29.9.08

Escritoras temperamentales (mujeres con hormonas)


El año pasado me presenté por fin a un concurso literario luego de más de tres años de no hacerlo (...que coincidía con la edad de Astor, por cierto). Para mí ya había sido suficiente logro llegar a corregir mi relato "La pistolera" y enviarlo en tiempo y forma, pero no contenta con eso, puse una consigna en el taller presencial que correspondía a lo que pedían las bases, de modo de que mis maravillosas alumnas de los jueves (tremendas escritoras) se pudieran presentar. No sé cuántas lo hicieron, pero dos salieron premiadas, como yo. Así que este miércoles, 19.30 hrs en el Museo Zorrilla, tendremos triple festejo con el lanzamiento del libro!

Mi relato puede ser publicado ahora gracias a que –por desgracia– ya perdí la calidad de inmigrado en México. Como decía el Darno: "Esta es la única persona que conozco que se cruzó ilegal la frontera México-EEUU en sentido contrario!".

11.9.08

6.9.08

Carne (no de Isabelita Sarli)

Ayer hice carne a la Strogonoff, o algo parecido; me sorprendí a mi misma cortando la carne, metiendo los dedos en las pulposidades, alejando las grasas con la bestialidad de mi torpe cuchillo, de mis propios filos que se metían en la masa roja y se hundían en su blandura. Creí que yo no podía hacer esas cosas; los cinco años que fui vegetariana resultaron un martirio en ese sentido, pues trataba de preparar un pollo y lloraba cuando los huesitos crujían al cortarlos. Luego, cuando volví a comer carne (era un comportamiento apátrida para Uruguay, antisocial), opté por comprarla solo en bandejitas cuestión de no acordarme demasiado de su verdadero origen, de su naturaleza en descomposición, de su arrebato de la masa muscular ajena. El olor en las carnicerías siempre me repugnó; es un olor obsceno, brutal, sospechoso. Iba con mi mamá a Bentancourt con mis escasos años y no era únicamente el olor a sangre lo que me aceleraba el corazón: también ese ruido agudo de la sierra trepanándolo todo llegaba a angustiarme.

En Guanajuato, el carnicero cobraba lo mismo por cualquier tipo de carne. Era extraño: lo bueno y lo regular, lo cotizado y lo de cuarta, con hueso o sin hueso, todo costaba lo mismo por kilo. Lo veíamos atravesar la plaza Mexiamora cargando un gran costado de vaca sobre la espalda. O quizás esa imagen la inventé hace unos años en mi novelita La ciudad encantada, para el personaje de Hernán, que estaba en realidad basado en un carpintero memorable (la verdad es que no tengo ningún criterio objetivo, al menos interno, para averiguarlo a ciencia cierta: veo en mi mente esa imagen del carnicero cruzando la plaza como si se tratara de auténtica memoria, pero ¿lo será, finalmente?).

Me puse a pensar en la máquina de hacer chorizos en The wall; aquella escena, célebre para toda una generación, en la que salían los alumnos como embutidos, en serie, iguales unos a otros. Mientras hundía el cuchillo, también recordé la película de Sweeney Todd (el barbero cantarín, serial killer oportunista, que aprovechaba para asesinar cuando los hombres se relajaban en su barbería y la navaja quedaba cerca del cuello, con Johnny Depp como interesante perchero bizarro); la vi hace poco en DVD, y sus escenas de picar carne de asesinados fresquitos eran bastante poco apetitosas. Pero los cómplices no solo prendían su rudimentaria "un dos tres" para desaparecer los múltiples cuerpos del delito, sino que la adorable Mrs. Lovett aprovechaba dicho beneficio cárnico para rellenar y hornear exitosos pasteles que luego los clientes de su rotisería devoraban con fruición, en inocente ignorancia. Toda esta gótica asquerosidad está bien narrada, con impecable fotografía y caracterización expresionista, y el director demuestra un nivel de arrojo, audacia y capacidad de tomar riesgos como solo alguien que pone a su elenco a cantar en una cinta de homicidios puede hacer. Lo que sé es que, después de verla, cualquiera prefiere cortarse un poco en casa con su Afeitabic para evitar tentaciones ajenas, y que pedir empanadas de carne al delivery dejará, en adelante, de ser una opción.

