28.4.09

Querida Idea enlutada con verde mirar lento

Otra muerte emblemática para agregar a mi colección. Al menos ahora tengo el alivio de vivir sólo la pérdida del ícono, del símbolo, del maestro invisible, no de la persona real. Algo que muchas veces se confunde desde la intimidad que se genera entre un poema, un texto, una canción y quien los recibe: los amigos, la familia, quienes trataron cara a cara a ese artista "propiedad de todos" viven las cosas distinto, porque la pérdida del ícono queda ensombrecida y aplastada por la pérdida del amigo o del familiar. Pero uno de afuera, abrumado por perder a sus maestros y juglares simbólicos, a veces cree que es lo mismo. La vi durante un curso de Paco Espínola que hice en la Facultad de Humanidades cuando tenía veinte años; le pedí para asistir de oyente, ya que yo cursaba Filosofía y no Letras. Paco Espínola no me interesaba en particular: sólo la quería a ella, estar cerca de mi poeta favorita (¿qué debo decir: "favorito"? ella era la que más me gustaba, entre hombres y mujeres poetas), recibir alguna onda sutil de la piedra en el charco de su fuerza, algún reflejo de su fiera pasión por la vida (no nos equivoquemos como con el Darno: la muerte duele mucho cuando uno quiere vivir), de su negra intensidad venenosa. Sin embargo, sólo encontré una triste, frágil y pequeña mujercita que podía haber sido cualquiera.

Sí, lloré en silencio hoy cuando leí que murió Idea Vilariño. Podría ir a su velorio -como no pude ir al de Mario- pero no lo haré, no es importante, en este caso. Era un milagro que siguiera viva todavía, casi a los 90 (esa es la prueba de que el pesimismo y la amargura no son necesariamente malos para la salud, y en su caso tampoco lo eran para la salud de los otros), y estaba internada, así que no fue ninguna sorpresa. Pero, bueno, el mundo queda más solo y uno duda, un poco huérfano, de sus propias percepciones. Es una bendición que lo que se escribe permanezca, no dependa de cuerpos, corazones, presencias físicas.

Gracias, maestra, reflejo, gran mujer dolida. Al fin empezarás a descansar, valiente guerrera. Aguantaste hasta el final. Morirse de dolor a los veintipico en medio del esplendor, la belleza, la vida a manos llenas, eso -la verdad- lo puede hacer cualquiera.


Trabajar para la muerte

El sol el sol su lumbre
su afectuoso cuidado

su coraje su gracia su olor caliente

su alto

en la mitad del día

cayéndose y trepando por lo oscuro del cielo

tambaleándose y de oro

como un borracho puro.


Días de días noches temporadas

para vivir así para morirse
por favor por favor
mano tendida

lágrimas y limosnas
y ayudas y favores
y lástimas y dádivas.


Los muertos tironeando del corazón.

La vida rechazando

dándoles fuerte con el pie

dándoles duro.


Todo crucificado y corrompido
y podrido hasta el tuétano

todo desvencijado impuro y a pedazos

definitivamente fenecido

esperando ya qué

días de días.


Y el sol el sol

su vuelo

su celeste desidia

su quehacer de amante de ocioso

su pasión

su amor inacabable

su mirada amarilla

cayendo y anegándose por lo puro del cielo
como un borracho ardiente
como un muerto encendido

como un loco cegado en la mitad del día.



Si muriera esta noche


Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera

si este coito feroz

interminable

peleado y sin clemencia

abrazo sin piedad

beso sin tregua

alcanzara su colmo y se aflojara

si ahora mismo

si ahora

entornando los ojos me muriera

sintiera que ya está
que ya el afán cesó

y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas

y el dolor de los otros y el amor y vivir

y todo ya no fuera un haz de espadas

y acabara conmigo

para mí

para siempre

y que ya no doliera

y que ya no doliera.



Quiero morir

Quiero morir. No quiero oír ya más campanas.
La noche se deshace, el silencio se agrieta.
Si ahora un coro sombrío en un bajo imposible,
si un órgano imposible descendiera hasta donde.


Quiero morir, y entonces me grita estás muriendo,

quiero cerrar los ojos porque estoy tan cansada.

Si no hay una mirada ni un don que me sostengan,
si se vuelven, si toman, qué espero de la noche.


Quiero morir ahora que se hielan las flores,

que en vano se fatigan las calladas estrellas,

que el reloj detenido no atormenta el silencio.


Quiero morir.

