27.2.09

A que ésta no la tiene nadie...


... al menos eso creo, porque es foto de rollo y una vez que uno se desprende del original no es fácil -aunque no imposible- que haya otra copia circulando. Hubo un tiempo hace no tanto tiempo -diez años, digamos- en que uno sacaba fotos con cámaras analógicas y las mandaba a revelar; obtenía, así, una serie de impresiones en papel y unos misteriosos negativos que guardaba bien, convencido de que ahí estaba el verdadero tesoro, la matriz de cada una de las fotos. Pero en la práctica, las cosas no eran así realmente: si uno regalaba la foto original, confiado en que igual tenía el preciado negativo, la verdad es que se quedaba sin ella. Pues rara vez se tenía la disciplina de mandarla a hacer nuevamente y mucho menos de rotular dichos negativos, por lo que al cabo de un tiempo todo eso era territorio propio de investigadores universitarios detrás de pistas sobre los usos y costumbres de las épocas históricas (ya bastante gracioso es verme a mí misma contándolo, como si fuera un relato de abuelitas: lo dejo aquí, que conste, para Astor). Encontrar el negativo que andábamos buscando para reimpresión era todo un desafío; que no hubiera agarrado humedad, hongos u otros males, otro.

Por eso, la foto que a uno le entregaban con el revelado solía ser la única, salvo gente muy organizada que se mandara a hacer varias copias para regalar a los amigos. Y aún así, casi rayando en la candidez documental, uno entregaba sus fotos, incluso aquellas fotos realmente irremplazables, es decir, las de niñez y bella  juventud (las fotos de otras edades también son irremplazables como testimonio corporal y facial de uno mismo, desde luego, pero -seamos francos-... ¿quién quiere tenerlas documentadas?). 

Esta me la regaló el Darno cuando me fui a México. Viene dedicada con delirantes comentarios al dorso y su clásica letra manuscrita, pero eso es aparte: la foto en sí me gusta, además de que él valoraba que también apareciera su guitarra. Y un cuadro de Alinda Nuñez, nuestra amiga. 

No tiene caso quedarme las cosas sólo para mi. Sería injusto. Lo mismo con toda la experiencia docente y de escritor que me trasmitió Levrero. Pero todo lleva tiempo, claro, hasta compartir lo que no queremos que desaparezca con uno. 

Marco del asunto: anoche soñé que le hacían un homenaje a Darnauchans en Buenos Aires y yo viajaba especialmente para asistir, pero luego me distraía en mil cosas y nunca llegaba a las actividades. No obstante, llegaba a escuchar varios comentarios del tipo: "A este bar venía el famoso Darno..." y alzaba mis ojos al cielo, como diciendo: "¡Otra vez, esperaron a que estuviera muerto para reconocerlo!". Claro, me refiero a Levrero, pero al Darno también le llegará. Hoy escuchaba Las quemas; es increíble esa voz tan maravillosa, tan envolvente y profunda (si bien todavía no había llegado a los vuelos interpretativos y de composición de los dos siguientes discos). Debo tener un sentido muy siglo XII del amor cortés, los caballeros y todo esa parafernalia medieval, pero escucho la voz y me doy cuenta de que encarna mi idea de lo masculino mismo. Un espíritu firme pero dulce, sensual pero místico, capaz de cambiar lo externo pero sustentado por lo interno, aunque no al modo consciente e incisivo de lo femenino. Y en la nueva versión del disco -supe tener los de pasta, pero los vendí cuando me fui a México: gravísimo error- hay varias canciones más incluidas, creo que de Raras & casuales