Todo esto es para decir que, mientras cortaba en cubos medio kilo de paleta sin hueso, mientras el cuchillo se hundía destrozando las fibras rojas entrelazadas, no podía dejar de pensar en que dichas prácticas resultan un poco salvajes para el nivel de civilización que nos exige la vida contemporánea. Esa persona que navega por los mundos invisibles de internet, se dedica a la literatura y la mitología, procesa información a mayor cantidad de cucharadas de las que puede tragar, que está expuesta a la tecnología como si se tratara de un bombardeo nuclear, etc., esa no puede ser la misma que rebana un churrasco apoyándole las manos, manoseándolo, triturándolo. Es como si nos obligaran a comer la carne cruda: simplemente ya no estamos preparados.

Sí, es dura la vida del escritor frustado. But the lunch must go on...

4.9.08

Cositas mínimas que no logro entender del mundo (1)

Es fascinante cuando dos personas vienen caminando en sentidos opuestos por la misma vereda o pasillo, y de pronto se establece una especie de danza, de paso cedido simultáneo que no termina de resolverse; la mayoría de las veces, la gente circula sin problemas, como si cada uno conociera a priori a quién le toca pasar primero. Pero a veces quedamos hipnotizados con el otro bajo una especie de fuerza de gravedad, bajo un imán cuyo campo magnético genera un caos en los códigos sociales; un avergonzante contoneo en espejo nos hace mirarnos a los ojos con el otro atrapado, como buscando una respuesta. En el mejor de los casos, sonreimos, nos detenemos (también al mismo tiempo, sin que ninguno avance), hacemos torpes gestos de comunicación tipo primate. Por qué sucede esto a veces sí y a veces no es un misterio.

Otra cosa que me sorprende siempre es esa contemporánea imagen, cada vez más común, de la gente caminando mientras envía mensajes de texto desde el celular. Hace poco tiempo la detestaba, la despreciaba, me parecía la decadencia del imperio, el fin de la articulación humana con el entorno. Hoy yo también voy como una idiota "aprovechando el tiempo" en vez de mirar a mi alrededor, pisar las hojas secas, descubrir un detalle en una fachada o aprisionar las caras que nunca más volveré a ver, como hacía antes.

Tampoco entiendo del todo por qué soy capaz de ver nitidamente en la memoria a mi primo Alvaro, de tres años. Ese día terminamos de almorzar cuando él, con sus grandes ojos verde oscuro y sus piernitas colgando de la silla, anunció con desenfado: "Bueno, ahoda quiedo un cafeshito..."

No lo entiendo porque la escena ocurrió hace más de treinta años; si no, claro que lo entendería. Era un cielo, como muchos niños de tres años, o de cuatro.

Hablando de eso, creo que lo que menos entiendo es por qué Astor se despierta a las siete y media de la mañana! Es decir, por qué él está descansado, con todas las pilas, y dice que tiene "energía", y quiere ver una película en el patio y dibujar y desayunar, y yo en cambio estoy muerta de sueño, golpeada como vil saco de boxeador. Debe tener que ver con envejecer, con el inevitable vencimiento de la garantía. Pero igual cuesta acostumbrarse a la idea.

2.9.08

Tristemente, el mundo es un lugar predecible

Bué: ¡menos mal! Ya me estaba preocupando. El 30 le mandé un mail a Levrero, como cada tanto, a ver si se arrepintió y está allí de nuevo. La verdad es que me tenía algo nerviosa pues no se había rebotado; llegué a pensar que había vuelto pero estaba enojado, y por eso no me contestaba. O, peor aún, que alguien había registrado la casilla a su nombre, y que de ahí podía empezar a contestarle a la gente (no sé si eso es posible: espero no estar haciendo como esos programas tipo "CSI", que le dan ideas a los asesinos!).
Pero hoy, al fin, llegó ese fatídico mensaje que recibí tantas veces hace como cuatro años...

Hi. This is the qmail-send program at relay00.pair.com.
I'm afraid I wasn't able to deliver your message to the following addresses.
This is a permanent error; I've given up. Sorry it didn't work out.

alvartot@adinet.com.uy
200.40.30.218 does not like recipient.
Remote host said: 550 RCPT TO alvartot@adinet.com.uy User unknown
Giving up on 200.40.30.218.