27.4.10

Problemas de los anillos

Estoy haciendo hamburguesas, y mis manos tienen pegotes de los restos de carne picada. Zonas rojas, trozos sanguinolientos que se me escurren hasta alojarse entre los dos anillos que llevo ahora en el dedo anular. Una carnicería. Dos, más bien: primero fue la que me tocó a mí. Pero la del hacha y el cuchillo y la picadora, la de la misteriosa sierrita con chillido agudo de aquellas carnicerías de mi infancia, con coloridas tiritas de plástico a la entrada, esa tuve que ser yo.

En las cirugías también se corta, sale sangre, duele, se sufre. Pero, por lo general, después de un tiempo los órganos suelen funcionar mejor, o los peligrosos tumores dejan de ser una amenaza. Claro que también hay pacientes que se mueren.

Lástima que no haya laparoscopía para ciertos procesos. No: nos mandan al cirujano clásico nomás, carnicero como todos ellos (tengo buenas razones para creer que esto no es obra de un simple carnicero, de esos con delantal blanco y manos grandes). El único consuelo es que, de no intervenir, el paciente igual hubiera muerto poco a poco. Ahora existe el riesgo del paro cardíaco, la infección, la amputación, la septicemia, pero también se puede tener esperanzas de recuperación. La vida vale la pena cuando realmente se vive. No hay que esperar un diagnóstico mortal o el fallecimiento de un amigo cercano para uno plantearse empezar a vivir como se debe, a ser ese quien en verdad se es. 

A lo mejor el paciente se salva y el final es feliz. Pero, igualmente, cómo duelen las heridas. Las mías, las ajenas. Y -continuando con la larga lista de lugares comunes en la que vengo cayendo, como cada vez que uno intenta adentrarse en lo importante- hay que tener en cuenta, además, aquel supuesto refrán chino; ese de crisis es igual a peligro más oportunidad (los habituales signos de "=" y "+" con lo que se suele presentar esta frase me parecen absurdos, como si fuera una fórmula de álgebra o de física).

Dicen que los dos anillos juntos se usan cuando uno se queda viudo. No es el caso, salvo que yo haya matado a alguien.

Para mí, más bien es un recordatorio. Falta mucho para que decida sacármelos.

Tiene la contra de que la carne picada de las hamburguesas se cuela entre ellos, se les pega, y eso me hace sufrir.



Callejón del Beso, Guanajuato (México). 
Dice la leyenda que quienes se den un beso en el tercer escalón, se amarán por siempre.


21.4.10

Culpa

De Muertes que me dejan atrás
Libro de hace como diez años que, si es por mí, quedará virginalmente inédito, a pesar de algunos poemas premiados, etc.
Publico esto ahora porque viene al caso. Y qué mejor que no tener que pedirle permiso al autor. 


Culpa

nada me ha bastado
todavía tengo hambre de desgracias
de mundos extintos sin papiros


aún hoy me avergüenza sospechar
que yo deseaba el mal
que yo quería romper los vidrios de mis propios ventanales
y ver morir las estrellas de una vez


por eso me cuartearon contra el panal de abejas


a causa mía los angelitos zumban y zumban
protestan como mujeres encerradas 
mujeres posibles dentro de las pupilas de las niñas
mujeres enroscadas en el sedoso vientre de los cielos


caderas paralizadas por mi culpa se derriten
mi culpa
sal de caracoles ajetreados


dicen que enterrarán a mi padre
el cortejo negro lo envolverá con gladiolos
y el aire del mar le silbará una última plegaria
que sólo yo denunciaré como burlona


nada me ha bastado
tal es mi hambre de desgracias
en la esquina se confabularán contra mí las estrellas
se juntarán marchitas en un ramo
y harán languidecer al universo por mi culpa.


