26.10.07

Botines de cumpleaños

No hay fiesta este año: sólo (y nada menos) los festejos de los dos talleres presenciales, que ya fueron esta semana, y una cena con mi marido engripado, si sobrevive, mañana en un lindo restaurant fuera del ámbito en boga.

Botines recolectados hasta ahora:
  • 44 años, o casi
  • Un estupendo billete de mis bondadosos padres, que aplicaré en asuntos placenteros (léase libros, discos, cosas así: nada de terapias, cuentas asesinas de OSE y demás ramificaciones del Super Yo)
  • Un ticket completo para ir a la peluquería, tortura a la que sólo estoy dispuesta a someterme si me la pagan y si las nieves del tiempo platean mi sien, o al menos se ven algunos hilos de sabiduría demasiado evidentes
  • Un Luigi Bosca Malbec Reserva traído por una guerrera de plumas y lentejuelas
  • Un kit completo de "La Lupita" a domicilio, con quesadillas, guacamole, salsita, totopos y todo el paquete para los comensales
  • Unos chocolates, una hermosa flor, un marcador de libros, más vino, torta, alfajorcitos...
  • Un dibujo del Parque Rodó, con muchos colores y Gusano Loco, prometido por mi hijo

Seguiremos informando.
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25.10.07

El taller me mata!

El sábado 27 de tarde doy "Calaveras, flores y tequila", un taller que armé al volver del destierro para trabajar el espinoso tema de la muerte desde la sabiduría popular mexicana (aprovechando, siempre a fines de octubre, el inminente Dia de Muertos y mi naturaleza "bilingüe" entre las culturas de Uruguay y México). Lo di en 2005 y lo daré todos los años, gratis, mientras Dios me dé vida y esté en este país, pero lo lindo es que este año es en la Embajada de México que tiene un espacio hermosísimo, inaugurado hace pocos meses. El cupo se ha agotado, lo que me gratifica mucho (siempre me sorprende la buena recepción de mis extravagantes propuestas, juas! me da ánimos saber que a otra gente le viene bien lo que tengo para ofrecer).

Ahora, no sé si es por eso, o porque al otro día es mi cumpleaños y como todo ciclo mueve la famosa mortalidad, pero hoy volví a hacer el Death Test y parece que me muero a los 76. Es increíble que todavía tenga tanta cuerda (según esto, vivi el 58% de mi vida: ¡es poquísimo, considerando lo vieja que YA estoy!). Cualquiera hubiera dicho que yo de los 27 no pasaba!

De todos modos, no niego que es medio impresionante el asunto. Brrrrr, ya quiero que sea mediados de noviembre y salir del maldito, oscuro, tenebroso y profundo como el terciopelo negro Escorpio...

DEAD AT 76

cancer

18.10.07

El huevo o la gallina

Y yo me pregunto... ¿qué habrá sido primero? ¿Haberme leído a los 13 años todos los diarios del Che Guevara (los de "Pasajes de la guerrilla revolucionaria" eran alucinantes, pero también leí los de Bolivia, que eran bastante más aburridos), luego por el cuarto de siglo íntegros los "Cuadernos de la cárcel" de Gramsci (hice una monografía sobre su concepto de superestructura, pero no tenía por qué leerme sus diarios completos), y así, cartas, autobiografías, memorias, diarios de Kafka, Flaubert, Thomas Mann, Frida Kahlo, Casanova, Malcolm Lowry, etcétera y larguísimo etcétera? ¿Haber escrito yo misma cientos de cartas (en la era pre-correo electrónico, es decir, toneladas literales de papel), desde la primera noche fuera de mi país a los 8 años en que decidí mandarle una a mis abuelos, aunque recién íbamos por Buenos Aires? ¿Tener diario personal desde los cinco años, con mi temblorosa letra de niña precoz, un diario con tapa roja de cuero repujado, letras doradas y candadito que aún conservo junto con decenas de tomos? ¿Habrá sido primero todo eso, o yo simplemente sabía que en la vida adulta me apasionaría acompañar a otros en el misterioso viaje por la historia personal desde la escritura? ¿El famoso hilo de Ariadna, que sólo sabe manejar quien se internó en el laberinto alguna vez?



