30.3.10

Belleza propia y ajena

La otra noche soñé que despertaba en mi cuarto, con G. al lado, y en la puerta estaba muy instalada y sonriente una mujer joven. Se iba a quedar a vivir en casa -residía en el exterior; aparentemente había venido a hacer una investigación sobre vinos uruguayos- por tiempo indeterminado, y para cuando me desperté ya me habían quitado mi lámpara de noche, el reloj de la mesa de luz ¡y también mi laptop, todo para que ella los usara! Yo me fastidiaba muchísimo y los recuperaba, pero al intentar enchufar nuevamente dichos aparatos provocaba un incendio -recuerdo claramente cómo iba apareciendo el fuego, incontenible, cómo se iba diseminando por un tronco- que no sé si se lograba realmente sofocar después.

El asunto es que Lisa, esa inquietante joven -y descubro a mi consorte mirándola, embelesado, algo que me enoja pero no le reprocho, mientras él trata torpemente de explicarse-, va ganando más y más "terreno" en mi propia casa (que, a esas alturas, es enorme, con muchos cuartos y gente desconocida). Nadie me había preguntado si aceptaba recibirla y ahora no sabía cómo echarla. A medida que transcurre el sueño, se va volviendo despampanante, con un cabello hermoso y los labios pintados de rojo. Hablo del tema con un cuñado; le hago ver que hasta G. está fascinado con ella como mujer. Él se ríe y me dice: "Lo que pasa es que Lisa te hace bajar las defensas...". Entonces, mis cuñadas y otras mujeres presentes contestan al unísono: "¡Pues a nosotras nos hace subirlas!"

Al despertar (en esta realidad, digo), reconozco lo humorístico de mi inconsciente con ese desenlace, pero igual quedo descolocada y se lo cuento a G., quien debe ser el peor escucha de sueños que conozco. Creo que no se da mucha cuenta de la importancia del pedazo de alma que regala quien cuenta un sueño, lo que es una verdadera lástima porque tiene un don para dar con la tecla. Sólo me dijo, muy gestáltico él: "¿Y si esa Lisa fuera una parte de tí misma?"

Así que aquí estoy, averiguando.

Una vez, en mi deseado y temido pueblo de Tepoztlán, me encontraba sumergida en una charla de "cosas importantes" con mis amigas MT y MP. Estábamos a un paso de la treintena, por lo que los temas nos arrastraban a las profundidades de ciertas decisiones pesadas, de esas, quizás, para toda la vida: necesarias definiciones vocacionales, el discreto encanto de las potencialidades aún no plenamente realizadas, los Escila y Caribdis de formar pareja o tener hijos, los proyectos personales de vida más sus correspondientes sabotajes.

Y envejecer, por supuesto. Las tres habíamos sido, en la juventud, realmente llamativas, bellas, requeridas por el sexo opuesto (y a veces por el propio), y si bien a los 29 seguramente conservábamos algo -difuso, desdibujado, apenas una huella, pero algo al fin- de aquel primer resplandor, sin duda ya no era lo mismo que a los 18, a los 20. Así que por la mengua paulatina de nuestras acciones en el Wall Street de las ferohormonas, ya podíamos anticipar que la belleza física no sería una condición inherente a nuestras identidades como seres humanos. Era existencia, no esencia; era accidente, no sustancia.

-A nosotras nos quedarán unos diez años de estar guapas -dijo MT, o quizás MP. Lo pensé y estuve de acuerdo. De hecho, me resultó un buen negocio aceptarlo: en aquel entonces, de no haber tenido amores y pretendientes una década menores que yo, hubiera pensado que el martillo del remate ya había sido bajado. Pero no. Y diez años hacia el futuro era, todavía, un montón de tiempo.

Esta escena ocurrió hace mucho más de quince.

Siempre pensé que, justamente, por ese "poder" que me daba la belleza, ese llamar la atención sin tener que hacer nada, ese carácter amazónico y castigador con el que me permitía rechazar a los hombres sin la menor piedad (sobre todo a los que se sentían ganadores, galanes dueños del mundo y niños ricos acostumbrados al beneplácito ajeno), iba a sufrir como loca al envejecer, al pasar de la juventud a la edad madura. A medida que transcurrían los años, me obsesionaba saber cuál sería el momento exacto en que el Galleguito Camaño -mozo malhumorado, bruto y adorable del café- dejaría de decirme: "Joven....", como cada día que tomaba mi pedido desde los 20 años, para pasar a decirme: "Señora..." ¿Seguiría siendo "Joven..." a los cincuenta, sesenta, setenta, simplemente porque el Galleguito Camaño también habría envejecido, o terminaría un día con la farsa al mirarme a la cara con más atención? Lástima que el Sorocabana cerró allá por mis 35: nunca lo supe.

