4.9.08

Cositas mínimas que no logro entender del mundo (1)

Es fascinante cuando dos personas vienen caminando en sentidos opuestos por la misma vereda o pasillo, y de pronto se establece una especie de danza, de paso cedido simultáneo que no termina de resolverse; la mayoría de las veces, la gente circula sin problemas, como si cada uno conociera a priori a quién le toca pasar primero. Pero a veces quedamos hipnotizados con el otro bajo una especie de fuerza de gravedad, bajo un imán cuyo campo magnético genera un caos en los códigos sociales; un avergonzante contoneo en espejo nos hace mirarnos a los ojos con el otro atrapado, como buscando una respuesta. En el mejor de los casos, sonreimos, nos detenemos (también al mismo tiempo, sin que ninguno avance), hacemos torpes gestos de comunicación tipo primate. Por qué sucede esto a veces sí y a veces no es un misterio.

Otra cosa que me sorprende siempre es esa contemporánea imagen, cada vez más común, de la gente caminando mientras envía mensajes de texto desde el celular. Hace poco tiempo la detestaba, la despreciaba, me parecía la decadencia del imperio, el fin de la articulación humana con el entorno. Hoy yo también voy como una idiota "aprovechando el tiempo" en vez de mirar a mi alrededor, pisar las hojas secas, descubrir un detalle en una fachada o aprisionar las caras que nunca más volveré a ver, como hacía antes.

Tampoco entiendo del todo por qué soy capaz de ver nitidamente en la memoria a mi primo Alvaro, de tres años. Ese día terminamos de almorzar cuando él, con sus grandes ojos verde oscuro y sus piernitas colgando de la silla, anunció con desenfado: "Bueno, ahoda quiedo un cafeshito..."

No lo entiendo porque la escena ocurrió hace más de treinta años; si no, claro que lo entendería. Era un cielo, como muchos niños de tres años, o de cuatro.

Hablando de eso, creo que lo que menos entiendo es por qué Astor se despierta a las siete y media de la mañana! Es decir, por qué él está descansado, con todas las pilas, y dice que tiene "energía", y quiere ver una película en el patio y dibujar y desayunar, y yo en cambio estoy muerta de sueño, golpeada como vil saco de boxeador. Debe tener que ver con envejecer, con el inevitable vencimiento de la garantía. Pero igual cuesta acostumbrarse a la idea.

1 comentario:

vesna dijo...

Es verdad, son pequeñísimos misterios triviales, agujeritos negros de todos los días.
Lo de los celulares es un sentimiento compartido, de hecho he pensado en volver a usarlo como antes de adquirir la adicción de llevarlo encima: solo al salir de casa y aún sin él si voy con mi hijo, razón por la cual lo compré allá lejos y hace tiempo. ?Habrá que desenchufarse, y encontrarse más? Habrá que volver a decirse cosas con más de 156 caracteres? (Tengo un modelo antidiluviano: 156!)