(*) Adviértase que este post puede contener publicidad subliminal, je je... así está el mundo
!

15.10.07

Tristes transiciones

Tengo la imperiosa necesidad de salir del ánimo sombrío de los últimos posts. Primero, porque no es el mood que me envuelve actualmente luego de un fin de semana hermoso, con mis dos hombres y tiempo libre juntos; segundo, porque en esta ciudad también tuvimos tres días con sol, una contradicción entonces, porque si hay sol afuera hay sol adentro (al menos para los que sufrimos, entre otros males, de SAD, o Seasonal Affective Dissorder... que en Uruguay es lo mismo que decir "casi todo el año"; ¡bastante bien la llevo aquí, con mi soleado medio-corazoncito mexicano!). Así que por donde se le mire, el lúgubre tinte de mi blog se va volviendo injusto en la medida en que no lo renuevo y dejo que entre la luz, que las corrientes barran los despojos y dejen fluir el agua cristalina otra vez. Pero no tengo nada tan contundente que decir, o que querer decir (por buenas noticias literarias, por ejemplo, ver la Bitácora del taller). Pensé en poner alguna información interesante o curiosidad, pero sería una visión demasiado fraccionada de mí misma, un quiebre abrupto, medio –bastante– esquizoide. Tampoco es para publicarlo...!

Pero entonces encontré algo perfecto para la transición, para seguir con un pie en un mundo y poder, no obstante, pasar por fin al otro, al seguro. Al que se construye a las orillas de la laguna Estigia, no en su centro: el mundo que suelo habitar la mayoría del tiempo, cuando la muerte no acaricia y no saltan los pedazos a mi paso. El único problema es que no lo escribí yo: lo escribió una amiga, pero como tal tiene algo de alter ergo (y de espejo ni se diga). Creo que es un post estupendo, exacto, sabio, y está bien escrito, como todo lo de ella. Espero que no se enoje por citarla sin permiso, van todos los créditos y la recomendación de que visiten su blog, Crónicas de la cebolla. Su nombre es Vesna Kostelich.


Tristes comparaciones

Cuando yo estoy triste soy ese armatoste desajustado que trata de esconder la tristeza bajo la alfombra. En cambio, cuando ella está triste, es como un vendaval del cual uno no puede protegerse con un paraguas. Cuando estoy triste, dejo que mi tristeza gotee aquí y allá, sobre cosas irrelevantes que se contagian, que se humedecen, gotitas nimias y maniáticas como grititos de colegialas tontas. Mi tristeza es absurda, pero no por ella, por mí, que la visto de rosa y moña como a la hija única de una madre posesiva. Pero cuando ella está triste, truena y relampaguea. Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta. Ella se desviste, se rasga, se descompone, se acaba. Se incendia, transmuta, tiembla, amenaza.
Cuando estoy triste, cocino, escribo, hago lo mismo que haría si no estuviera tan triste. Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

Su tristeza es la de una diosa que agoniza aunque se sabe inmortal.
Mi tristeza se acaba con el tiempo que pasa. La de ella, con la resurreción de las cenizas. Mi tristeza envejece sin ver la luz, llora por los rincones; su tristeza, la de ella, se pinta una boca desmesurada y se corre el rojo en los labios para que se vea la sangre. La mía es una tristeza que está siempre por nacer. La de ella, está a punto de morir.
(Sin embargo, hay que decirlo, ni a mí ni a ella es fácil consolarnos).

11.10.07

Caricia

Anoche, tarde y muy cansada, tapada con montones de frazadas porque un inexplicable frío se empezó a apoderar de mi cuerpo, sentí con toda claridad los dedos helados de la muerte tocándome la espalda.