Contra todo pronóstico, envejecer me resultó una liberación, un alivio. Me permitió mostrarle al mundo sin miedo quién era yo en verdad; seducir a los demás (en otro sentido) desde la mirada existencial, no desde mis otrora bellos ojos. Ahora puedo mirar sin ser vista, como quizás hagan las almas desencarnadas después de la muerte: moverse por ese mismo universo en el que dejaron su cuerpo a la raudísima velocidad de la mente y las emociones; sin límites, sin impedimentos, con libertad absoluta. Dirigirme a un grupo de gente sin temor a la mirada de Medusa sobre mi cara y mi cuerpo; hasta me puedo dar el lujo de ser amable y simpática  con quienes se cruzan en mi camino, no arrogante como antes. Porque ningún hombre va a querer arrebatarme nada, porque ninguna mujer va a tener miedo de que le arrebate algo. Soy percibida y escuchada sin intereses ni prejuicios de nadie, y -lo mejor de todo- ya no tengo nada que demostrar. Poca gente imagina la carga que tienen sobre sí las mujeres atractivas y, además, inteligentes: se pasan la vida aliándose con el Padre; rechazando sus aspectos femeninos, como Atalanta, o descollando por su agudeza intelectual y brillantez casi agresiva, como una Atenea que jamás suelta ni espada ni yelmo. Tienen terror de que los otros nada más vean que son lindas, no que piensan.

O quizás esas hayan sido mis cargas personales; quizás otras mujeres hermosas e inteligentes logren, además, asociarse de corazón con Afrodita y sus promesas. Yo no: yo era como una sirena que embrujaba a los hombres con su canto para hacerlos naufragar, y cuando alguno me importaba mi Artemisa se encargaba de amenazarlo con arco y flecha. O simplemente ponía los pies en polvorosa, aterrada de que me viera "sólo como una mujer".

Bueno: ahora me ven "sólo como una persona". Y me encanta: paso entre los hombres apenas como una brisa, me conecto con las mujeres sin generar desconfianza. Por supuesto que me resultaría muy placentero ser tan linda como antes, pero no cambio lo que gané por nada de este mundo. Soy mucho más "yo" que entonces; soy esa que estaba adentro, asustada. Y mi mayor sorpresa es descubrirme ahora admirando la belleza de las mujeres jóvenes. Porque de los muchachos, tonto sería no hacerlo, pero cuando aparece una chica realmente hermosa la siento como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Me gusta mirar su belleza física; me siento espónsor, hada madrina, tía bruja. Yo, a diferencia de ella, sé que eso no durará, que es como un suspiro de Dios, pero me alegra que exista, que nos recree y fascine la vista.

Y ya sé que decir que hay una belleza que no se ve con los ojos es un tremendo lugar común, pero ¿qué vamos a hacerle? Pobres escritores, siempre embretados en tocar lo imposible. Cuando Levrero decía que yo era "la mujer más bella del mundo" no hablaba de Helena de Troya: se refería a alguien cuya voz podía hablar por él, alguien cuyos misterios podían acercarle un reflejo de sí mismo. Veía más allá.

En ese sentido, de cuando en cuando me topo con gente que todavía me ve bella; eso, lejos de movilizar aquel esclavizante lado mío de amazona, es como un raro y estimulante regalo. Una guiñada cómplice de Lisa, un lejano eco de su voz sensual.

Lo dije en 1996 y lo repito ahora con mucha más autoridad: la juventud es insoportable (si bien bastante divertida, hay que admitir).




"Tres bellas que bellas son" a los 29, aquel día de charlas trascendentes y cuentas regresivas. Tepoztlán, México (1993)


26.3.10

Mi México lindo y... herido...

Hoy hubiera sido el cumpleaños de José Manuel De Rivas (1964-1996), mi brillante amigo Peabody, mi galante pareja de graduación, que me llegaba al hombro y vestía una capa negra. Se lo llevó el metro en la estación Bellas Artes; si suicidio o asesinato, no me importa. Fue la Ciudad de México y sus demonios. Ciudad rodeada de palacios.

Mi segundo país siempre me hizo temer por mi seguridad y la de la gente que quiero. Es que México es generoso y cruel, festivo e impredecible, delicado y salvaje. Sublime, vital, sombrío: es una tierra de arquetipos danzantes. La muerte, siempre agazapada, como precio por la vida a manos llenas. Flores, mariachis, fiesta, Dios, mezcal, colores, ruido, escalas desmesuradas, olor a copal, mercados, espectros, montañas, multitudes, frutas. En México vive la gente más despiadada, cruda y mala de la tierra; en México vive la gente más noble, buena y pura de este mundo. México inocente, dijo Jack Kerouac, y también tenía razón.