Dios los cría y Levrero los junta

El otro día, encontré unas hojas impresas con la inconfundible letra de los archivos de Word de Levrero. Vaya uno a saber cuál es la dichosa tipografía -he probado hasta el cansancio, pero no soy una persona muy gráfica que digamos: ¿Lucida Bright, quizás?-; lo cierto es que, cuando encuentro esa font en un texto cualquiera, tengo la trasnochada esperanza de que el contenido de lo escrito provenga, en realidad, de su puño y letra, de su voz. Por supuesto, eso no ocurre, no es más que una de mis ilusiones negadoras. Pero, de cuando en cuando, sí: a veces son comunicaciones nuestras que quién sabe por qué motivo imprimí alguna vez (posiblemente porque quería leerlas varias veces y en cualquier lugar, no necesariamente frente a una computadora, o habré tratado de salvarlas de la dimensión desconocida de mi disco duro, de ese agujero negro, del laberinto donde tiempo después ya no hay hilo de Ariadna que valga). Y a veces, y no es excluyente, también son comunicaciones retroactivas.

Esto que me encontré ahora es la prolija selección de todos y cada uno de los fragmentos de La novela luminosa en los que interviene Ginebra. Levrero, con su acostumbrado respeto, caballerosidad y fair play con el resto del mundo (de sus manías y aspectos al borde de lo insoportable hablamos otro día), pidió puntillosa autorización a todos y cada uno de los "personajes" que intervienen en esta, su novela póstuma. Parece que todas las mujeres lo aceptamos tal cual, sin cambiar una coma, más allá de la exposición que podía significar actuar de contraparte, en un sentido u otro, de una mente fenomenal y profundísima como la de este individuo. Sé que algún hombre le cuestionó ciertas cosas, cuándo no. Pero las mujeres fuimos incondicionales, pese a que sería muy fácil para un gran círculo de gente -lo que en Montevideo equivale a decir, a la larga, "para todo el mundo"- identificar a cada uno de los mencionados. Empero, Levrero recurre a un truco interesante, que es -en algunos casos solamente- hacer figurar al mismo personaje de su diario bajo dos identidades distintas, quizás para despistar. Supongo que eso se corresponde perfectamente con su estrategia existencial de dividirse en un "Jorge" -el de la cédula, el civil, el de la familia y amigos- y un "Mario" -el escritor, el maestro, el alma-. Yo siempre traté con Mario, pese a que -ahora me doy cuenta cuánto- Jorge era imprescindible para que Mario siguiera con nosotros. El corazón bombeando, el cuerpo viable, todo eso estaba en la maquinaria de Jorge, estuche de Mario. Y bueno.

Me puse a leer los fragmentos de Ginebra, y eso me llevó a retomar partes salteadas de la propia novela luminosa. La leí cuando se publicó, en el 2005, y debo decir que me llevó muchos, muchos días animarme a empezarla. Luego me di cuenta de que era un regalo, un reality show de Levrero a lo largo de un año (un año en el que no estuve viviendo en Uruguay: apenas rocé su calendario con una visita al país en vacaciones), la oportunidad de estar un rato más con él. Me ha costado mucho dejarlo hablar desde que murió: cuando Chl me preguntó qué quería que me mandaran a México de su casa, yo ni dudé. "Una tacita de café y su voz grabada". Necesitaba saber que no perdería la posibilidad de ese contacto, el vínculo con la hipnótica voz masculina que habla con esas verdades que, muy en el fondo, uno ya conoce y teme. Pero, a estas alturas, casi seis años después, aún no me he atrevido a escuchar dicha grabación. También compré Todo el tiempo cuando salió publicado, y ahí sigue, esperando, como si me resultara lacerante volver a oírlo, así sea en la silenciosa lectura de mi mente. El amor duele.

Y bueno.



Me impresionó cómo define Levrero a Ginebra. Ya lo había leído, varias veces: tanto en la famosa autorización como en la novela publicada, y él mismo me lo dijo montones de veces. Pero viéndolo así, ahora, en letra de molde y con tanto tiempo transcurrido en el medio, me pareció de una contundencia extrema:

"...considero que es la representación más perfecta del Ánima junguiana 
que mi inconsciente pudo encontrar".

