí, Idea Vilariño tendría más o menos la misma edad que Vera Sienra tiene ahora, y -no me importa cuántos amores pasionales haya vivido Idea en su juventud, con Onetti, Claps y toda la lista- en aquel momento era una mujer sin sazón, que no hubiera podido enamorar a más nadie sin recurrir a los interminables trucos de la memoria. Pero Vera no: Vera seguramente todavía fascina a más de uno.  Ella sabrá. Y si no es así, es como si lo fuera. Canta y se siente su idoneidad para la vida. Para disfrutar todo mientras dure, para no dejarse morir en un vano intento de mantener el control, de domar el misterio, de decir "yo elijo". Porque eso era lo que hacía Idea, lo que hacíamos: decir no para no correr los riesgos de decir sí.

Ahora creo que a cualquier mujer en sus cabales, si pudiera elegir, le gustaría más estar en los zapatos de Vera que en los de Idea. Quizás al final la historia no sea tan grandiosa, trágica, original, pero hay ciertos lugares comunes que, por el bien propio y ajeno, convendría aprender a aceptar con gusto, como una medicina salvadora. Por ejemplo, la vida, el amor, la pareja, la familia, la alegría simple.


si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó

  

No, no quiero que la mente me siga repitiendo año tras año que mi destino es ser Idea, caer oscuramente, ya sin temblor ni luz. Seguramente existan otras posibilidades más saludables que tampoco violenten a la que soy adentro. El asunto es desarmar esos malditos decretos silenciosos que lo manejan a uno desde las zonas fantasmas de su inconsciente. Porque en el fondo no quiero que los astros solo sean barro que brilla, no quiero que el mar no sea más que un pozo de agua amarga. ¿Servirá, acaso, el paraguas anticipado del ya no será para cubrirse de las inevitables lluvias, valdrán la pena todas las renuncias solo por un pero yo vivo sola como medalla de guerra?


y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Debe ser más feliz poder decir sí, sin ambigüedades, porque la vida igual se encargará de que nos sobrevengan -cuando ella así decida- las separaciones, los aislamientos, los finales, los no. Y ahí aprovecharemos sus dolorosas bendiciones. Optar por dejar pasar las alegrías en defensa de la propia soledad es tan soberbio como pensar que dicha soledad no llegará solita, tarde o temprano, aunque ciertamente lo hará fuera de nuestro control y de nuestra voluntad. Vendrá, sí, porque existen las muertes, los  abandonos, los ciclos que se terminan. No vale la pena aliarse con el enemigo, como hizo Idea. Balances de cumpleaños del retorcido signo de Escorpio.

Por cierto, leyendo en el Big Brother de Internet, no me sorprendió demasiado descubrir que Vera comparta conmigo el tan dual signo astrológico; de hecho, cumplirá 63 en unos pocos días más, en la misma fecha que Sor Juana Inés de la Cruz solía cumplir años cuando estaba en esta tierra. Escorpio suele estar en los ojos, en la mirada intensa de la gente de octubre y de noviembre, porque es la muerte subterránea que hace raíz en lo oscuro y (en el mejor de los casos) logra salir a la superficie como flor, como planta. Ellas dos, sin ir más lejos (Vera y mi alter ego cibernético Sor Juana) logran reivindicar para sí el misterio y la luminosidad que, en principio, nos tiene concedidos el complicado alacrán. Pero no per se: hay que ganárselo.

Porque sabemos que el signo también reserva otras facetas bastante menos atractivas, qué se va a hacer. Pero contra la naturaleza no se puede hacer mucho, más que seguir trabajando con paciencia en la alquimia de uno mismo. En tanto se intenta madurar con cierta gracia, claro. Y, si fuera necesario, con bastante menos leyenda.