Pero ahora hay una guerra civil. No se trata más del cielo y del infierno, dualidad que tan atinadamente descubriera Malcolm Lowry durante sus iniciáticas andanzas por allí: hoy la gente está en la línea de fuego cruzado de varios ejércitos que luchan por su territorio. Parece que ya nadie sabe qué hacer; los narcos se disputan la frontera, las acciones del ejército quedan bloqueadas por cortes sorpresivos a lo largo y ancho de la ciudad (si alguien pensaba que en el Tercer Mundo somos flojos, ineficientes e improvisados, es que no ha reparado en la delincuencia organizada!), hay policías corruptos integrados a la mafia, el tráfico de armas es inmenso, la impunidad prevalece, civiles mueren o son secuestrados, sigue el misterio de las "muertas de Juárez", se reportaron casi 2.500 ejecuciones en lo que va de este año, EE.UU. se está involucrando porque la olla va a explotar en cualquier momento y dicen que la situación es más grave que en Irak. ¿Qué le pasó a mi México, claro y oscuro, pero cuando era luz sí que lo era, en formas cegadoras de tan intensas? ¿Cómo puede vivir la gente así, entre miedos y negaciones, con amenazas, o la amenaza de la amenaza misma?

Mi hermano dice que ya ve como inevitable que este año se arme un despelote grande (sic), que cada 100 años México tiene una revolución. Es cierto. Este año no sólo es el Bicentenario de la Independencia sino el Centenario de la Revolución Mexicana. En una, durante diez años las cabezas de los líderes estuvieron colgadas y pudriéndose dentro de jaulas, a la vista de todos los guanajuatenses para que les sirviera de escarmiento; en la otra, te fusilaban nomás por divertirse y la gente escondía a las muchachas en sótanos cuando llegaban los revolucionarios, quienes (muy lejos de esas versiones idealizadas que uno suele hacerse, tipo Che Guevara) se apropiaban de todo lo valioso y bello que encontraran, como fieras desbocadas.

¿Qué clase de revolución habrá de librarse este año, entonces? ¿Una guerra sanguinaria, un retorno paulatino al orden, una sublevación social, un terremoto que destruya las ciudades para poder empezar de nuevo, una intervención armada de otro país, una operación fulminante de los servicios de inteligencia, una movilización pacífica? Porque el problema ya no es únicamente la frontera, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey: se va extendiendo como un derrame de petróleo en el mar.

Leo las noticias (gracias a internet, porque aquí se habla muy poco de esto en los medios) y trago saliva; me preocupan mi hermano, mis amigos, el país mismo. A menudo pienso lo que sería vivir allá todavía, con Astor niño, y siento la gran bendición de habernos escuchado a nosotros mismos, de haber cometido de golpe y sin aviso aquella locura de volver a Uruguay. El tronar de la fiesta, de los fuegos artificiales, se me figura ahora como los ruidos que están tapando la balacera. Pero sigo creyendo en el alma de México, en su poder de ave fénix, en su águila, en el embrujo inmortal de su serpiente.

Al llegar al ataúd de cristal, el menor de ellos (de tres años) toca el cristal y se acerca a los pies de la estatua, vuelve a tocar el cristal y yo pienso: “estos niños entienden lo que es la muerte, están en la iglesia debajo del cielo, poseen un pasado sin comienzo y se dirigen hacia un futuro infinito, esperando la muerte, a los pies de un muerto, en un templo sagrado”.

(Jack Kerouac, fragmento de México inocente y otros relatos de viaje, México: Ediciones del Milenio, 1999)


Guerra sangrienta entre cárteles se recrudece (El Universal TV)
http://www.eluniversaltv.com.mx/detalle17812.html
 
Narcotráfico: la lucha por el territorio (El Universal)
http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp207.html
 

17.3.10

Y siguen las visiones futuristas...

Ayer Mujica se reunió a puertas cerradas con los militares de alto rango. No dejó entrar a la prensa, pero se especula acerca de los temas sobre los que puede haber versado su discurso de media hora o más: reconocimiento de la postergación salarial, futuro plan habitacional de emergencia (en el que se involucrará a militares, no sólo servirán para fumigar mosquitos), derechos humanos con caducidad de la pretensión vengativa del Estado. Ese encuentro también es parte de esa irrealidad de final hollywoodense que estamos viviendo hoy: Mujica como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, hablándole a sus soldados.

Pero el delirio no termina allí: hay documentación que prueba la fallida cualidad de pitonisos de ciertos gobernantes, como esta joyita de 1986 que nos regala Sanguinetti. Y nadie los culpa, porque ¿quién podría haber imaginado -seriamente hablando- este desenlace histórico, más allá de los siempre necios deseos de imposibles?

Posted via email from Algunos pedacitos de Ginebra

13.3.10

Mis respetos, Señor Presidente...

Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador...

Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 

Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o "experiencia de la vida"), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 

Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 

Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 

Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 

Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: "Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas...", escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de "Belle de Jour". Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: "Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli". Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, "Permiso para iniciar el desfile", y a él contestar, serenamente: "Sí, señor". 

Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 

Mujica habló del país "agro-inteligente". Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

VER PARA CREER:

Jingle "Vamos Pepe"
Jingle "A Don José" (intuyo que fue clave en la campaña)



(cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)