Me refiero a que lo sentí físicamente. Era un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente, una especie de cosquilla maligna, un burbujeo gélido que empezaba del cuello e iba bajando hasta el el final de la columna. Me tapaba más y más, me tapaba hasta la frente, pero no había manera de conjurarla.

Recordé que Carlos Castaneda dice que nuestra muerte está siempre a la izquierda, más o menos a la distancia de un brazo. No es así. La mía, por lo menos, está en estos momentos a mis espaldas, demasiado cerca para mi gusto. Y no se trata de la muerte por mano propia ni mucho menos: es la clara sensación de que en este momento se abrieron agujeros difíciles de definir en el orden del universo, del universo que roza mi vida cotidiana, y ella está ahí, presta a empujarme por alguno. Mala compañía, realmente. No es la muerte linda, la muerte de los altares mexicanos, de las flores y la memoria, de la comida y la música, del tequilita para el finado, la muerte entrelazada con el amor y el recuerdo fiel: es la muerte esquelética, la gris, la que chupa la savia vital y se encarama en las espaldas como un mono, como una mochila, como un lisiado que finge.

G. me dio la mano porque percibió mi angustia, que parecía la angustia esperable de alguien frente a un insomnio inoportuno, en medio de mucho trabajo. Esa mano era lo único que me mantuvo con vida anoche: era tibia, era una mano de vida. Si no hubiera sido por ese contacto, quizás no hubiera despertado esta mañana. Más tarde me abrazó; apenas el calor de un cuerpo grandísimo como el de él podía controlar los escalofríos. Supe que, si él estaba allí, sería el escudo que mantendría a la Huesuda lejos de mi espalda, la echaría para que ya no me acariciara sin permiso.

Yo no puedo morirme, ciertamente. Tengo un niño chiquito, un ángel de capa, un dinosaurio de un metro de altura, con ojos azules que combinan con un cielo despejado de un Montevideo de buen humor o un Guanajuato ventoso por la altura.

Anoche estuve en el huerto de los olivos y tampoco me contestó Dios.

10.10.07

Electrocardiograma del duelo (6)

Quince días sin escribir, aquí ni en ningún lado, porque los espacios que van quedando para mi escritura son cada vez más mentales u oníricos, inasibles. No tienen más nada que ver con el papel o el teclado, y la verdad es que sufro mucho por ello. O quizás, a codazos con la realidad, escribo algún correo, algún post en la Levrero´s Tribe del Facebook, qué sé yo. Alguna servilleta. Alguna hojita en la sala de espera de un doctor. Pero el blog es, o debería ser, en estos tiempos de ya no poder estar conmigo misma, el cable a tierra, o mejor dicho, el cable al cielo, a lo que no es de este mundo nada más. Quince días sólo para poner estas pinches, miserables líneas.

Y sí, las pongo ahora, cuando no debo, en el medio de cosas sin hacer y cosas por atender, pero es que hace unos instantes sonaba en la radio una canción del Darno, una canción que nunca escuché, como tantas (es decir, todas sus canciones de "El ángel azul", primero porque me aterrorizaba poner el disco a pesar de que SyF me lo regaló, amorosa, y luego porque el día que decidí hacerlo no funcionó, decía "no hay disco", lo que tomé como señal de no estar preparada todavía), una canción que decía algo de Sarajevo, y que sonaba en otro idioma, o así me pareció, y era la voz de él, a punto de extinguirse, y de pronto sentí que la serpiente subía otra vez desde mi corazón hasta mis ojos y lo único que quería era llorar. Esa voz que nada ni nadie nos devolverá, y que hay que agradecer tanto, tanto que haya quedado grabada, inmortal... incluso hay que agradecer por esas últimas, agónicas grabaciones que Ferradás logró ayudar a parir cuando nadie lo hubiera creído posible.

Ya me lo había advertido mi amiga Morgana: "Vas a llorar mucho cuando lo escuches. Yo me dije entonces que era el último disco del Darno, y así fue". Hadas, brujas, al fin de cuentas.