Cualquiera pensaría que puede haber sido una carga ese ser "la representación del Ánima" de semejante genio, pero no: era una tarea grácil, apasionante y llena de vida. Por el permanente diálogo, por esa búsqueda incesante -individual y conjunta- de claves en la maravillosa complejidad del universo, como bien decía él. Por supuesto, la proyección era de ida y vuelta: Mario sostenía gran parte de los andamios de mi alma. Él también llevaba en sí -en todo eso que lograba percibir del mundo, en la envolvente voz con la que hablaba, en lo que era, finalmente- muchos islotes del archipiélago de mi Ánimus.

Sí, me impresionó cómo lo expresa allí. Y luego me reí bastante con la críptica y abochornada secuencia de sus correos sobre aquel sueño clave con Ginebra (que con la verdadera Ginebra nada tenía que ver: queda claro que anticipa, por muy pocos días incluso, la fulminante aparición de Chl en su vida). Leído a la distancia de doce años, me hizo reir, realmente, porque en todas esas sostenidas obsesiones, la maravilla frente a las casualidades y sincronismos,la fascinación ante enigmas que jamás habrán de resolverse, y esa disposición a leer las señales de una especie de libro invisible que es uno mismo, se pinta a Levrero de cuerpo entero. Y poder charlar cara a cara sobre sus sueños eróticos o mis afanes de muerte -café mediante en su cocina y con la plena, absoluta convicción de que éramos realmente hermanos (de otra clase de familias, pero siempre hermanos, hermanitos)-, concentrados en una investigación de algo que no tendría, supuestamente, sentido para nadie más que nosotros, es una experiencia que le queda muy grande a las palabras.

Pero no fueron mis involuntarias y comprometedoras actuaciones en el cine porno de lo simbólico ajeno lo que me horrorizó de esta lectura, sino que más adelante me describiera como "una mujer muy dada a las brujerías y a las percepciones místicas". ¡Esto sí que no lo recordaba! Enseguida me vino a la cabeza -como esos padres que, sonrojados, son atrapados in fraganti por sus hijos en situaciones a primera vista contrarias a su condición de tales (léase "borrachos", "desnudos", etc)- qué pensarían mis alumnos ante semejante definición de su guía y coordinadora. ¿Habrá quienes se hayan sentido, entonces, más seguros frente a mis extravagantes propuestas de motivación literaria, como los argonautas apoyados por los trucos de Medea? ¿O quizás habrá quienes saldrán corriendo en cuanto tal definición llegue a su conciencia? ¡Esto sí que hizo que se me pusieran los cachetes de todos colores! La desnudez y "actitud proactiva" de Ginebra en el famoso sueño no es nada comparada con esta espeluznante exposición a partir de la cual el mundo sabe ahora de mis brujerías y percepciones místicas. No entiendo cómo fue que autoricé este pasaje.

Y bueno. Lo escrito, escrito está, así que prefiero hacerle frente y divulgarlo. Ahora, en mi inmadura madurez, pienso que ser transparente es la mejor estrategia para no ser descubierto cuando se juega a las escondidas. Ganar de mano es importante. Aunque la mía sea siempre una transparencia que lleva hacia pistas y rastros: rara vez frontal, aunque parezca.

No hay duda de que lo extraño. Más aún, en los momentos en que me siento perdida. Y me da rabia que no se me aparezca como un fantasma, que no haga sonar la campana de noche, que no participe más en mis sueños, que no detenga los relojes inexplicablemente. Me da rabia que nos haya abandonado, egoísta, embelesado como estará ahora con la bienaventuranza eterna. Y que, por piedad de mí, no se haya convertido en un espíritu chocarrero.

No lo puedo creer: estoy escribiendo esto en el café de una librería, y cuando levanto la vista, frente a mí, a unos tres metros, veo un enorme cartón impreso. Sólo dice: "Miguel Ángel: obra completa". Y está ilustrado con una enorme mano. La mano que toca el dedo de Dios, como -salvando las distancias- en el sueño de Ginebra.