1.11.10

El especial del Juez

Vengo cruzada con el mundo. Anteanoche organicé otro temporal sobre mi claraboya y casi no pude dormir, esperando escuchar de un momento a otro el nefasto sonido de los vidrios rotos una vez más, materializando mis propias fragilidades y recurrentes ataques en contra. Por suerte no fue así, no sucedió; sin embargo, el avisito interno fue eficaz y hace un rato me bajé en la oficina de Bomberos para retirar aquel  famoso informe que me debían, de modo de poder iniciar los  trámites legales y morales contra el edificio vecino y sus derrumbes. Realmente lo que menos quisiera volver a sufrir son ataques aéreos de corte misílico sobre mi techo: mi propia locura a lo Carrie no es controlable, lamentablemente, pero sí lo son los posibles desprendimientos de los muros linderos. O por lo menos  sancionables, luego de pagar un dineral y hacer frente a una burocracia pasmosa. Me incliné por lo práctico; lo otro requiere un exorcista.


Como ya dije, estoy cruzada con el mundo, así que todo me parecía mal: el bombero ardiente que atiende el escritorio tenía un visible anillo de matrimonio en el dedo (sospecho que se lo puso luego de leer mi tetralogía involuntaria en este blog, asustado por todas las mujeres que fueron a requerir sus servicios profesionales de apaga fuegos); me hizo firmar y poner mi cédula en tres oportunidades (con amabilidad, no puedo quejarme, pero no deja de ser una pesadilla toda esa dinámica de papelitos y requetepapelitos corroboradores del primer papelito); tampoco pude enojarme porque el contenido del documento era realmente lo que esperaba: se destacaba el peligro de desprendimientos desde el  edificio vecino sobre mi claraboya, fijaba las precauciones a seguir y recomendaba que colocaran una malla sombra para contener los cascotes en tanto se reparaban los sectores peligrosos. Nada. Ninguna cruzada que librar. Y alguien cruzado sin cruzada es un peligro.


Subo al ómnibus rumbo al café Tribunales, libre al fin. La tarjeta magnética me dice: "Viaje no válido", con una difamante cruz electrónica para que no quedara duda. Me desconcierto un poco; hubiera jurado que estaba dentro del plazo para viajar, pero acepto pagar (todo lo que me diga que estoy en falta provoca en mí esa automática reacción de querer reparar la ilegalidad e incluso disculparme). Aparece el letrerito de "1 hora" y paso la tarjeta, pero algo sale mal, no marca; el guarda se molesta, me recrimina haberme apurado. Yo le digo que no, que el letrero ya había aparecido, y que si quiere le pago en efectivo el viaje común. "No, no... "dice, malhumorado. No es para tanto, che. Al final, se concreta el cargo del boleto y me voy a sentar atrás. Pero mis afanes controladores no descansan jamás, y hete aquí que busco el boleto anterior y lo reviso. ¡Já! Lo que sospechaba: efectivamente, mi viaje estaba dentro del plazo. El  boleto viejo decía: "12.45" y el nuevo 13.20"; me sobraba montones, además de que (por más extraño que parezca) en Montevideo los boletos de una hora duran 80  minutos.

Vuelvo para atrás y se lo digo al guarda, pero de buen modo, tipo "¿Qué habrá sucedido?". Pero él, lejos de tomar una actitud comprensiva y darme una palmadita en la espalda -no le estaba pidiendo que me devolviera el importe ni nada así-, comenzó a culpabilizarme. Que si yo creía que estaba dentro del plazo, por qué entonces había pagado ("El tiempo es muy relativo... ", le dije, pero enseguida me callé pues el tipo nunca entendería cómo alguien puede vivir tan en las nubes como para no tener demasiado claro si pasaron treinta minutos o tres horas). Que las tarjetas se descomponen ("¿Y su máquina no puede estar mal?", discutí yo). Que yo me había apurado en pasar la tarjeta. En fin: causa perdida. Le dije que solo quería reportárselo por si le sucedía a algún otro pasajero y me senté en silencio en el asiento de adelante, pronta para bajar en breve. De lo poco que he aprendido en cuanto a ese afán que tengo de señalar la imperfección del mundo con el dedo es que en ciertos casos conviene claudicar y renunciar a tener razón: el tipo se iba a seguir defendiendo, sin ver que lo único que yo quería era que me dijera: "¡Pero qué barbaridad! ¿Qué habrá pasado?". 