Lo del homenaje debe tener que ver con que el 7 de marzo ya serán dos años de su muerte y varios allegados están urdiendo cómo conmemorarlo. Al parecer, hay un miserable pedacito de Ciudad Vieja, en Piedras y Maciel, que han dado en llamar por ahí "Placita el Darno", con graffitis alusivos a la tristeza y la desolación. Quizás un breve encuentro allí en su memoria, sencillo, con algunas actuaciones. Creo que lo lindo es que no se trata de un espacio oficial, decretado en un papel y con una chapa adosada a la pared: alguien que sabe dice que a él le daba urticaria sólo de pensarlo: "Plaza Darnauchans", "Sala Zitarrosa", "Plaza Mateo" (¡y en el estado que está! Lo malo de los simbolismos es que simbolizan). Pero creo que esto es otra cosa. Y, en todo caso, aunque me pese por Eduardo el hombre, para mí hay cosas que ya no le pertenecen a su identidad individual: aunque tenga algo de arrebato, Darno, el trovador es nuestro. 


25.2.09

¡Puaj!


"Sin saberlo, todos entramos en los sueños amorosos de quienes se cruzan con nosotros y nos rodean... Así, cada uno de nosotros abre a todos su cuerpo y a todos se lo entrega".

Marguerite Yourcenar

(Ya veo por qué siempre quise ser invisible. No lo logré, pero al menos ahora soy veterana: casi lo mismo. Es un alivio *no ser más* un sex symbol, francamente. Nunca me escondí tanto como cuando más me veían). 

20.2.09

Levrero, Gardel, los franceses y yo


En la cafetería de la Alianza Francesa espero a F., que vuelve primaveral y divertida del baño. 
-Allá tienen una foto tuya -me dice.
La primera reacción es de pánico visceral, existencial; ese mecanismo automático de preservación del ego, lejos de peligrosas miradas de Medusa, robos de alma y otros riesgos. Nada más tranquilizador que no existir, pero lamentablemente ya no es el caso. ¿Sería la entrevista del lunes pasado en La República? ¿Y por qué retorcido motivo podrían haber pegado eso allí, a la vista de todos? ¿Quizás una foto artística de la propia cafetería, en la que por azar yo aparecía ocupando una mesa?
Dudé enseguida de que, aun llegado el caso de que dicha foto existiera, la hubieran puesto como emblema del lugar: desde que cambió de dueño, la cafetería de la Alianza Francesa es un sitio en el que hacen sentir incómodo desde el "hola" al que va solamente a compartir un rato, tomar un capuchino o leer el diario con un café. Aunque las mesas estén vacías, hasta los mozos -que deben ganar una miseria, pero sufren del "síndrome de Estocolmo"- se aseguran de que la política del lugar les quede bien clara a los posibles habitué de charla y cafecito. Una sistemática mueca acompaña cada ausencia de almuerzo, esos platos con nombres complicados -quizás ricos, no lo dudo- convertidos en gourmet por obra y gracia de dos tomatitos cherry y un poco de estragón salpicado alrededor, y que cobran a escala de euros mientras el reloj de pared marca la hora de Paris y en el aire suena Jacques Brel o "Los paraguas de Cherburgo". Si uno sortea el almuerzo y se muestra firme en su intención de no consumir más que café, sufre dos estocadas más antes de la declaración tácita de desprecio del mozo o la moza en turno:
-El café… ¿grande o mediano?
-Chico.