(Foto de la paloma: Mario Levrero)

 

17.4.10

17 de abril reloaded

Hoy es el día aciago en mi calendario. No necesariamente de mala suerte: además de los irreparables sucesos fatales a los que ha venido ligado desde hace quince años, hubo otros episodios que en realidad llevaron a estadios mejores, más plenos, y sin embargo no dejaron por eso de ser duros, muy difíciles de atravesar. Por ejemplo, la operación de G. en 1997 o la despedida rumbo a México en 1999. Toda transformación cuesta, cuesta mucho, al menos para los hijos de Saturno, siempre lentos y conservadores en sus procesos (...hasta que un buen día Plutón tira, ofuscado, el tablero: hasta hace poco, no había reparado en que no hay una regla escrita para eso, cuando de juegos se trata. Debería haberla, o quizás esté escrita y simplemente no sabemos dónde quedó el texto. ¿Quién podría, si no, proteger al caballero de El séptimo sello de un ultimatum desleal de la muerte?).

Claro, los peores tributos de este día son mi tío Pocho, cómplice herido por el mismo rayo que yo, Ana, José Manuel. La propia Sor Juana Inés de la Cruz, la auténtica, murió un 17 de abril de 1695. O sea que mi relación con esta fecha viene de larga data ya.

Sí, es un día que siempre me trae muertes consigo. Si se trata de que un aspecto o territorio conocido tiene que morir para dar paso a algo mejor o más auténtico, entonces la muerte no habrá sido en vano. Con todo su dolor, con todo el miedo que nos causa (de eso no se salva nadie), pero sería una elección, una decisión responsable. Porque también se podría morir cuando no hay otra alternativa, pero entonces el viaje se frenaría allí mismo, en ese instante: el auto se estrella y huele a alcohol, el metro pasa con su rugido horroroso, el corazón se detiene sin avisos ni adios alguno. No hay tierra prometida, en esos casos; no se trata de un riesgo. Es simplemente la muerte mala, no la bendita muerte.

Veremos mañana -lo por venir- con qué clase de resacas y cardúmenes de este 17 de abril nos encontramos.

Dice en este mismo blog, dos años atrás (y nótese la alusión a los terremotos, hoy tan preocupantemente en boga):

"El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi "día nefasto", ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica."

Estoy empezando a pensar que todo el mundo debe tener, seguramente, su propio nemontemi, su día aciago en el calendario. Sólo que yo soy, quizás, más observadora, archivista obsesiva, y para colmo creo en las señales, en el diálogo silencioso con el universo, en el dibujo que forma el tapiz visto desde arriba. Por eso repito y adapto, pero nada cambio de lo de hace dos años, el final de lo escrito entonces:

Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, domingo 18, ""un nuevo comienzo". Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito. 


Leer más de esta aciaga historia en:
http://adioslevrero.blogspot.com/2008/04/el-da-aciago-de-mi-calendario.html


 

15.4.10

A hard rain´s a-gonna fall

Hace días que llueve en Montevideo. No todo el tiempo, claro, pero cuando lo hace es con esa forma de llover que tiene Montevideo, como si hubiera llovido desde aquel Verbo del principio y como si fuera a seguir lloviendo hasta el capítulo final. Una forma gris de llover, que repiquetea pertinaz contra las claraboyas, que llega hasta a rasgar los pavimentos con su acción pequeñita, constante, incisiva -la forma de actuar que suele tener el agua, por otra parte, salvo cuando se sale de su cauce, furiosa, y termina desbordándose, o cuando se alza, impotente e imponente, clamando por respeto, trepada a un maremoto devastador-.Sí, es un paisaje melancólico el que me ofrece la ventana del bar esta mañana de pies fríos, de gente callada.

Pero curiosamente en estos días no he sucumbido al embrujo triste de la lluvia montevideana. La encuentro hermosa, una oportunidad, un cielo de paraguas dados vuelta.

Está brumoso en estos días. No son las brumas de Merlín, pero igual me las recuerdan.


