26.6.07

El invisible (y práctico) encanto de la puntuación


Este fragmento sin puntuación y luego con puntuaciones alevosas (según los intereses de cada intérprete) llega hasta ustedes gracias al aporte de Katia E. Dedicado (con fines didácticos) a todos aquellos que cuando escriben no ponen ni un punto ni una coma (y mucho menos un punto y coma), y después se ven embarullados en cualquier equívoco y malentendido, por ejemplo el matrimonio o un duelo al amanecer por agravio al honor.

Tres bellas que bellas son me han exigido las tres que diga de ellas cual es la que ama mi corazón si obedecer es razón digo que amo a Soledad no a Julia cuya bondad persona humana no tiene no aspira mi amor a Irene que no es poca su beldad.


SOLEDAD Tres bellas, ¡qué bellas son!, me han exigido las tres que diga de ellas cuál es la que ama mi corazón. Si obedecer es razón, digo que amo a Soledad; no a Julia cuya bondad persona humana no tiene; no aspira mi amor a Irene, que no es poca su beldad.


JULIA Tres bellas, ¡qué bellas son!, me han exigido las tres que diga de ellas cuál es la que ama mi corazón. Si obedecer es razón, ¿digo que amo a Soledad? No. A Julia cuya bondad persona humana no tiene. No aspira mi amor a Irene, que no es poca su beldad.

IRENE Tres bellas, ¡qué bellas son!, me han exigido las tres que diga de ellas cuál es la que ama mi corazón. Si obedecer es razón, ¿digo que amo a Soledad? No. ¿A Julia cuya bondad persona humana no tiene? No. Aspira mi amor a Irene, que no es poca su beldad.


EL JOVEN Tres bellas, ¡qué bellas son!, me han exigido las tres que diga de ellas cuál es la que ama mi corazón. Si obedecer es razón, ¿digo que amo a Soledad? No. ¿A Julia cuya bondad persona humana no tiene? No. ¿Aspira mi amor a Irene? ¡Qué!... ¡No!... Es poca su beldad.

16.6.07

Segunda historia Levrero/Onetto a cuatro manos

II. La escena se repetía en mi mente, con ligeras variantes: el ciego que se iba acercando, lenta e inexorablemente, a la plataforma de aterrizaje de las avionetas sin que nadie se percatara del peligro. Parecía mentira que el hombre hubiera podido llegar hasta allí sin que nadie lo detuviera, siendo que no se permitía pasar a nadie sin un documento especial que acreditaba su identidad. Pero el ciego había burlado todos los controles, y había llegado hasta allí, y yo había tratado de gritar una advertencia, aferrado al tejido metálico. El ciego siguió caminando como si nada. Una y otra vez me pregunto si no hubiera sido mejor trepar sobre la valla y correr hacia él, aunque sé que hubiera sido inútil: el aeroplano ya había tocado tierra y rodaba por la pista dispuesto a llegar a su destino sin imaginarse que el puntito negro no se correría.

No sé por qué esa escena repetía una y otra vez en mi mente; sería algo simbólico porque finalmente un comando de seguridad irrumpió en la pista secuestrando al ciego que protestaba furioso. Después vinieron tiempos mejores.


nota del editor: hay que aclarar que el ejercicio consistía en que cada uno de los participantes escribiera diez palabras *exactas* (ni una más ni una menos) antes de pasárselo nuevamente al compañero.

15.6.07

Primera historia Levrero/Onetto a cuatro manos


I. Por la calle se veía venir a lo lejos una carroza de carnaval guiada por un chofer borracho que gritaba. No pude entender qué gritaba. Tampoco pude entender de dónde había salido una carroza de carnaval a esa altura del año, pero lo cierto es que venía desbocada hacia mí con sus dos cabezas de dragón moviéndose, una hacia la derecha, la otra hacia la izquierda, de un modo pausado e hipnótico. Empecé a correrme lentamente de la posible área de colisión cuando en realidad debí haber huido prontamente. Pero es que los detalles de las cabezas de dragón me tenían fascinado. Por lo general, esas cosas no se fabricaban con tanto detallismo ni con materiales tan brillantes como hermosos. Iban en cámara lenta, pesadas, y el coche se deslizaba a una velocidad demencial. En el último instante, con un esfuerzo desesperado, pude escapar del embrujo de la cabezas de dragón y corrí. La carroza chocó espectacularmente contra el muro y explotó, como si hubiera estado cargada de dinamita. El conductor fue proyectado hacia afuera, envuelto en llamas que por un instante parecían provenir de las cabezas despedazadas de los dragones.


nota del editor: hay que aclarar que el ejercicio consistía en que cada uno de los participantes escribiera diez palabras *exactas* (ni una más ni una menos) antes de pasárselo nuevamente al compañero.

9.6.07

Levrero y La Ciudad (no "La ciudad" de Levrero)

El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito "DIALEVR.doc" en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo "a cuatro manos" el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: "Después vinieron tiempos mejores", que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente... por supuesto, una mente algo delirante).

El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país ("La ciudad te seguirá", advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

"Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón, así
en toda la tierra la echaste a perder".



3.6.07

Invierno en el sur



Bueno, empezó junio y estoy sobreviviendo sin traumas, para mi sorpresa. Incluso llego a encontrar lindos algunos días. Es la época de la estufa a leña, del vino tinto, de la pasta y los guisos, del chocolate amargo, de la poesía triste, de las hojas amarillas y rojas pendiendo de los árboles, del agradecimiento cuando algún día sale el sol, a pesar del frío. Pero el frío no ha logrado penetrar en mi alma esta vez.

Escucho "Zurcidor" y me pregunto al dejar circular por el aire esa voz otra vez, esas canciones perfectas y de otro tiempo, de un tiempo fuera del tiempo y del espacio: "¿Se da cuenta el mundo de lo que perdimos con la muerte de Darnauchans o ya dieron vuelta la página? ¿Tomaron conciencia de lo que implica esta pérdida? Porque si lo hubieran hecho, estarían llorando todavía, rasgándose las vestiduras, llevándole flores y flores a la tumba, prendiéndole velas para pedirle favores, construyendo estatuas y monumentos en su memoria, nombrando las calles con su nombre, enseñando sus canciones en la escuela junto con Artigas y demás, cubriendo de pétalos cada lugar por donde pasó, agradeciéndole una y otra vez que haya nacido en este país, que nos haya dado la oportunidad de descubrirlo, aun agazapado debajo de las piedras... "

La verdad es que todavía no me animo a poner "El ángel azul".