29.5.08

Frío (también en el alma)

Hoy amaneció muy frío. Llevé a Astor a la escuelita, como todas las mañanas.

Cuando volvía, vi a un hombre durmiendo en una esquina a la intemperie, o a algo que recordaba a un hombre pues estaba tapado totalmente con una frazada: la cabeza, todo. Estaba en posición casi fetal, como si así pudiera reciclar su propio calor para mantenerse con vida o para que el frío simplemente arrinconara menos. A su lado había un paquete con sus objetos personales, supongo.

Me dolío su frío. Yo venía con bufanda y con la capucha del abrigo puesta. Hubiera querido traerle una frazada más, abrazarlo, invitarle una grappa miel, pero ya no soy alumna de la escuelita de Astor como para creer que eso es posible. Pasé por delante; no pude evitar exclamar: "¡Ay, angelito!". Pero seguí mi camino.

Después pensé que había cierta posibilidad de que él me hubiera escuchado, de que estuviera despierto. Aunque seguro nunca se le ocurrió que el ángelito fuera él. Sentí que una parte de mí misma estaba allí tirada, sin casa, tiritando de frío, pero seguí mi camino.

Yo me enojo tanto con la humanidad a cada rato porque ando por el mundo en carne viva. Pero igual seguí mi camino.

28.5.08

Epitafio para un cierto guerrero

Mi guerrero murió y no hubo manera
de despegar sus pétalos enfermos
o de vaciar sus mejillas.

Cada vez que como una sombra me acercaba
a sus filosos dientes de aguaviva,
mi guerrero ya pálido y dormido
se acomodaba acaso más profundo
en la negrísima roca del principio.

Mi guerrero murió y entonces fue velado
por un coro fugaz de linternitas.
Más tarde floreció aunque algo triste
en el pretil mordaz de una campana.

Al pasar yo le dejé mi aliento
como un recuerdo plagado de violetas.
Fue todo en vano.

Los insectos persiguieron su sonido con astucia
y de él no quedó más que un yelmo oxidado.

(Escribí esto hace diez años, dispuesta a enterrar para siempre mi pretensión de guerrero, de ser alguien que se planta frente al mundo y lucha para lograr sus objetivos, sus sueños, que trae un mensaje de otras tierras, que no teme ser quien es. Mi guerrero estaba muerto y hasta epitafio le hice: no había negociación posible. Pero al poco tiempo, en la Feria de Piedras Blancas, un medalloncito me llamó la atención; lo levanté pensando que era Dante Aliguieri... ¡cuál no sería mi sorpresa al constatar que se trataba de Juana de Arco! Ahí entendí: quizás yo no podía ser un guerrero porque tenía que ser una guerrera. Ese medallón conmemorativo de su beatificación me acompañó muchos, muchos años...)


22.5.08

Halcones



El halcón de hierro está trepado a mis pestañas
y yo siento un peso triste apoyándose en mi sueño.
Lleva el halcón un gorro de balcones acechantes
y en el pico una piedra con olor a maderas,
a cognac dolorido y bonachón.

“¡Acabemos con esto de una vez!”,
dice el halcón, cansado.

Yo me avergüenzo, entonces.
Mi habitación se inunda de leche amarga, de lunas derretidas,
sobre el tejado mismo donde bailan las urracas.
Me acomodo en la cama nuevamente,
consolando a mis trenzas de su absoluta soledad castaña.

“Acabemos con esto, te lo digo”,
repite el halcón a punto de perder el equilibrio.

14.5.08

Otra de hiperlinks (sensorround con perfume a manzana)

Siguiendo con el asunto de los textos con hiperlinks internos, esos experimentos que hacíamos con Levrero en 1996 (fascinados con el descubrimiento de las posibilidades expresivas del Word), encontré este texto mío que fue escrito con dichos fines exclusivamente: llenarlo de vínculos que llevaban la lectura en forma opcional de un concepto a otro, dotándola de significados subjetivos (míos, por supuesto). Lo chistoso es que si bien apareció el texto –que recuerdo perfectamente–, en esta versión no conserva ningún enlace; ni siquiera están marcadas las palabras que servían de tobogán entre significados.

Se ve que en algún momento me pareció pueril y desprolijo aquel secreto vicio de los hiperlinks textuales y los borré, sin darme cuenta que quizás eran la única gracia del texto mismo.