12.4.10

Un mundo sin hombres

Las torturas internas a las que someto a mis pobres alumnos del taller virtual son inenarrables (¡y todavía les falta un mes, quizás el peor de ellos!). Pero, por aquello de la ley del karma, todos los ensalmos que lanzo sobre quienes me siguen en este misterioso asunto del hilo de Ariadna se me devuelven multiplicados, y cuando quiero acordar yo misma estoy envuelta en los mismos procesos que ellos. Si pergeño un inspirado speech sobre la sincronicidad, los encuentros mágicos, las señales del mundo a las que uno se cierra, me creo muy lista por haberlos dejado sintonizados en el canal de la vida y sus sentidos, prestos a caer por cualquier agujero de conejos de Alicia, cuando ¡zas! al otro día a mí me ocurre un episodio sísmico inesperado, o termino embarcada en una vuelta interna a Ítaca, una de esas cruzadas rebosantes de mapas, brújulas, faros, monstruos marinos, dioses aliados y bardos capaces de embelesar aun más que el peligroso canto de las sirenas. Si les mando una consigna sobre padres e hijos, me veo inmersa en mis propias revisiones hacia ambos lados del camino; si el taller es sobre historia personal, al poco me veo desempolvando mis propios diarios; si el trabajo literario es a partir de los sueños, rebrotan las imágenes más vívidas y mis cosechas de cuatro, cinco, hasta seis sueños por noche (movimiento incontrolable que se aplaca, cual volcán dormido, una vez que dicho trabajo ha terminado). Así, soy madre contenedora, padre estricto, guía sabia, compañera maravillada y víctima sacrificial de mis propios alumnos. Para hacerlos a la mar a ellos, me tengo que exponer a los tiburones; para lograr que muestren -y se muestren- sus complejidades, riquezas y particularidades internas, mi alma tiene que hacer primero el striptease de rigor. Así funciona: como en casi todo lo importante, hay que poner el cuello. Y rezar, por las dudas.

Esta semana he estado evaluando los ejercicios literarios producto del tema La amenaza femenina: ecos del matriarcado. Básicamente, con una excusa trivial como un café al paso, esta consigna de ficción obliga a imaginar un mundo en el que gradualmente el narrador (o narradora, según el sexo del autor mismo) descubre que todas las personas a su alrededor son mujeres, como si los hombres hubieran sido borrados del mapa por algún motivo. La diversidad de miradas derivadas que provoca el disparador se vuelve interesantísima: tanto escenarios contundentes como cárceles, manicomios, dictaduras, experimentos científicos, como delicados y sutiles sentimientos frente a la pérdida del otro sexo, a su nostalgia. A veces, liberación: es cierto que las mujeres no somos el default de la especie. Pero lo que queda claro es que el asunto tiene muchas puntas posibles.

Hoy estuve trabajando en los últimos textos: cuatro horas estupendas en un café, concentrada en la lectura. Claro, es un decir: mi estar concentrada abarca un montón de aspectos no demasiado ortodoxos, como apuntar cosas que se me ocurren en la libreta de turno, hojear el diario con la posibilidad de encontrar alguna noticia que me haga clavar la vista, escuchar alguna canción de la que tengo particular hambre, mirar por la ventana cómo pasa la gente, cómo van en sus propias cosas. Pero esas pausas son, digamos, la garantía que tengo para que el aparato intuitivo no se me sobrecargue y me cause un cortocircuito (hasta las pitonisas tienen que descansar, cuanti más las simples mortales). Me gustaron particularmente un par de momentos en los relatos que leí: en uno, la desaparición arbitraria de los hombres (a quienes un gobierno militar femenino expulsa y embarca por decreto fuera del país, impidiéndole a las mujeres seguirlos) provoca que la narradora no se encuentre finalmente con el amor de su vida, ese con el cual se había dejado de ver décadas atrás y que ese día la deja plantada involuntariamente. En el otro, la narradora -presa de un ataque de paranoia, durante el cual el "femenino oscuro" está desatado, acosándola multiplicado en infinidad de mujeres- tiene, durante su internación psiquiátrica, la visión cotidiana de un hombre, un señor que es su guardián y le acaricia la cabeza. Y gracias a ese contacto imaginario es capaz de sobrevivir.

