31.8.08

Cuatro años (30 de agosto, 2004)



Creo que fue el último día que vi a Levrero (al menos en esta vida), en su casa, durante una visita mía desde México. O quizás no: sé que la última vez que lo vi canté "Volver" desde el ascensor, poniendo cara de Gardel (ya que él opinaba que nos parecíamos... ¡no sé cómo compaginaba eso con el hecho de ser "la mujer más bella del mundo", es para preocuparse!), y por eso, dudo que hiciera tal payasada que sólo él entendería con tanta gente presente. Llegamos del Mercado del Puerto y el Bacacay con varios alumnos del taller virtual que ansiaban conocerlo; con todos ellos, era el primer día que nos veíamos en persona y de ahí salieron amistades duraderas (el famoso Primer Congreso Offline de Letras Virtuales, juas!). No sé cómo aceptó recibirlos, pero fue un momento increíble; además, nos puso a escribir. Incluso estaba Chepsy, que había venido de La Coruña y era toda una institución del taller. Memorable.

La foto es malísima, claro, pero me recuerda más el apartamento, el "museíto" a la entrada (se ve atrás), la virgen sobre la puerta, el ascensor.

A tu salud, Master! "Volver" quiere decir que hay que reencarnar para encontrarse nuevamente en otra vida...

29.8.08

Levrero en todas partes


Estoy en el wi fi del shopping, un wi fi medio lamentable pues no me permite bajar el correo, únicamente usar el navegador (por otra parte, es un método bárbaro para concentrarse en responder un aluvión de pedidos de informes sobre los talleres). Desde la vidriera de Mosca me mira un gigantesco Hulk, con las manos extendidas como queriendo agarrar no sé qué tesoros o pescuezos, el cuerpo enorme y musculoso, los pantalones cortos, la rabia verde desde el rostro. Y me parece, una vez más, una broma de Levrero, esa broma que continuamente iba y venía entre nosotros desde que nos asociamos con el taller virtual: yo era, según él, un Hulk, una especie de as del marketing, frontal, bestia, ambiciosa, práctica... en realidad no sé como describir la esencia hulkiana según Levrero, pero entiendo a qué se refería y me parecía risible! ¿Yo, temerosa de hacer una llamada telefónica, incluso a mis familiares y amigos? ¿Yo, insegura, nunca preparada? ¿Yo Hulk? ¿Qué extraño poder me veía, qué brutalidad comercial arrolladora? Claro, entre ambos yo era, seguramente, la que menos espacio tenía entre molécula y molécula, la más sensata, la que pensaba en que también era importante generar ingresos, la que ponía reglas, acuerdos y rajatablas. Con el tiempo, él tuvo algo de razón; por lo menos, es evidente que ahora me sé revolver bien con esto de la promoción de los talleres y que he sabido poner bien claras mis prioridades, mis energías disponibles, mis límites.

Él, en cambio, para mí era Gasparín, Ghosty, el fantasma amigable. Cuando empezaba con su dialéctica de Hulk, "esa bestia se apodera de vos y perdés tu sabiduría!", etc etc, generalmente yo lo despreciaba –y se lo decía, claro– como a un vil Gasparín, algodonoso y etéreo, lindo para vivir en el mundo de lo invisible pero no en esta tierra, donde hay que pagar cuentas, ir al supermercado, sufrir por la complicidad negada de la Divina Providencia (en la que él creía). Y así nos dábamos por la cabeza en nuestros asuntos comerciales: Hulk vs Gasparín, Gasparín vs Hulk, cada uno usando sus armas opuestas para convencer al otro. Después nos aceptamos; en el fondo, ambos teníamos razón. Pero si yo desarrollé facetas Hulk, creo que fue por tener un socio tan despegado de lo mundano: ¿quién iba a hacer el trabajo sucio para ganar nuestro bien merecido dinero, entonces?

Tuve el enorme gusto y el honor de que la Providencia, por mi intermedio, le pagara cuantiosas factura de UTE. ¿Qué más quiero que haber hecho lo que pude por Gasparín, que no se llevaba bien con la materia?

Y yo tampoco: yo me llevaba horrible con el mundo real, el mundo de los adultos, el mundo de las decisiones sensatas. Claro, desde sus ojitos blancos de fantasma, me volvía una bestia verde queriéndose llevar el mundo por delante. Qué iluso.Y ahora me acosa desde la vidriera con los recuerdos, como si no tuviera bastante.

Espero que tampoco me demanden por esta.

Vacío

No soporto más ver la laxitud de mi blog, que fue hermosamente catalogado por Artemio Lupin como "melancolía y creatividad montevideana" en sus Artemio Lupin Awards a los diez mejores blogs de 2007 (hoy me enteré, no sé quién es esta persona, solo que vive en Chile y que es muy elegante según su foto de perfil). Pero justo hoy no tengo nada que decir.

