13.7.09

De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
Un abrazo,
Mario.

12.7.09

Lo que no se escribe

Lo que dejo pasar, lo que no escribo, se pierde para siempre, regresa al útero negro de lo que simplemente no es ni será. Por mi mente pizarrón pasan varias veces al día casi ráfagas de tiza, llegan oleadas de textos que creen, inocentes, que igual sobrevivirán pese a no ser escritos. Pero es inevitable que se desvanezcan, igual que pasaría con un sueño cuando uno no despierta con la clara intención de sacarlo de la nada.

Para atrapar a unos y otros, textos y sueños, hay que lanzarse sobre el papel como un endemoniado, como un monje en éxtasis, fuera de todo, lanzarse y nadar sin pausa hasta la otra orilla. Y eso da miedo, por supuesto, porque la obsesión por otros mundos podría sacarlo a uno de este.

Pero saber eso no quita -no quita en lo más mínimo- que lo que no escribo se pudra dentro de mí, eche raices de loto y flote en un estanque sucio. Porque lo que no escribo está herido de muerte, yo misma lo estoy, en tanto no quede escrito. "Y después podrás morir en paz". Quizás después, después apenas.

8.7.09

Mi Tristán

En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.

1.7.09

Sala de des/espera

los miro a los tres
barcos fantasmas que flotan inasibles
tirando de una cuerda casi plata
a la que voy atada
tal como iría un condenado sin culpas

me quieren rescatar
mantenerme de pie
me quieren confortar
pero no ven que con su cincha
me jalan más y más hacia la muerte

el tío
el abuelo
el bisabuelo
y yo abrazada a un mástil
oyendo cantar a las sirenas

11.6.09

Problemas existenciales de la maternidad y el esposazgo (1)

He comprobado por experiencia propia la inutilidad de los simuladores. De las suposiciones previas, los "como si"; de la empecinada maniobra de nuestra racionalidad, que insiste en anticiparse a los acontecimientos y pretende -con toda soberbia- tener los medios para acceder a la vivencia directa antes de la vivencia en cuestión. Pamplinas, puras pamplinas (diría aquí, si esto se tratara de un comic). Los simuladores, claro está, deben tener su utilidad cuando uno quiere entrenar para poder manejarse en el espacio sideral, pero en temas más terrestres, propios "de la vida misma", no hay modo de poner la carreta delante de los bueyes: sabremos de qué se trata cuando estemos metidos hasta las orejas en aquello de lo que se trata. Ni un minuto antes y, para colmo de males, de manera intrasmisible. Tómese como ejemplos extremos actos como nacer o morir, los ritos iniciáticos más contundentes por los que puede pasar un individuo, desintegradores y terroríficos mientras se viven, pero con el triste premio de no conservar memoria o posibilidad de legado alguno.

La maternidad es un paradigma de estas vivencias exuberantes -incluso arquetípicas- con pobre capacidad de ser previstas desde afuera, por más libros que se lean, botellas de ginebra que se tomen o declaraciones existenciales que se hagan. Seguramente, todas esas mujeres que siempre quisieron ser madres, que jugaron a las muñecas, que soñaron con el príncipe azul y se probaron sus prendas mil y una vez antes de salir a una fiesta, tengan las cosas más fáciles: para ellas, no tener un niño a cargo sencillamente no es una posibilidad (de hecho, cuando ocurre, lo viven como un fracaso), un enorme vientre de embarazada es un motivo de orgullo -"yo también puedo"-, y en general no se les pasa por la mente que su realización (palabra odiosa, que implica quién sabe qué traducciones extrañas entre los reinos del ser y el no ser en sentido absoluto) no necesariamente incluye "su realización como mujer" en sentido biológico. Nunca escuché a un varón decir que no se siente "realizado como hombre"; sí, quizás, "como padre", lo que no deja de tener cierta lógica si uno no tiene hijos (como supongo que tampoco se sentirá realizado como abogado si es dentista, por cierto).