Se trata, sin duda, del arquetipo del Ánimus. Así desaparecieran todos los hombres del planeta, la experiencia interna del hombre no desaparecería para las mujeres, como tampoco se esfumaría el Ánima para los hombres. Tan es así, que uno de los participantes del taller, varón, transgredió la consigna misma y terminó creando un mundo en el cual los hombres eran sometidos a un tratamiento químico para perder la memoria de la pasada existencia de las mujeres (eliminadas del tablero). Pero había un hombre, al que terminan encerrando por peligroso, que tarde o temprano recordaba a alguna. Es la misma necedad interna de la mujer del manicomio al aferrarse a su señor guardián. "¡Si el mundo sería tanto más fácil, si no tuviéramos que vivir en esta torre de Babel en la que estamos recluídos!", pienso. Y sin embargo, no.

Con todos aquellos gineceos insanos, matriarcados dictatoriales, aquelarres persecutorios, con todas esas fuerzas femeninas desbocadas cual alcohólico al volante, sin nada que las contenga y les ponga límites, y también con algún que otro Edén ilusorio, me subí al ómnibus de regreso a casa. Los audífonos apuntando hacia adentro, la mirada hacia afuera por la ventana, y ese hipotético mundo de mujeres me seguía dando vueltas en la cabeza. Pronto haremos otro retiro literario, de esos de "autogestión", en el que las nueve mujeres escribimos en silencio, cada una concentrada en lo suyo, todas diseminadas a lo largo y ancho de Solís. Confieso que la primera vez tenía mis serias dudas: temí que el asunto se volviera una reunión de amigas, todas parloteando sin pausa, riéndose y expandiéndose (debí poner "riéndonos" y "expandiéndonos", pero no estoy segura: suelo ser una botona para estas cosas, o directamente me voy a la otra punta a hacer lo mío, aunque no dejaría de perturbarme). Sin embargo, la experiencia fue maravillosa: funcionó impecablemente, sin ningún tipo de coordinación o liderazgo de nadie, armónico equipo de individuos acompañándose en una especie de comunión, la escritura en este caso. Después, sí: en las noches avivábamos el caldero, servíamos vino, poníamos música, nos reíamos y conversábamos hasta que el sueño fuera más importante que la amistad. Pero, a pesar del éxito, debo admitir que nueve mujeres en introversión conjunta es la excepción, no la regla. ¿Qué pasaría si el mundo no contara con la energía equilibrante de los hombres, el bunker ese que se cierra para procesar en calma internamente, la mesurada cautela, la escéptica racionalidad, la voz grave, o lo que diablos sea que caracteriza a lo masculino? Todo sería un hervidero, un sonido sin fin, una danza loca de ménades y bacantes.

A mi lado se sentó un hombre más o menos joven, de treinta y pico, digamos. Su brazo se apoyó contra el mío de un modo algo invasivo; hasta intencional, me hubiera parecido en otro momento. Pero con mis inquietantes pensamientos sobre la amenaza femenina -como hemos visto, si la cosa se sale de sus cauces la amenaza no es, al final, sólo para los hombres-, el roce me pareció de una extraña calidez protectora. Como si ese mínimo punto de contacto con el brazo de ese hombre me asegurara la continuidad, la supervivencia de la energía masculina entera.

Los hombres brillantes, además, son mucho más brillantes que las mujeres brillantes. Porque son hombres. Para mí, que soy mujer. El error está en la incapacidad de invertir la ecuación.

No, definitivamente no quiero un mundo sin hombres.

Voy a tener que cambiar esa consigna. Le produce demasiados movimientos internos a los pobres alumnos...


9.4.10

Amores de café

El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.


Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

Así que pido otro café.