O quizás sí, quizás tendría demasiado y el embudo no me alcanza. Son las 2:22 a.m. La noche está quieta allá afuera. Hay un brasilero macumbero en la televisión exorcizando demonios, y yo quisiera exorcizar los míos. Pero el embudo no me alcanza.

Igual, más vale poner algo aquí que me dé la impresión de que escribo.

Iba a poner solo la primera frase, pero la frase continuó por su cuenta...

El sábado hará cuatro años que murió Levrero. Astor tenía 15 días de nacido y estaba en mis brazos; por algún motivo, quizás propio de esos ángeles custodios que se compadecen en estos casos, esa mañana se me ocurrió llevarlo conmigo cuando bajé mi correo. Nunca lo había hecho. Y justo fue ese día, aquel momento congelado en que inocentemente abrí el mensaje de Chl, un correo con el subject "Re:" a alguna boludez mía de tiempo atrás. Me acuerdo que me dispuse a leer con agrado algun juego nuestro. Pero no, decía algo como "Esta mañana a las 9.35 hrs falleció Mario. No sufrió y estuvo rodeado de amigos y sus mujeres. Quería que lo supieras, ahora no puedo escribir". En algún lado lo tengo guardado. Creo que fue la única vez en mi vida que la conciencia del duelo, de la muerte, de la pérdida y la separación me fulminó en el mismo momento en que me enteraba, y me puse a llorar inconsolablemente con aquel diminuto Astor en los brazos, que de algún modo me cuidó hasta que me encontró Guzmán. Cuando murió mi tío Pocho, cuando murió Ana, José Manuel, Manolo, incluso el Darno, me quedé paralizada hasta que pude aflojar. Pero con Levrero me atravesó el rayo. Sabía que nunca, nunca jamás lo volvería a ver, a oír, nunca más recibiría una mísera línea desde alvartot (y hasta la fecha, de vez en cuando, mando un correo solo para comprobar que rebota) ni podría preguntarle qué hacer con mi vida, la escritura, los talleres. Nunca me reiría tanto; nunca nos diríamos las verdades con alguien de ese modo, frontalmente, sin que se tambaleara un ápice nuestro cariño; nunca nadie –nunca más– me entendería del todo. El universo quedó desolado, yermo, lleno de árboles de otoño con los troncos carcomidos. Fue devastador. Chl fue ella misma otro ángel guardian para mí, y siempre le agradecí ese gesto de recordarme en el medio del temporal, de no dejarme librada a los siete mil kilómetros que me separaban de lo irreparable. Me hubiera enterado después y hubiera sido espantoso, traicionero, injusto. Al menos pude ir a inscribir a mi hijo al Registro Civil al mismo tiempo en que en Montevideo lo enterraban. Muerte y vida, ni modo. Era la letra chica del contrato.

Por eso, y aunque suene ridículo, lloré en la escena de Kung Fu Panda en la que el Maestro Tortuga se va a No Se Sabe Dónde, feliz, envuelto en pétalos de rosa, y le pasa el bastón al pobre maestrito comadreja (o lo que fuera ese bicho). Y el atribulado maestrito Shifu (bah, era un gran maestro, pero es que el otro era sobrenatural!) le ruega que no, que no se vaya, que no está preparado para la tarea. Pero al Maestro Tortuga no se le mueve un pelo, porque él está listo y lo único que quiere es la libertad, así que se desvanece entre las rosas con una sonrisa beatífica, como esas sonrisas raras que se nos aparecen en los sueños llenos de paz. Entonces Shifu se queda ahí parado, en medio de la noche, a las 2:58 a.m., con el bastón en la mano y preguntándose si acaso podrá con la tarea sin su Maestro.

Y claro que puede, la película lo demuestra: ¡entrena a Po, el panda protagónico, cultor de Mc Donald o su equivalente chino, gordito feliz, incapaz de tocarse la punta de los pies! Aunque que fuera tan negado era solo una apariencia, porque al final el maestrito Shifu resultó todo un estratega y logró motivarlo con lo que más le gustaba (la comida, en este caso). Nadie se convierte en un guerrero si no tiene madera. Y –ya sé que es una película– al final Po logró derrotar al malvado Tai Lung.

Sabemos, sin embargo, que todo eso es bastante poco probable. Porque en la vida real, nadie se preocupa del obeso panda Po ni del maestrito Shifu y mucho menos del Maestro Tortuga (en la web de Kung Fu Panda ni siquiera figura). Al mundo solo le interesan los Cinco Furiosos.

Como sea, yo lloré. Y también estaba Astor, en la butaca de al lado, con las piernitas colgando.

Levrero se murió por cabezón, o quizás porque amaba más el aroma de las rosas que el peso de los bastones. Y no pongo foto de Kung Fu Panda porque no quiero sufrir una demanda de Dreamworks.