índice uno


1.
Puse las manzanas al fuego hace unos veinte minutos. La idea es hacer compota, una compota tan buena, tan suave y dulce pero sin que resulte en ningún momento empalagosa, que hasta la propia idea de la lluvia llegue a ser un reflejo intermitente de aquellas bromas ocultas del verano.


2.
Es cierto, no obstante, que mi delicioso preparado puede convertirse por descuido en un mugriento y pegajoso cochambre, como el que se utiliza para desesperanzar a las amas de casa en los comerciales de detergente. “Y después de una gran comilona familiar, a fregar los platos....” Pero mi idea es vigilar, vigilar bien de cerca el destino honorable de mi compota de manzanas.


3.
Ahora bien: tampoco quiero que el asunto éste se me convierta en una obsesión paralizante. Es mi primer día libre y lo que más quiero es escribir y disfrutar la lluvia detrás de la confortable cobardía vieja de mi ventana. Desde la habitación, puedo oler cómo las manzanas se van transformando en una pasta sutil, acaramelada, con sospechas de canela. “Pero es tan tenue la distancia que separa a lo dulce de lo pegajoso ...”, pienso, consternada. Dejo de escribir y me levanto rumbo a la cocina. Tengo que ver, tengo que supervisar con mis propios ojos lo que está sucediendo en el fondo de mi cacerola.


4.
Fue un momento de maravillosa emoción. Ví a las manzanas, tan rojas otrora, tan perfumadas y jóvenes, convertidas en una entregada y envejecida pera al horno. Eran frutas en almibar, eran dátiles gigantes, eran pasas de uva hinchadas y turgentes ; eran cualquier cosa, excepto manzanas. “Con que esto era la famosa compota, eh...”, recriminé al mundo para mis adentros.



5.
¿Cómo es posible que las manzanas hayan disparado las fantasías árabes más eróticas , con sus bellas musulmanas comiéndolas de a trocitos para mantener los dientes más blancos que la luna? ¿Es que la historia entera de la humanidad se ha determinado por el mordisco de una manzana tentadora y tenaz? ¿Cómo se envenenaron las princesas por descuido, cuándo fueron las manzanas doradas como el sol? ¿Cómo fue que perdió una carrera la atleta más veloz del mundo antiguo casándose en premio pese a su disgusto, y todo a causa del fulgor de las manzanas? ¿Serán tan perfectas como lo dicen las fábulas, tan rojas, tan perfumadas y embriagantes?


6.
Al menos en su versión compota, la manzana es sólo la piel marchita de una viejecita llena de recuerdos . Quién sabe qué misterios guarde bajo su piel de parafina escarlata, pero eso ya no es asunto de las compotas de manzana.

13.5.08

It´s all over now, baby blue (1965)



Hoy pasaron al Darno en la radio cantando "El instrumento". La versión ni siquiera me gusta, pero la voz me pareció tan cristalina, tan pura y conocida, que se me cayeron las lágrimas. El tipo sigue siendo un generador de nostalgia, ahora con más razones que nunca.

Y bueno, lo consiguió, se ligó a Dylan para siempre: esta es ahora la canción de su entierro, no importa qué historia haya tenido durante los cuarenta y dos años anteriores...

7.5.08

Pequeño inédito de Mario Levrero

Estoy revisando mis viejos archivos con la ilusa intención de hacer algo como un back up organizado. Mi vida en la computadora se ha regido por sucesivas migraciones de una máquina a otra: desde mi pequeña PC de 1996 a la iMac a la actual iBook, cada computadora nueva ha deglutido a la anterior al recibir centenas de archivos cual corazones aztecas sacrificados, un vaso de piedra desbordante de ellos. Así que cuando me interno en sus laberintos, aparecen textos de doce años atrás sin el menor empacho, sin hablar de todas las capas intermedias. Me recuerda el modus operandi que se tiene en la Ciudad de México (en México todo, bah, lo que pasa es que en el DF impresiona más porque se supone que es la modernidad y la grandeza): nunca se retira el cableado viejo para poner el nuevo ni la numeración anterior de las calles para estampar la ahora vigente. Ergo, conviven capas y capas de realidades paralelas, tal como una pirámide adentro de otra (costumbre precolombina mexicana). Así son mis computadoras.