El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

6.4.10

Astor hace cuentos

En aquella tele diminuta, blanco y negro (como todas las de la época), veía cada tarde al Lagarto Juancho cuando volvía del Jardín de Infantes y me tomaba una enorme mamadera de café con leche, culpable cual alcohólico recaído. También a Leoncio el León y Tristón. Pero además me colaba, cuando podía, a mirar películas de grandes, de esas que uno no entiende del todo cuando es niño, pero cuyas imágenes pueden ser tan fuertes como para que las recordemos con nitidez varias décadas más tarde. Por ejemplo, aquella mujer que era torturada en el potro del tormento medieval, sus axilas tensas; durante mucho tiempo, cavilé acerca del significado de algo tan horrendo e incomprensible como la tortura. Era un pensamiento que me daba miedo por sí mismo, como si fuera capaz de invocar oscuras desgracias (desgracias como la Dictadura, quizás). En otra de mis furtivas películas, El circo de los horrores, una mujer bastante bonita se empecinaba en hacerse una cirugía estética para quedar aún más bella, y cuando al fin le quitaban las vendas resultaba que algo había salido mal: se había convertido en un verdadero monstruo. Creo que esa película no la pasaron en la farándula argentina; si no, uno no se explica.

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de estas películas robadas al mundo adulto es Ana de los milagros, la historia de Helen Keller. A los seis o siete años, concebir siquiera que alguien pudiera ser sordo y ciego a la vez me costó horrores: para probar, entraba a esa silenciosa oscuridad interna y no encontraba nada, o me encontraba a mí solamente, la soledad más honda. Y que se tratara de una niña me impresionaba más todavía, por más que fuera una historia de superación de las adversidades y la discapacidad, en cierto modo. Puras pamplinas. La niña estaba ciega y sorda: era imposible que algo o alguien la sacara de allí.

Por eso aún tengo grabada en la memoria la imagen del momento en que, al mojarse las manos, Helen Keller empieza a hablar, a tocar y a reconocer cada cosa: "Agua...", dice, con la mirada perdida. Ana, la institutriz, salta de felicidad frente a su antes poco probable milagro. Estoy segura de que entendí algo mal: el asunto es imposible. Como sea, siempre me quedó grabada esa imagen súbita de reconocimiento de algo que antes era inaccesible, de cabos que se atan, de gigantescos pasos que se dan. Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando este enero pasado, inesperadamente, Astor empezó a escribir. No entiendo cómo lo hizo, ya que nadie le enseñó; las letras aprendidas, su observación, vaya uno a saber qué pasó, pero se lanzó a leer y a escribir (es un decir) de un saque, en plenas vacaciones. Siempre me creí muy precoz porque leía a los tres y escribía a los cuatro; la diferencia es que yo pedí que me enseñaran. La escritura era, para mí, un misterio que me atraía como un remolino, pero me parecía una injusticia que mis garabatos no fueran interpretados correctamente por los demás, cuando en realidad yo agarraba el lapiz y lo sacudía igualito que ellos. Por eso me embarqué en incorporar el código; mi madre tuvo paciencia. Y justamente, por ese debut temprano, me cuidé siempre de no presionar a Astor en lo más mínimo con el tema; yo le decía que había tiempo, que le iban a enseñar en Primaria. Él tomó sus propias determinaciones, evidentemente.

El asunto es que, no contento con la enorme producción de dibujos que tiene -es su forma de lidiar con el estrés-, ahora "hace cuentos", dice él. Ininteligibles. Y los vende; su primera aspiración fueron ocho dólares, pero el mercado le dejó claro que, por ahora, sus cuentos y dibujos valen cinco pesos. Me alegra que trate de lograr que lo remuneren por su creatividad: no está de más ponerle pies en la tierra a las voladuras, tomando en cuenta los antecedentes genéticos en la materia. Tardé como cuarenta años en animarme a hacer lo que él, tan fresco, pretende hacer ahora, a los cinco. Lo bueno es que también sigue regalando su arte.