No muero.
No me muero. Tal vez
tantos, tantos derrumbes, tantas muertes, tal vez,
tanto olvido, rechazos,

tantos dioses que huyeron con palabras queridas

no me dejan morir definitivamente.



Poema número 19


Quiero morir. No quiero
Oír ya más campanas.


Campanas -qué metáfora-
o cantos de sirena
o cuentos de hadas
cuentos del tío -vamos.

Simplemente no quiero

no quiero oír más campanas.



Más sobre Idea:

Los versos de la mujer triste
Nuestra señora de la soledad
Perfil: ida y vuelta (en El País de España)
Entrevista por Elena Poniatowska

(El título del post pertenece a una carta que Juan Ramón Jimenez escribiera a Idea Vilariño)

15.4.09

Almohadas

"La almohada está húmeda. Creo que ha llorado".

Una vez, cuando era niña, leí una de esas revistas de Susy, secretos del corazón. Bah, las debo haber leído muchas veces, aunque no me afectó tanto como pudo haberlo hecho, considerando mis retorcidos caminos amorosos posteriores. Nada de bodas y príncipes azules, pero no voy a negar que espiar en esas revistitas me hacía latir el corazón con el sabor de lo prohibido. También leía Satanik sin permiso, pero esa es otra historia.

Me acordé hoy, precisamente, porque una de las viñetas de Susy, secretos del corazón quedó grabada a fuego en mi alma para siempre (considerando que leo desde los tiernos tres años, aunque obviamente no empecé por dichos pasquines, puede decirse que "para siempre" es, en mi caso, una punta asombrosa de años). Fue como una revelación, o mejor dicho, una aspiración secreta que desde entonces cultivo. Una pareja entraba a una habitación oscura en la que dormía una joven rubia; no recuerdo qué cosa terrible le habría pasado -posiblemente el plantón de algún novio, porque en esa revista siempre se trataba de eso- pero estaba pasando por un momento muy duro. Se acercaban a ella sigilosamente, y entonces la mujer le decía a su compañero aquellas palabras mágicas:

"La almohada está húmeda. Creo que ha llorado".

Toda la vida he deseado perversamente que alguien, mi padre, mi madre, mis novios, mis amigos, mi único hermano, anhelado que alguien se acercara calladito hasta mi lecho de dolor -por llamarlo de alguna manera rimbombante, propia de una amiga de Susy como yo- y tocara mi almohada, mientras yo dormía, buscando rastros de mis lágrimas. Que observara las señales, que supusiera, que me siguiera los pasos para desenmarañar mis tristezas. Pero como eso nunca ha ocurrido, no tengo más remedio que llorar bien visiblemente cuando lo hago, a mares y fúrica-y ahí se pierde el encanto de la sutileza y la preocupación ajena- o inundar mis almohadas durante los insomnios solitarios sin la menor intervención del mundo externo. Y ocultarme, claro, y ocultarme. Pero es que no tiene gracia sembrar pistas si nadie va a ocuparse en descifrarlas.

¿Tendrían acaso llave de la casa de esa muchacha para poder entrar así mientras ella dormía? ¿Estaría tan dopada para bancar su dolor que ni siquiera los escuchó? ¿O se haría la dormida únicamente para escuchar la frase bálsamo del amor ajeno?

¿Y, por cierto, quién anda por el mundo tocando almohadas?

¿Y por qué le sorprendería tanto a la detectivesca pareja que esa u otra persona hubiera llorado, como si se tratara de una enfermedad eruptiva? ¿Es que no llora la gente en el mundo normal? ¿Lo verán como tener fiebre, un estado semi inconsciente en el que uno precisa que otros se ocupen de cuidarlo y le traigan la sopita?

Todo esto debe ser parte de los secretos del corazón que no entendí del todo por mi corta edad. Busqué la frase maravillosa en internet y di con mil situaciones problemáticas que escribían otros, pero no con la "escena primaria" a la que me arrojó Susy.

Es como si viera todavía el estático dibujo característico y el globito con el texto...



9.4.09

Cosas viejas en tercera persona

(Rescaté esta pieza arqueológica del sótano. Es de hace 13 años, uf. No me gustan esas historias de "Juanes" y "Marías", como decía Levrero, pero en ciertos casos se justifica).