Yo nunca quise ser madre -de hecho, siempre afirmé que jamás lo sería- hasta que quise ser madre. O, más precisamente, madre de un hijo con G. Igual, aun entonces, me faltaban unos cinco años todavía para estar lista; siempre me hubieran faltado cinco años más para animarme (de hecho, creo que todavía me faltan). Esa es la ventaja/desventaja del límite reproductivo de las mujeres: se cobra plena conciencia del para siempre, sea el para siempre de tener un hijo como el de no tenerlo. Los hombres, con gimnasio, cirugía y una esposa progresivamente más joven, podrían engañarse hasta el fin de sus días.

Pero yo decidí decir que sí y el Universo me dio la razón, me dijo: "Hágase Tu voluntad", me palmeó la espalda enseguida. Quizás temía que, si lo pensaba más, me echara para atrás y entonces se hubiera quedado sin Astor. Fue un pestañeo en mi incipiente capacidad de decir "sí", un titubeo en mi prodigiosa capacidad de decir "no". Me alegro de que haya salido bien: en un pestañeo, en un titubeo, caben cosmologías inmensas, eones de vidas posibles, áridas odiseas enteras.


No he llegado ni al segundo párrafo del prólogo. En realidad, sólo quería contar un sueño lunar que tuve la otra noche. Y la visión de dos personajes oníricos que se atravesaron en mi camino a plena luz del día. Y la sensación de haber vuelto a ver hoy a uno de ellos, en un video, durante un instante mientras hacía una fila. Pensé que, quizás, si contaba por qué ya no puedo ocuparme de esas cosas -cosas que me perturban, me alegran, me intrigan, me azuzan-, tarde o temprano desembocaría en la caza de las imágenes mismas, en el tejido brillante de la telaraña. Pero aún están muy lejos, a kilómetros de mí misma. Aún muy lejos de este pedacito de texto.

Sí, es que no he llegado todavía ni al segundo párrafo del prólogo.

27.5.09

Un poco de luz y liviandad...

Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.

¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas... Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano...


19.5.09

Hoy escuché trinar a Benedetti...

"¿por qué será que los pájaros cantan
después de los entierros memorables?"



Foto: El País de Uruguay


18.5.09

Gracias, gracias por el fuego (1920-2009)

"Cuando parece que la vida imita al arte, es porque el arte ha logrado anunciar la vida".

(de Epílogos míos, MB)


Es triste, muy triste despedirlo, mi primer don Mario montevideano. Le han acomodado una sala velatoria de lujo, "el Salón de los Pasos Perdidos", en un día feriado, cansino, a media marcha (que ahora se volvió de luto nacional, decretado y espontáneo). Y además un día frío, gris, lluvioso: más montevideana la puesta en escena, imposible. Mis reverencias a la producción.

Lástima que ser inmortal sea sólo en sentido figurado: es temible este "punto final" que (nos) ponen a cada rato los escritores... Mi adolescente acaba de terminar para siempre.

La velan y lo velan aquí.

8.5.09

Respirar

El otro día al final de la clase de Pilates, F. nos hizo respirar muy hondo al final en una especie de torsión relajada, casi a oscuras, nada demasiado distinto que otras veces. Pero por algún motivo -ella dice que la propia respiración hizo ceder un bloqueo, una memoria enquistada- desde ese momento empezaron a sucederse en mi mente, sin buscarlas, las imágenes de mi vida como asmática. Cosas de las que ya no me acordaba para nada. Eran sobre todo imágenes entre los tres y los ocho años; claro, de antes no me acuerdo mucho, y después me fui del país, lo que arregló el problema. Los ataques de asma al regresar de grande duraron un par de años hasta que me convencí de que era una membresía que me hacía pagar demasiado cara la cuota y renuncié al benedettiano club de la disnea.

El consultorio del Dr. Artucio tenía peces de colores. Una vez había uno de ellos que nadaba con el ojo negro, hinchado; me impresionaba mucho y no podía dejar de mirarlo. El alergista también tiene peces de colores, con un extraño cartel en letras mayúsculas: "NO TOQUE EL VIDRIO. ELLOS SE ASUSTAN, SE GOLPEAN Y SE MUEREN". Cualquiera diría que lo escribió Malcolm Lowry.

