17.1.10

Inundaciones

Mi último post fue a fines de octubre, cerca de mi cumpleaños. De esas fechas a esta parte -casi tres meses después-, ciertamente hubiera podido escribir al menos una docena más, si he de tomar como termómetro las ebulliciones internas, los descubrimientos, las maravillas, las emociones, las memorias, los proyectos, los sueños empecinados a lo largo del tiempo, los tímidos pasitos para hacerlos realidad, las polaroids de la vida a cada paso, los momentos kodak, los infiernos temidos, las sospechas. Pero -como es bastante evidente- jamás llegué a escribirlos, no pude hacerlo (lo que, en este caso, es lo mismo que decir que le he permitido a la vida práctica, a mis responsabilidades y mis culpas, impedírmelo). Menos mal que este blog se plantea desde el comienzo como meros "pedacitos" nada más, sin mayor continuidad, aunque hay veces en que se me va la  mano. ¿Quién puede vivir sin darse por lo menos un mínimo espacio para escribir cada semana, cada día, varias veces por día? Y, sin embargo, algunos pasamos meses respirando apenas desde nuestros irregulares diarios privados y apuntes oníricos.

A estas alturas, es tanta la cantidad de temas y recuerdos que se me han venido asociando inconteniblemente con el título del post, Inundaciones, que debería escribir una novela para darles caza. El congestionamiento incluye la historia de mi casa inundada y de cómo dicho infortunio nos permitió comprarla; las dos operaciones de G. y las notas de sincronicidad del universo; la advertencia de que siempre me cuidara del agua -del peligro de morir ahogada- que me hizo una espectacular vidente hace muchos años; las reiteradas roturas de caños de OSE y saneamiento que desde la vereda inundaron nuestro sótano una y otra vez; las tristes e invernales goteras de la claraboya cuando regresamos a Uruguay; la afinidad con el palo de copas del tarot, con sus receptáculos adaptables y el peligro de sus pantanos; mi amado Guanajuato con sus inundaciones recurrentes; mi otro hogar, Querétaro, y su agua milagrosa; Felisberto Hernández con su casa tan inundada como la mía. Y Constantinopla, también Constantinopla, que ya no existe.

La única forma de lidiar con las inundaciones internas, con los ríos inconscientes que se dejan crecer hasta el desbordamiento, es empezar narrando desde un hilito de agua, desde una precaria lluviecita, y reservar el resto para más adelante. Mi castigo por no escribir antes será no poder contarlo todo ahora, tener que postergar, diferir. Pero seguro podré retomarlo alguna vez, o estaré libre de hacerlo, si se da el caso. Porque esto no es solamente un propósito de año nuevo; he asumido, incluso, compromisos públicos en el asunto (para empezar, renunciando o aplazando espacios de trabajo muy gratificantes, propuestas que funcionan, lo que de por sí es un privilegio) a fin de tener algo de tiempo y concentración para escribir durante el 2010. Para escribir para mí, en principio; luego se verá. El blog será, entonces, un recordatorio, un lugar en el que monitorear mis propios procesos en tanto, a lo largo de este año distinto, abordo un proyecto mayor. Uno que viene trancado en el canal de parto, el creativo, desde mi último parto, el otro. Desde mayo tendré -me gané, tomo a codazos, me arriesgo, pienso en que me puede caer un piano en la cabeza en cualquier momento y que no hay que dejar tinteros rozagantes en este mundo de hambres- exactamente nueve meses (sic) con un poco más aire para reconectarme con mi escritura, si bien el mundo real me seguirá marcando el paso. Pero menos que antes. Así que pronto podré fraccionar las ahora inundaciones en pequeños chubascos, en chorritos constantes, en baños de piscina, en vez de pretender engarzar todo en un tsunami ocasional.