15.8.08

Paisaje después (durante) de la batalla...

14 de agosto, 2008

Una imagen dice más que mil palabras.

(Y las palabras también vendrán, pero después de que DUERMA!!!!)



la foto es de Guzmán Sánchez

10.8.08

Regalos de cumpleaños

Ayer: dos cumpleaños infantiles. Con mis torpes manos envuelvo los regalos; lo único que me salva es que elijo lindos papeles, de un solo color, metalizados o con apariencia antigua, y moñitos chicos, o uno grande y uno chico. Es mi forma de expresar disculpas por lo mal envuelto del regalo: hacer ver que, sin embargo, me tomé el tiempo de comprar un papel en un lugar mejor que en el kiosko de la esquina, que no fue a las apuradas, como parece –falsamente– el regalo mismo lleno de arrugas, malos dobleces y cachos irregulares de cinta scotch.

Pensé en cuáles son las actividades manuales que practico. Ninguna. Antes me jactaba de cocinar bien, de aventurarme en recetas ignotas y platillos de tierras lejanas que jamás he visitado (al cansino ritmo que voy en los viajes geográficos de esta vida, seguramente jamás visitaré). Luego empecé a sentirme demasiado observada y claudiqué. Era mi única actividad-tierra. Ahora solo tienen que ver con aire, agua y fuego (hasta por ahí nomás).

Mis manos son un extraño centauro del teclado. Antes lo fueron de la guitarra. Nunca demasiado de los cuerpos. También sirven para sentirse a salvo tocando el frío y parejo vidrio de una copa de vino. Pero para eso necesitaría solo una, claro está. Para escribir a mano también, solo la derecha. La izquierda es para llevar el anillo, pero eso es subsanable, llegado el caso.

Todo: los móviles para decorar el salón en la escuelita, cortar la torta y disponerla en servilletas, decorar con guirnaldas, confeccionar envoltorios para las sorpresitas (mi madre guardaba los cilindros de cartón del papel higiénico y los forraba con papel crepé, terminándolos en una colita desflecada de ambos lados), ni hablar de las actividades típicamente femeninas como el jardín, la decoración gastronómica, las artesanías de troquelado, repujado y demás, coser, tejer, bordar. Todo eso es un suplicio y soy tan torpe como Astor y sus compañeritos para hacerlo. Ahora al fin sé prender el fuego. Lavar platos tampoco me molesta, sobre todo cuando recuerdo –aunque no practico– que hasta puede ser una experiencia zen.

En cambio, me manejo bien con los sueños y las pesadillas, el insomnio y la escritura automática, el acuoso mundo de internet, el conocimiento y la fantasía, el fuego de la memoria, el aire del pensamiento. Y las manos ahí sí que me acompañan. Claro, no sirve de mucho si no tengo el tiempo para zambullirme y entregarme a mí misma. Es que tengo tantos, tantos regalos que envolver...

7.8.08

Barrio Darnauchans

Diego Rey es definitivamente el fan número uno de Eduardo Darnauchans. Hay, por supuesto, gente que guarda tesoros incunables (yo, entre ellos: no cualquiera tiene una mágica chalina del Darno colgada junto a su escritorio, cual prenda caballeresca que le guía a uno en las batallas), fotografías hermosas, recuerdos personales únicos, larguísimas charlas de café, bar y escenario. Pero ser fan es otra cosa, es un tipo de amor distinto, de incondicionalidad absoluta. Porque el fan sabe que dificilmente consiga en la vida la cercanía de su admirado: un saludo, unas palabras, una foto o un autógrafo ya sería menuda recompensa para agradecerle a los dioses, pero a veces ni siquiera eso sucede. No obstante, el fan ama, guarda, colecciona y busca; sabe, recuerda, conoce, relaciona, se vuelve miembro de una tribu invisible. Y Diego Rey, que tiene como treinta años menos que los que tendría Eduardo, es el tipo que debe tener más memorabilia y material sobre Darnauchans en el mundo entero. A cada quien sus méritos.

Él fue quien acuñó la expresión "Barrio Darnauchans" para un cierto cuadrado o rectángulo muy montevideano donde, por casualidad, se juntan varias casas de los amigos y admiradores del Darno.

Bueno, pues el Barrio Darnauchans se va para arriba! De ser un páramo triste, siempre alfombrado de hojas otoñales, sin supermercados que abran pero con almacenes de esquina que cierran, sin cafés (uno se ve debatido entre el viejo y querido Sabot de los borrachos y presumibles ex presidiarios, o la pipirisnais Alianza Francesa con wifi, y ya no tiene mayor opción intermedia), sin bares a no ser por el pálido recuerdo de aquella primera Commedia antes de su tonta huída a la Ciudad Vieja (o un misterioso Barbacana que abre cuando quiere, y cuando abre parece sentirse importunado por la llegada de clientes), en fin: de ser un olvidado puente entre Pocitos y el Centro, un peaje rumbo al Parque Rodó, está empezando a volverse una promesa. Sí, los hijos del ciego Tiresias somos algo exagerados, pero quien tenga ojos que vea. Las cosas están ahí, aunque todavía no aparezcan en esta dimensión.