Y luego:
-¿Y para acompañar? Tenemos tartaletas de esto, de aquello, crème brûlée, pastiserie, le monde au chocolat…
-Sólo el café.
C´est la guerre, cherie. Diagnóstico: un par de escritoras pelagatos, posiblemente roba wi-fi. Ni mi iBook con la blanca manzanita -cuya ulterior utilidad debería ser jetear- me salvaba jamás de la mirada altiva de quien, con un tilt down descarado, me clasificaba ipso facto en ciudadana de segunda categoría (porque nunca almorzaba), en vez de verme como una posible aliada y asidua concurrente a conquistar. Solía ir a menudo; tenemos pocos cafés por el barrio Darnauchans, y cuando me cansaba de los posibles ex presidiarios, futbolistas y borrachos del Sabot, o en las épocas en que dicho bar rebosaba tanto de aroma a caño y mugre que se me dificultaba la lectura, me iba a la Alianza. Ahí vivía un rato protegida por la iconografía burguesa: jardincito con fuente, policía en la puerta, música sofisticada (siempre es importante que la ambientación sonora sea en idiomas europeos para dar ese toque tan classy), mesas de madera, moza de uniforme oscuro, platitos, tartitas, diarios y revistas…
-¿Te podés cambiar a esta mesa?
*
Aquel fue el último día que me vieron tipo oficina nómada o momento de paz conmigo. El lugar aún estaba vacío; al parecer los comensales llegan como malón al mediodía, así que previendo eso –no fuera que los ricachones tuvieran que esperar un momento a que me cambiara de puesto, como sin duda hubiera hecho sin que me dijeran nada, o se fueran a sentir descolocados por la presencia de una insociable que escribe, se viste mal y no muestra intenciones de consumir más que algunos cafés (por cierto, al precio de la Colonia)- optaron por sacrificarme a mí, que era el cliente concreto y a la vista. Cliente que pudo ser fiel en las buenas y en las malas, cuando a todas esas viejas copetudas no les alcance más que para un café, pero que, a diferencia de mí, se nieguen a pasar semejante escarnio público; por eso me hacían sentir incómoda, "por si acaso". 
Ese día se terminaron mis intentos de hacer de ese café uno de mis hogares. Ahora sólo voy alguna vez que quedo de juntarme un rato con alguien: me queda cerca, interrumpo menos mi trabajo y sé que el otro va a apreciar el entorno agradable (el Sabot sería demasiado arriesgado para mantener las amistades). Pero invariablemente esos amigos –que por algo lo son- perciben ese sutil destrato, tan uruguayo, del subalterno aliado con la causa del patrón, al menos en lo que a marcar "clases de consumidores" se refiere. Los dueños anteriores, una francesa y un muchacho guapo, eran macanudos, frescos, pero se fueron a trabajar a un castillo en Francia. Bien por ellos, lo merecían. La conclusión es que, del mismo estilo, recomiendo mil veces el Irazú en la Ciudad Vieja: lindo, buen café (también caro), y wi-fi ilimitado, pues nadie jode si uno se aposenta a escribir sus obras completas y en general son amables. Con mi amiga F. -que, irónicamente, reside en Francia- no recibimos en la Alianza Francesa ni una sola sonrisa durante las (pesadilla para ellos, que nos empezaron a acomodar las sillas y las mesas alrededor, con estratégicos cartelitos de "Reservado", hasta que simplemente quedamos rodeadas) dos horas en que nos plantamos a charlar en su jardín sobre literatura y bueyes perdidos. Pero, claro, nosotras sí sonreíamos y nos reíamos.
-De verdad, hay una foto tuya allá, al lado de la puerta del baño… -insistió F.
-Ah, sí –le respondí. –Mi hijo, siempre que ve la Mona lisa, grita entusiasmado: "¡Mamá!" y la señala-. F. se rió, como si ocultara picardías inescrutables.
Me fui, entonces, al baño; la curiosidad me hacía disfrutar por anticipado cualquiera fuera la trampa que F. me tenía preparada. Éramos las únicas personas en la cafetería, salvo esa galería de mozos, encargados y dueños con cara de noble frente a plebeyo cuando la Revolución Francesa (para mi gozo, ya sabemos cómo terminó esa historia). Subí así las escaleras hacia el baño y allí estaba. La foto de Carlos Gardel.
*
Levrero decía a menudo que yo era "la mujer más bella del mundo". No como Megan Fox, se entiende: era una forma simbólica de expresar nuestras afinidades espirituales y psíquicas, la encarnación –o lo más cercano a eso- de su Ánima en mi persona, su hermanita de viaje. También decía que yo era idéntica (físicamente) a Gardel. Difícil imaginar la simultaneidad de dichos eventos. "¡Sí que había sido fiera!", dice una voz interna con tinte a Landriscina.
Entré luego al baño riéndome a cierto volumen; la corte de los nobles habrá intercambiado miradas de suficiencia, como diciendo: "Y, además, drogadictas…". Me encantó encontrarme con Carlitos sin esperarlo.
Con Mario nos llamábamos "Carlitos" indistintamente. Muchas veces, los mails eran diálogos del tipo:
-Yo sé lo que te digo, Carlitos: esa persona no te conviene…
-No creas, Carlitos: mirá que tiene lo suyo.
Una vez soñó que teníamos que escribir una novela conjunta llamada Gardel, Gardel. Quedará para otra vida, al parecer.
Lo peor de todo es que, cuando salí al jardín y festejamos con F. su ocurrencia, ella insistió en que el asunto no era una mera alusión común a Levrero, que realmente me parezco a Gardel. "Qué sé yo, con un pelito largo…"
Es increíble la capacidad de persuasión que tenía ese individuo.