Lo que iba a contar hace un buen tiempo (cuando debí haber escrito el post de Inundaciones y no ahora) es que una fuerza incierta me arrojó del sueño en el medio de la noche. Me desperté con el corazón desbocado; el sonido de la fuerte lluvia contra la claraboya terminó de volverme a la conciencia. Un instante antes, yo salía del altillo, fuera de mí, de mi centro, con una calavera de azúcar en cada mano; las había desenvuelto de entre un montón guardadas en una caja que justo había encontrado. Yo giraba en el patio con los brazos extendidos, mientras la lluvia me caía encima, empapándome, y las calaveritas poco a poco se iban derritiendo entre mis dedos. Masa húmeda de azúcar, recuerdos que se pierden para siempre, que se entregan como ofrenda en un misterioso ritual. Ecos de la fiesta de los muertos en México, quizás.

No me podía sacar la imagen de la cabeza.

Miré el reloj, aún con el pecho apretujado. Las cuatro de la madrugada. Tenía que disfrazarme, dejar el pijama calentito a resguardo, agarrar un paraguas y salir en el medio de la lluvia a verificar que el desagüe no se hubiera tapado.

Las casas son seres implacables: demandan, exigen, protestan. Hemos de apaciguarlas, tranquilizarlas, hablarles en susurros. Finalmente, no hay que olvidar que se trata de nosotros mismos.

Subí. Me mojé. Todo estaba en orden. Hacía como un mes que en casa habíamos sufrido una inundación mayúscula; el desagüe tapado formó un estanque en la azotea y el techo de nuestro cuarto no resistió: por alguna grieta se filtró el agua y dos chorros, tipo ducha, mojaban los muebles, el piso de madera, deslavando revoques ante mi atónita mirada. Creí que todo se vendría abajo; hasta ese día, el agua había sido en nuestra casa (además de un capítulo fundacional, con olas moviéndose en cámara lenta bajo la luz de la luna, pero esa es otra historia) un problema de la claraboya, de molestas goteras habituales en las casas viejas, de paredes con alguna mancha de humedad. Dudar de la solidez del techo ya era otra cosa; los cuartos eran el refugio lejos del patio, la protección de los vidrios que se rompen durante los temporales (tan habituales en Montevideo), con sus ruidos de viento inquisidor. Ese episodio lo trastocó todo. Creí que nunca más lograría dormir tranquila en mi cuarto. El agua parecía estar esperando la oportunidad para adueñarse de todo, para hacernos flotar sobre los colchones, ya cadáveres en nuestro sueño eterno. Así pasaba en Guanajuato antes de que entubaran el río: la gente no despertaba una vez que el agua subía cuatro, cinco, seis metros en una sola noche.

Paradójicamente, una ciudad puede estar amurallada, pero solo en tanto disponga de agua. Su solidez depende de esto. No hay sistema de protección militar que valga sin un potente depósito de agua, un acueducto o similar. Habría que pensar qué puede significar esto, llevando la metáfora a nosotros mismos.

Constantinopla, por ejemplo, tenía espectaculares murallas de 9 metros de alto, incluso con estructura anti sísmica. Pero, además de un acueducto que recorría kilómetros, disponía de un gigantesco sistema de almacenamiento, con agua suficiente como para llenar 27 piscinas. Tan solo para sostener su techo, contaba con 336 columnas. Imbatible. Reservas de agua y muros defensivos.

Sin embargo, finalmente la ciudad fue vencida. Hunos que comían carne cruda, vestidos con pieles de ratones de campo hasta que el atuendo se les desintegraba, ya de podrido. Esos bárbaros salvajes violando, saqueando, matando...

La estabilidad de un imperio puede, ciertamente, depender de sus murallas. Por algo la ciudad más rica del mundo era  la que mejores muros tenía (*). Y aún así, a toda Constantinopla le llega su Atila. No hay nada que proteja totalmente de los Atilas del mundo.

En México, algunas veces el presidente tenía que declarar zona de desastre la mitad del país a causa de las inundaciones. Y la otra mitad también, pero a causa de las sequías.

Sí, habrá que seguir pensando y aplicando metáforas...



(*) Quizás todavía lo sea: bastaría contemplar con cierta malicia las medidas que se aplican actualmente en los aeropuertos de EE.UU.