22.7.08

Las tribulaciones de un blog que languidece frente a Twitter

Sin duda, el constante botelleo al mar de Twitter le resta fuerzas al barco más pesado de los blogs.

Y sí, me he estado conectando con mis estados de ánimo y quehaceres en estos tiempos (dentro de lo aburrido que puede ser un tobillo con grillete unido a una computadora), pero todo tiene que entrar en 140 caracteres. Esa miserable muestra propia y ajena es la que, sin embargo, me acompaña en el trajín virtual de todos los días. Meter un post en el blog, en cambio, me requiere tiempo, reflexión, entrar en ese mundo desconocido donde pueden agazaparse lobos o devolvérsele la vida a las estatuas. Una linterna, una botella de agua bendita y otra de vino, una mochila con objetos sin clasificar, la disposición a maravillarme con el aire frío de la mañana y los paisajes que guarda escondidos dicho mundo secreto y sin puertas evidentes.

En una palabra, escribir en el blog me requiere escribir.

Pero los tweets son, como su nombre indica (o al menos a mí me lo sugiere), meros gorgeos picoteaditos, dulce cancioncita de segundos, escalas con timbre de gorrión. Nada más. Claro que no es "o lo uno o lo otro"; sin embargo, el blog envejece pidiendo un rato de mi atención, un mínimo espacio, sin que por ahora pueda dárselo con palabra de honor de intermediaria.

Por su parte, con ese carácter más liviano de "Las tres Gracias" de Botticelli, los tweets gorgean a mi alrededor y me envuelven, cual libélulas y cascarudos que buscan la luz sin saber mucho para qué. Y así está el mundo.

9.7.08

Ángeles y demonios en las pupilas

Era uno de esos días en que, como todos los días, llevé a Astor a la escuelita de mañana. En la última calle a cruzar había un camión estacionado que nos tapaba la vista; de pronto, apareció un hombre muy sucio, con mucha barba y el pelo alborotado. Era bastante bajo, lo que con esa ropa tan ajada y la cara de loco terminaba dando una impresión general de duende. Tenía los ojitos azules chispeantes, y gritaba hacia el camión: "Knorr te quiere ayudar, Knorr te quiere ayudar!!!!". No sé si iba descalzo porque no quise mirarlo demasiado, pero sí, me pareció que sí, y que tenía los pantalones enormes, y que se reía entre todo ese griterío aparentemente sin sentido.

Lo esquivé con Astor de la manito (es difícil explicarle esas cosas a un niño, precisamente porque uno no las entiende del todo) y crucé la calle mientras el duende/demonio seguía con sus saltos y risotadas frente a algo que nadie –fuera de él– entendía. No sé por qué, lo de que "Knorr te quiere ayudar" me sonaba amargamente irónico, pero no puedo transmitirlo. Quizás porque es una marca de sopa, y él estaría hambriento, y nadie lo ayudaba.

Entonces miré hacia atrás y en la misma esquina donde días atrás había sufrido por el pobre hombre que dormía a la intemperie, tirado, muerto de frío, aquel ante el que me salió exclamar: "¡Angelito!", vi las frazadas amontonadas.

Mi ángel doliente era ahora un demonio que me podía dañar... No se me borra de la memoria su expresión insana, su mirada azul sarcástica frente al mundo, su corta estatura saltarina.

Ya sé, no es ninguna novedad. Finalmente, todo es cuestión de miradas. No se salvan ni los demonios ni los ángeles.