Y de Levrero he encontrando perlas maravillosas! Sólo con nuestra correspondencia daría para hacer un libro o varios libros, y entre los intercambios destacan (como valor objetivo, para todo el mundo) las orientaciones docentes que tan bien aproveché en mis propios talleres. Levrero participaba en el "día a día", supervisaba las evaluaciones, opinaba, iban y venían comentarios valiosísimos que habría que rescatar. Y luego está todo lo anecdótico, las curiosidades... varias expediciones habrá que hacer por aquellos mares...

Aquí me encontré un textito cuya novedad eran las primeras pruebas con hiperlinks dentro del texto (de hecho, el archivo se llama "Experimento"). Ese tema le interesaba a Mario, y la verdad es que me enganché durante una época, me parecía mágico que el Word nos permitiera entrelazar palabras distantes en el texto cargando sus significados con una hermandad no percibida a primera vista, sino dada por el autor. En este textito levreriano, las palabras subrayadas aquí son las que contenían el hiperlink original; es decir, al apretar una de las palabras nos remitía inmediatamente a la otra, saltando el resto del texto. Está firmado (en las "propiedades" del documento) como Lupus Carismato, y si bien la fecha correcta es la que figura como "modificado" (9 de diciembre de 1996), es gracioso que figura como "creado" el 1 de enero de 1904. Se tomo sus buenos años para corregirlo.

Entre la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo y la superficie del escritorio, he puesto una revista para que la acción del bolígrafo no estropee la madera, o la imitación de madera. He colocado la revista con la tapa hacia abajo, y la hoja de papel se apoya en la contratapa. Como este procedimiento lo vengo repitiendo diariamente desde hace un tiempo, y siempre con la misma revista, he terminado por advertir que en la contratapa hay un aviso. El aviso contiene una foto en colores de tres seres humanos, o al menos de sus cabezas y, en un caso, parte del cuerpo. Son tres caras sonrientes que intentan parecer una familia feliz, y el aviso insinúa que esa familia es feliz gracias al producto que publicita. La mujer, a la izquierda, es más bien feúcha, poco atractiva; es un acierto del aviso, porque nuestras esposas por lo general no se parecen a actrices de cine; parece un aviso destinado más bien a los hombres porque el hombre, sí, tiene algo de actor de cine, rasgos proporcionados y agradables y unos dientes perfectos, aunque como actor no es muy bueno porque se nota que la sonrisa es forzada. La sonrisa de ella es más auténtica, como si la hubieran fotografiado por sorpresa en medio de una broma, y este rasgo la hace simpática y más atractiva que si estuviera seria. Pero al parecer sus dientes no eran perfectos como los del hombre, porque los dos delanteros del maxilar superior han sido retocados, o cambiados por otros en la fotografía, ya que aparecen más grandes y más blancos que el resto. Y los dientes del maxilar inferior son bastante desparejos. Entre la cabeza de la mujer y la del hombre, está la cabeza de una niña de cuatro o cinco años. Tiene el cabello mucho más claro que los otros dos actores, de modo que no impresiona como la hija, si es que ésa era la intención del aviso. La sonrisa de la niña es decididamente falsa, con algo de desdeñoso hacia toda esa representación; eso la salva: una sonrisa falsa que intenta parecer verdadera.



(la foto también es de Levrero, desde su casa, como la mayoría)

Después de subir esto, me di cuenta de que el texto no es inédito, lo único "inédito" es la manía de Levrero de jugar con hiperlinks para darle otras dimensiones a la lectura. La única papafrita que escribía textos originales para dichos regodeos lúdicos era yo; él, como dicta el sentido común, usaba textos que tenía para otros destinos. Pero hay inéditos en el baúl virtual, claro que los hay... To be continued.

3.5.08

Salas de espera: otro flash de Guanajuato

(curiosamente, el texto se llamaba casi igual que el último post de mi amiga V...qué karma!)

Seguí con tos toda la noche y estoy harta de despertarme tantas veces creyendo que me ahogo en un estanque. Después de dos semanas de fastidio tuve que aceptar lo inevitable: debo ir a un doctor, por más que lo deteste. No conozco a nadie en Guanajuato; sólo de pensar en averiguar cuánto cobran las consultas, estar en un pasillo frío con sillas recargadas contra la pared y frente a frente, escuchar el tic tac de algún reloj central, contener los bostezos por la hipnosis del tubolux... ¿Quién quiere contarle sus vulnerabilidades a un desconocido? Pero la autocura hipocrática no estaba dando mayores resultados.