Ahora, en cuanto a esa neurótica e incontrolable molestia que me produce tener que renunciar a gozar de un mundo perfecto, hay un caso claro en que la sabiduría todavía no me alcanza para tanto: cuando se meten con terceros, y con terceros que yo considero más débiles o vulnerables. El ómnibus paró, y un adolescente bastante tímido le dijo al chofer que se quería bajar. Fue suficiente para que el hombre le diera un sermón: que esa no era la parada de aquella línea sino de otras, que la parada estaba un par de cuadras después, que no se iba a morir por caminar un poco, etc. Yo subí las cejas, incrédula. Pero cuando la lengua se me disparó sin filtro alguno fue al escuchar: "¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?"

Ni el muchacho ni yo ni nadie tiene por qué conocer los pormenores, sutilezas, reglas y dificultades inherentes al oficio de la apasionante vida de los guardas y choferes de Cutcsa. Simplemente tomamos los ómnibus para desplazarnos, tratamos de pagar el boleto de formas razonables y de bajarnos en las paradas más cercanas a nuestro destino, no importa dónde queden ni cuáles sean estas oficialmente en cada caso. Todo eso es problema de ellos, gajes del oficio, instancias que se nos deben informar amablemente. Nosotros vamos por el mundo pensando en otras cosas. Los que por definición deben convivir con ese bodrio cada día son los trabajadores de las empresas de transporte, así como los burócratas que creen que sus reglas arbitrarias y ridículas están escritas en la bóveda celeste y uno, por desidia, no las consultó antes de aproximarse a solicitar un servicio. Pero para eso les pagan; nosotros, en cambio, pagamos por el servicio. Ahí fue cuando, ante el silencio del muchachito que no se defendió, me escuché decirle al chofer:


-¡Che, pero para tomar este ómnibus hay que leer primero un manual! Si el pasajero no sabe dónde es la parada, no sabe: chau. Es asunto suyo explicárselo, no de él conocerlo.


El tipo me miró, azorado, por el espejo. Me quiso explicar algo, no sin antes dejar claro que yo me había metido en su conversación -que libraba a voz en cuello- con el adolescente. Yo le dije que no podía ser que tanto guarda como chofer se pasaran rezongando a los pasajeros; el guarda también me miraba con los ojos grandes, pero no dijo nada. El cacareo siguió unos segundos más y el muchacho se bajó, seguramente confundido pero en el fondo sonriendo por la inesperada aparición de Super Ratón. El resto de los pasajeros, como siempre en Uruguay, miraba.


Yo sabía que no sacaría nada con mi comentario, pero me pareció excesivo tener un par de "educadores" en el mismo ómnibus. Que le dijera que no era la parada estaba bien, pero lo del taxi era totalmente gratuito. Y acá todo el mundo se banca esas cosas: la dictadura del subalterno. ¿Quién se cree esta gente  para darnos cátedra de su pobre, minúsculo mundito de tantas, tantas horas por día, en las que básicamente se pasan charlando entre ellos como si estuvieran en el liceo todavía, haciéndose la rabona? Y cuando un pasajero molesta con esos asuntitos funcionales que no están escritos en el cielo, todavía lo sermonean. Lo cierto es que durante el resto del trayecto tanto el guarda como el chofer se quedaron calladitos. Yo también, y con visible cara de pocos amigos reflejada en el espejo.


¡Ah, qué fantástico resulta a veces permitirse ser una amargada de mediana edad que va por el mundo diciendo lo que se le pega la gana! Claro que no es muy buen pronóstico para la vejez, en que seguramente me pondré más irritable y obtusa. Pero lo importante es no consumirse en el caldo de la queja rumiante, como hace casi todo el mundo en este país. No: largar para afuera. La próxima vez dudo que (apostando que el pobre no se atreverá a contestarle) el chofer se abuse de un chiquilín con comentarios como: "¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?" solo porque no supo dónde quedaba exactamente su estúpida parada. Pues podría estar, escondida entre el pasaje, una justiciera de mediana edad con disturbios hormonales propios del inminente climaterio (digo yo) dispuesta a pararle el carro.


Ni "mú" me dijeron cuando me bajé del ómnibus. Me vine al Tribunales y me pedí una copa de vino blanco y un especial del Juez. Creo que, tratándose de mí, ese siempre será el sándwich que mejor sabor me deja en la boca. Life rules.