Aquella mañana, María salió temprano a alimentar a los animales. El establo olía a pasto fresco y a estiércol como siempre. Por entre las varillas del techo, se colaban los rayos del sol que iba ascendiendo lentamente. María llenó un cubo con agua del tinaco y refrescó el lomo de su burrito, le habló cariñosamente como todas las mañanas. Pero los animales estaban extraordinariamente inquietos, como si presintieran algo. Como si un ladrón estuviera agazapado entre ellos, escondido en el establo. A María le llamó la atención el creciente revuelo generalizado que empezaba a tener lugar: las aves corrían graznando y agitando las alas, como si de golpe sintieran nostalgias de un vuelo jamás vivido; los burros pateaban el piso con la bravura digna de un caballo árabe; los perros de la casa ladraban confundidos, sin saber a quién dirigir su reto temerario.

María sintió miedo. En general, sus mañanas en el establo transcurrían en la mayor paz mientras cantaba y jugaba con las bestias. Pasaba sola la mayor parte del día y había aprendido a tener gran cariño por sus animales desde niña. Pero nunca los había visto comportarse en aquel temple desordenado, salvaje. Tuvo la sospecha de que había alguien más vigilando detrás de algún pajar. Quizás un caminante que se había cobijado en el establo, y ahora la vería a ella, apenas una muchacha y totalmente sola. María empezó a moverse con prudencia en dirección a la puerta. Su corazón latía desbocado; el caminante podria abalanzarse sobre ella si notaba que había sido descubierto. Si el hombre decidía tomarla por la fuerza, estaría perdida: no habría nadie para escuchar sus gritos, nadie para ayudarla. La muchacha palideció de pánico. Faltaba muy poco ya para su boda; si algo le pasaba con un hombre, todos pensarían que había sido por su culpa. Y nada estaba más lejos de la mente de María que engañar a su prometido. Pero las leyes eran las leyes; lo único que podía salvarla del castigo era escapar a tiempo.

Los animales estaban cada vez más excitados y temerosos. La joven súbitamente tuvo una revelación: supo sin lugar a dudas que en el establo había otra persona, y que esa persona la estaba buscando a ella. Corrió hacia la puerta. Los perros ladraban hacia adentro del establo y hacia el techo, corriendo enloquecidos alrededor de ella. Una bandada de palomas cruzó los aires y salió libre, perdiéndose en los cielos.

Pero a pesar de sus esfuerzos, María no logró salir del establo finalmente. Cuando estaba a punto de lograrlo, sintió que caía sobre sus espaldas un peso abrumador, caliente, que la tiraba al piso inmovilizándola. La joven trató de darse vuelta para ver la cara del hombre que la tenía sujeta, pero no lo conseguía: estaba totalmente paralizada por su cuerpo enorme. Extrañada, se dió cuenta de que no sentía nada: ni miedo ni dolor ni rabia alguna. Estaba quieta en el suelo del establo, esperando que ocurriera algo que no podía precisar siquiera. Debajo de aquel cuerpo, debajo de esa presión que le devolvía un calor singular que jamás había sentido antes, experimentaba una inmensa paz. Ese calor la acariciaba, la estremecía de alegría y no podía explicarse por qué le ocurría así.

De pronto, otra nueva sensación inundó el interior de su cuerpo y entonces ella sintió que aquella unión con el desconocido era lo más importante que le ocurriría en la vida. No se asustó cuando tuvo la certeza de que había concebido un niño y que ese niño nacería, a pesar de las leyes humanas. Se vió a sí misma sentada en el desierto; el niño estaba jugando en la arena, a su lado. Sus manos pequeñitas cavaban un pozo, y de ese pozo surgía un manantial de agua purísima. Los dos reían bañándose en el agua y bebiendo todo lo que querían de ella. Suspiró aliviada y sonrió. Ya no le importaba nada lo que ocurriera con su boda.

Entonces los animales se amansaron súbitamente; todos se quedaron quietos donde estaban, sin emitir sonido alguno. Apenas eran testigos perceptibles de la escena. María volvió a tener conciencia de la situación; pronto se percató de que ya no había hombre alguno a sus espaldas. En algún momento mientras estuvo al borde del desmayo, el caminante aquel había desaparecido. La muchacha se levantó y se sacudió las ropas. Se sorprendió cuando no encontró rastros de sangre entre sus piernas. Luego recogió su manto y se cubrió la cabeza, aún aturdida por lo que acababa de pasar. Cerca del tinaco de agua, levantó un cubo y se arrodilló para llenarlo.

Entonces una luz dorada hermosísima inundó el espacio del establo. María soltó el cubo y toda el agua se volcó por el piso. Asombrada, escuchó una voz angelical que, llena de amor, le decía: “Dios te salve, María, llena eres de gracia...”