El asunto es que llegué a un consultorio en la Plaza de la Paz, doctor Alonso Cervantes. Parece que este señor es una de esas referencias inamovibles que le quedan a la gente de por vida: una clienta de G. nos lo recomendó porque de niña le había curado sus problemas crónicos de garganta. Claro que cuando ella era niña, el doctor ya habría empezado a perder el pelo y a encanecer el poco que le quedaba. Subimos al consultorio y nos sentamos en la sala de espera; el lugar era bastante oscuro, húmedo, y tenía toda la apariencia de ser el mismo consultorio que quizás inauguró con gran pompa allá por 1930. El sillón estaba completamente vencido; podía balancearme en él, hundirme en sus almohadones como si se tratara de un escondite estratégico.

Era curioso: revistas viejas sobre la mesa, el periódico del día, tubos, palanganas, botellas añejas de suero pre-guerra mundial, instrumentos de goma percudida, pinzas... Se abrió una puerta de madera chirriante y el doctor nos saludó; luego, el paciente anterior salió con él y nos preguntó si teníamos cambio de $ 200. No teníamos: traíamos los $ 50 justos que cobraba el doctor. “¡Cincuenta pesos!”, se me daba por pensar, y una angustilla más molesta que la misma tos me recorría el pecho. Me imaginaba los tiempos de gloria del doctor; se pasearía muy ufano en traje y chaleco por las calles de Guanajuato y saludando a todo el mundo, sus zapatos brillantes contra la calle empedrada. Ahora tenía un consultorio detenido en el tiempo, una linternita de abuelo guardada en su gastada caja original de cartón, un viejo diván cubierto con papel, un banquito redondo, una vitrina con vidrios empañados y una señora que va a limpiar una vez a la semana. Y cuando él no la ve, la mujer sólo echa un poco de hipoclorito de sodio en el piso para que huela más o menos desinfectado.

Cuando nos indicó que entráramos, apareció otra persona para atenderse. “Pase: ahí tiene el periódico”, le dijo el doctor muy orgulloso de sus servicios a la clientela. Entramos a la consulta; recién entonces me dí cuenta de que el viejito era prácticamente sordo. Su audífono era más protagónico que su cara misma; tenía unos pocos pelos en la cabeza, bigote blanco y era pequeño, encorvadito, temblequeaba al caminar. Como poco tendría ochenta años; le subió el volumen a su aparato a ver si podía llegar a entender si tuve fiebre o no. “Vamos a auscultar”, dijo, pero aunque hubiera tenido un cocodrilo comiéndome los bronquios, él no se hubiera enterado. Se sacó el audífono para tratar de escucharme mejor, pero al volvérselo a colocar en la oreja empezo a hacer ruidos agudos, acoples por el volumen tan alto. Antes a G. le pasaba lo mismo en el cine, en el silencio sepulcral de una película, y uno siente tal bochorno; siente que todo el mundo lo mira, que todos están reprobando el ruido pero el sordo no se entera y permanece inocente frente al agravio. Este doctor era igual.

“Cuando viejo, uno se descompone”, dijo. “Hace cuatro años también me caí y me rompí la cadera”. Sin embargo, este hombre se levantaba todas las mañanas con una misión que cumplir. No se aferraba a las caderas rotas, se aferraba a su función y se resistía totalmente a abandonarla. Cuando pasamos la primera vez lo vimos ahí, tan viejito y solo, leyendo el diario. “Pero hoy no le va tan mal”, me dije a mí misma para sacarme eso otro sentimiento rasposo que me tosía desde el alma. “El primer paciente que vimos, después yo, el otro que espera afuera... son $ 150”, trataba de animarme mientras salía. El día estaba soleado pero hubiera preferido que no.

1.5.08

Amores complicados

Lo nuestro es imposible –dijo ella. –Allá donde estás ahora, mis incógnitas son tema de chiste en los saunas de los ángeles.


(Textito # 4302, presentado en TCQ, el PRIMER concurso literario por SMS, que fue organizado por el programa "Sopa de Letras" y la Biblioteca Nacional el año pasado, en MONTEVIDEO, URUGUAY -y aunque estemos en el fin del mundo, es así-. Total de textos enviados por la gente: 42,000!)