Lo que más me maravilló del asunto es que -luego del segundo episodio Helen Keller, hace unos días, cuando empezó a crear sus "historias"- el tipo insistiera en que yo tenía que escribirle un cartel para que, a la mañana siguiente, él pudiera recordar que ahora hacía cuentos. "Escribí en un papel: Astor hace cuentos", me decía, preocupado. "Porque si no cuando me despierte ya no me voy a acordar de que los sé hacer...". "Pero... ¿cómo no te vas a acordar, Astor?". "No. Tengo que tener un cartelito pegado en mi puerta", dijo, muy seguro, y en vistas de mi poca receptividad a su problema, se sentó  y lo escribió él mismo. Fue a pegarlo, pero no quedó convencido.

"Mejor dos carteles", dijo. "Porque si se cae uno, está el otro para que igual no me olvide".

Estos niños, tan chiquitos, y ya tienen incorporado el concepto del back up, que con tantos sinsabores aprendemos los grandes...

Me dio mucha ternura ver los dos carteles de "Astor hace cuentos" en la puerta de su dormitorio. Y de repente pensé que, si simplemente cambiara el nombre de Astor por el mío propio, el asunto del recordatorio estaría más que justificado. Y me dieron ganas de hacer lo mismo, de ir por toda la casa pegando carteles para acordarme de mi escritura. Es, precisamente, como si cada mañana olvidara que hago cuentos y tuviera que empezar de nuevo a tocar las cosas, a reconocerlas: "Agua..."

Un hijo bien llevado, con atención, tomado en serio como depositario de otro tipo de sabiduría, sin duda puede ser un gran maestro.


3.4.10

Electrocardiograma del duelo (11)

Le comenté a mi amigo virtual Diego Rey (renombrado fan número uno del Darno, y que además tiene el amable buen gusto de mandarme postales y paquetes por correo tradicional) que el pasado 7 de marzo, en que se cumplían tres años de la muerte de Eduardo, estuve muy tranquila recordándolo, con el asunto ya plenamente aceptado. "Se ve que tres años es la fidelidad que uno le guarda a sus muertos queridos antes de resignarse a seguir sin ellos", escribí en el mail. Él nunca me contestó.

Y, sí: me di cuenta de que había llegado a otra meseta del proceso. Hasta pensé, con dolor, publicar este post número once sobre el tema únicamente con el temido "Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii" del electrocardiógrafo del duelo.

Pero no pudo ser. Se sigue aplazando, por fortuna.

En los últimos días, me he reencontrado con la música -las canciones, la poesía que se entrelaza con ellas, el misterio de la voz cantando- con tal virulencia que deseé volver a escuchar a Darnauchans. Hacía tiempo que no lo hacía, triste por la tristeza de no sentir más tristeza. Puse sus canciones. Entonces algo ocurrió.

Ni bien apareció la voz dentro de los laberintos de mi celular y sus audífonos, me sentí envuelta por una especie de sensación de hogar, de pertenencia a la humanidad y el tiempo, de ángel recobrado. Era como la voz de mi Ánimus positivo, ese hombre que no está del todo en ningún hombre y que me recuerda quién soy, me guía. Su música iba y venía de mis mundos, mis secretos, lo guardado bajo llave que me hace latir. Y, como antes, se me cayeron las lágrimas con "Sonatina", su despedida.

Gracias a Dios, el duelo -mucho más benévolo, dulce y compasivo- sigue titilando en mi alma. Y quiero una camiseta también.

Dicen que escapó este mozo
del sueño de los sin jeta.
Que a los poderosos reta
y ataca a los más villanos
sin más armas en la mano
que al Darno en la camiseta. 


("Sonatina" es del último disco de Darnauchans, El ángel azul: no se enoje la disquera por incluirla aquí, es a modo de homenaje sin fines de lucro. Y así me mandó Diego Rey este versito, supuestamente del rock argentino. Feliz cumpleaños). 


Sonatina by Eduardo Darnauchans
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10-13 Sonatina.mp3 (4581 KB)