Ahora en el Barrio Darnauchans tenemos el Gradiva, el Madre Deus (aunque sospecho que hay que asaltar un banco antes de ir, pero ¿qué restaurant tiene poemas de Pessoa en las paredes?), y próximamente un nuevo Don Trigo, allí donde estaba la parrillada Los Picapiedra. Por algo se empieza.

Ya sé, yo también quiero bares y cafés de verdad. Pero me encanta ir caminando a los lugares, y con los años ese ir caminando se va volviendo cada vez más cerca, hasta que al final, supongo, uno llega a desplazarse hasta la esquina con una silla de playa para ver pasar el tránsito a la hora de salida del trabajo.

Hablando una vez más del Darno, que ha dejado edificaciones a su paso por la tierra (todo un barrio, donde vivo ahora, y un Edificio Sansueña en la calle Ellauri, frente a mi casa anterior, en cuanto a las edificaciones visibles, claro), la Revista Gatopardo de julio sacó una crónica hermosísima sobre él. Me encantaría conseguir la versión impresa, con más fotos y esa sensación de papel que vuelve todo más importante, pero parece que no llega a Uruguay (supongo que Diego Rey ya la habrá conseguido en Argentina o en otro lado!). De todos modos, la crónica puede leerse en el sitio en línea de la revista. Y vale la pena, lo juro por Dios. Es de Martín E. Graziano; escribe muy bien y con sensibilidad. Es un retrato vivo y objetivo, dentro de lo personalísimo. Los deudos, muy agradecidos.

Suicidarse, nunca más. Número 92/ Gatopardo



la foto es de Mariana Mendez

4.8.08

Electrocardiograma del duelo (7)

Ricardo Casas llegó el jueves hasta mi puerta a regalarme su documental sobre el Darno, "Donde había la pureza implacable del olvido". Esa puerta se está volviendo testigo de eventos maravillosos. Hace mucho que quería ver ese trabajo, sobre todo porque las circunstancias hicieron que se realizara a lo largo de un buen número de años, con todos los cambios que eso trae en la gente (en el documentado y en el documentador, y ¿por qué no?, en nosotros los espectadores). Claro, una vez que el Darno murió, conseguirlo era como una necesidad. Estoy contenta.

Hoy se me dio por probar el CD a ver si funcionaba. Sabía que no lo vería en este momento (me tengo que armar de valor, ya lo sé, probablemente un buen vino, uno o dos amigos), pero pensar en la frustración de que el disco no anduviera o qué sé yo el día en que finalmente junte el coraje me incomodaba. Me hizo bajar la guardia ver que el principio era como una larga toma de campo y naturaleza con los créditos. "OK, funciona", me dije, "unos segundos más a ver si sale él". Recuerdo que cuando niña me gustaba prender papeles hasta que tenía que soltarlos porque me quemaban las manos.

Y entonces apareció un primer plano de Eduardo con esos ojos tristes de siempre, joven, como cuando lo conocí, cantando "As tears go by", de los Rolling Stones. Y la música también triste (me trae recuerdos), y la voz pura, y la mirada, y el título de la canción... Me puse a llorar. Insoportable pérdida. Apagué.

Todavía no. Se ve que no.

Espero que no me pase como con las grabaciones que pedí de Levrero cuando murió. Me dijeron: "¿Qué querés que te mandemos de él?". Yo pedí una tacita de café y alguna grabación con su voz: lo único que quería era no perder su voz. Por tres lados me enviaron las cosas: Chl la taza, CAF un registro que había hecho en charlas con Levrero (con vistas a un proyecto didáctico que teníamos, llamado informalmente "The Mario Levrero´s Guide for Dummies", a sugerencia de mi hermano) y Pupi la grabación del homenaje en "Planetario". Todo llegó a México, y otras cosas mías que encontraron en su casa.

Pasaron casi 4 años de su muerte, el próximo 30 de agosto, y yo todavía no me he atrevido a poner esos discos que atesoro, esos donde la voz de Levrero sobrevive a los tiempos y a la descomposición de los cadáveres físicos. Justo la voz, tan particular, que resuena en mi cabeza tan a menudo, sobre todo su risotada. Y la voz del Darno, que la siento como mi casa, vaya uno a saber por qué. Mi casa de otros tiempos, en esta vida y quizás en otras.

Las voces son sitios peligrosos de la memoria.