13.2.09

Ondulaciones

Hoy, al volver de dejar a Astor en la escuelita, me di cuenta de que traje a Guanajuato conmigo cuando regresé al país. Montevideo se me ha vuelto en los últimos tiempos una ciudad empinada, llena de subidas que mis piernas resienten, un lugar en el que la fuerza de gravedad duele más en los músculos que en otras latitudes. Las escaleras interminables de Guanajuato están presentes ahora en cada cuadra; sus subidas pronunciadas, su aire montañoso."¡Y yo que creía que Uruguay era un país plano, de suaves ondulaciones apenas perceptibles entre el verde del campo y los cardos, lomitas casi sin mapa en aquellas tardes mágicas de la estancia, en que uno era niño o cuando mucho joven, y agarraba un galope eléctrico cuesta abajo hacia el crepúsculo! ¡Y ahora resulta que he vivido en un engaño: las ondulaciones de Uruguay son deportes extremos, pueblos mexicanos a los que uno debe sobrevivir con el tesón de un burrito carguero, ciudades hechas de piedra, de tierra seca, de sierras que rugen de calor y de alturas, carreteras al borde del barranco, peñascos en los que falta el aire!".

Todo esto es imaginación mía, por supuesto: simplemente se trata de la edad, de los años cultivando el descuido físico (ya no vivo a 180 escalones del Centro, como en Guanajuato, y por lo tanto he perdido el ejercicio aeróbico cotidiano; ya tampoco camino hasta la madrugada de bar en bar ni bailo festejando la vida, como siglos atrás). Montevideo debe ser, supongo, una ciudad tan llana como la dejé hace años. Me daría risa quejarme realmente del esfuerzo que me insumen las cuadras "cuesta arriba" si estuviera una sola tarde otra vez en Guanajuato.

Pues sí: indudablemente he perdido la épica, quizás hasta la capacidad de despegarme del suelo. Ahora peso, porque el mundo y sus demandas me traen de nuevo a la tierra todo el tiempo.

"Porque un vez que hayas probado el vuelo, caminaras sobre la tierra 
con la mirada levantada hacia el cielo: porque ya has estado allí y quieres volver".

Y caigo en picada nuevamente, como todos los días, vencida ante los caprichos de la gravedad del alma, de la montaña invisible. Cómo me duele que Astor esté llorando últimamente en la puerta de la escuelita, abandonarlo a quién sabe qué miedos, y tener que decirme, por su bien y el mío: "Es normal". Ser padre es una tarea titánica, propia de Prometeos prontos a ofrendar su hígado a las águilas por regalar el fuego, de decenas de Hércules asumiendo sin tregua los doce trabajos infernales, de una legión de Atlas cargando el mundo, de una horda de Uranos castrados, de Cronos tragando piedras, de Letos pariendo dioses. No son tareas para el corazón de los silvestres mortales: mi vida pende de cada una de sus respiraciones, de sus sonrisas de niño, de su inocencia. Escalo como puedo las montañas de nuestro tiempo juntos, limitado, finito, aunque aún no sepamos la fecha en que nos alcanzará nuestra condena. Es que no son ondulaciones, son grandes abismos que amenazan, pero también son cimas, olimpos, cielos.


FOTO: Renato Iturriaga
CITA: Leonardo da Vinci

6.2.09

La boda

Me acordé cuando una vez, como a los cuatro o cinco años, me llevaron a un casamiento; para mí, ese no fue cualquier casamiento, sino una verdadera ceremonia iniciática. Nos sentamos al lado del pasillo central junto a un impresionante arreglo de flores. Me habían peinado con un moño más grande que mi propia estatura; yo me daba cuenta de que se trataba de un evento muy importante.

De pronto, empezó la música y la gente se puso alerta; se abrieron las puertas de la iglesia y entró la novia, joven y deslumbrante, con su vestido blanco y un tul larguísimo. La novia avanzaba a paso lento, deshojándose en sonrisas; caminaba sobre una alfombra roja en dirección al altar. Pasó a unos pocos centímetros de donde estaba yo; miré su rostro excesivamente maquillado por debajo del tul. En ese momento fuí consciente de que todas las miradas caían sobre ella; a nadie le interesaba el novio, el padre o los demás invitados. Ni siquiera el cura. El único blanco de todas las miradas, de aquellas miradas pesadas, petrificantes, era la novia.

Ahí mismo juré que jamás me casaría. Estaba segura de que no podría soportar a toda esa gente sobre mí, como hacía ella con total donaire y orgullo. La situación me parecía impúdica y me escapé; salí de la banca corriendo hacia el otro pasillo, desde donde la Virgen me miraba divertida. Me torturaba la idea de que algún día tuviera que decirle a mis padres: “Tengo un anuncio que hacerles”. Ellos me mirarían, extrañados.

“Fulano y yo somos novios”, diría yo. Ellos, entonces, me interrogarían muy serios de inmediato. Tratarían de conocer más a aquel hombre misterioso a través de mis relatos; pero en realidad, muy para sus adentros, se estarían preguntando cómo lo había conocido, cuándo me di cuenta de que me atraía; si ese primer sentimiento fue de tipo platónico o una abierta excitación sexual, y muchas otras cosas que me avergonzarían al extremo. Una vez, mi padre me había mostrado una fecha grabada en una pulsera de oro. “Este fue el día en que tu papá le dijo a tu mamá que la quería”, dijo. “¿El día de su casamiento?”, pregunté yo.

“No, no; esto fue antes. Primero teníamos que hablar, decir lo que sentíamos los dos...”, me contestó él.

Ese descubrimiento me trastornó bastante:“O sea que primero tendría que hablarlo con el candidato... y luego anunciárselo a mis padres... y recién después uno se puede casar. Es decir, luego de tantas vergüenzas, pasar por la peor: la de vestirme de novia y soportar que todo el mundo me mire a sus anchas. ¿Y si la gente piensa que soy fea, y se burla de mí al verme tan acicalada entre tules y encajes blancos que no me lucen para nada?

O peor aún, ¿qué tal si opinan que soy hermosa? Me mirarán más todavía, me chuparán como a un limón; los hombres podrán recorrerme el cuerpo y la cara con sus ojos sin que nadie los censure, sin que yo misma pueda protestar. Porque es el día de mi casamiento: yo soy la novia, y todo el mundo puede mirar a la novia hasta aburrirse. Mirarle los pechos, la cintura, mirar sus labios anhelantes... Todos sabrán que en realidad deseo a ese hombre, al hombre con el que me caso; que quiero tener hijos con él, dormir abrazada por él. Jamás volveremos a tener intimidad en nuestra vida: así como en la iglesia, muchísimos ojos nos estarán escudriñando para siempre. Especialmente a mí, a la novia. Porque todos querrán ver a la novia
”.

Casarse era, para mí, una locura sin reparación posible; algo así como subir a internet la foto de uno mismo desnudo.

A mí no me gustaba ser maestra o madre, como a mis amiguitas.