Mi madre decía que el Dr. Artucio era alcohólico. Yo lo quería, me curaba, o al menos hacía como si pudiera curarme. Me recetaba Betacor (blanca) y Polaramine (roja). Maldita cortisona. De chiquita me daban inyecciones día por medio en el hospital; yo esperaba, estoica, y el gallego que hervía las jeringas antes de clavármelas me regalaba el frasquito. A veces me compraban pastillitas Plucky a la salida.

Tenía que hacer ejercicios respirando con una bolsa de tela azul marino en el estómago, una bolsa llena de arena. Fue extraño conectarme otra vez con esa bolsa. Se parece a la bolsa de semillitas que caliento en el microondas cuando me duele mucho la nuca. Qué casualidad, también es azul marina cuando le saco el forro, pero no tiene tanto peso como aquella. Tanto, tanto peso.

Mi vida de niña fue un largo ataque de asma mientras los otros niños -mis primos, los vecinitos- me miraban por la ventana del cuarto con pena y se compadecían de que no pudiera salir a jugar. Era mirar al arenero de la estancia de mis tíos desde el cuarto del fondo, el que tenía una ventana para que no me aburriera y una salamandra que daba calor. Si corría, me atacaba; si me reía mucho, me atacaba; si me ponía nerviosa y/o interactuaba socialmente, me atacaba. ¿Qué podía hacer, entonces?

Por eso no tiene ningún mérito leer desde los tres años y escribir desde los cuatro.

5.5.09

¿Qué le dijo México a la influenza? ("Mira cómo tiembloooooo....")

Estoy muy preocupada por la situación crítica que vive México con este nuevo azote de la ira de Dios sobre sus territorios (ya bastante tienen con terremotos, narcos, inundaciones, pobreza, huracanes, smog, delincuencia, por comenzar la lista). Con todo esto de la pandemia que se originó en mi otro país, me acordé de aquella profecía sobre el fin de los tiempos en el año 2012: se supone que el calendario maya termina el 21 de diciembre de ese año, marcado como el fin de esta civilización humana (nunca falta el "new ager" negador - según les conviene, las profecías corren literalmente o son simbólicas- que diga que es en sentido figurado y que no se trata de ninguna calamidad, pero aquellos tipos sabios eran bastante buenos en estos cálculos, tan buenos como para dejar sus ciudades vacías cuando aparecieron los españoles). ¿Y justo viene a brotar en México algo que amenaza con convertirse en una especie de Peste Negra Reloaded para el mundo entero? Siento ñáñaras (y me froto las manos con el alcohol en gel, por si acaso). Quizás ya nos llegó la hora y habrá que prepararse, no dejar nada pendiente, tomarse las cosas en serio. Somos mortales, qué gran noticia. Pero no sabemos qué será peor: si las consecuencias sanitarias o las consecuencias sociales del pánico, por no mencionar las económicas que en la ciudad más grande del mundo y sus amplios alrededores nacionales van a pegar durísimo. Y veremos qué pasa con nosotros, los demás, sobre todo con los países que comenzamos el invierno.

Y hablando de "tomarse las cosas más en serio", a veces siento culpa (aquí, a lo lejos) por reírme de los comentarios que me llegan desde el conocido humor negro de los mexicanos; amigos y gente que conozco de las redes sociales se defienden como pueden de esta nueva pandemia, la del aislamiento y el rechazo, la de los leprosos relegados, la del miedo a enfermarse (como es natural), la del aburrimiento por suspender las actividades laborales y diversiones colectivas habituales, la del diálogo subido de tono con la muerte. Pedro Meyer, fotógrafo mexicano, dijo el otro día en Facebook que el pueblo mexicano es ideal para esta crisis de la gripe porcina: le encantan las máscaras y el apocalipsis. En Twitter, Hamletmaschine dejó caer un "Hora de repasar Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus" (yo agregaría La peste de Camus), Rougite clamó: "Tómenla, pinches gringos!!! Para que vean que el fin del mundo no se va a iniciar en Nueva York!!!" y Crorsa consideró que aunque haya apocalipsis uno no debe dejar de pagar sus cuentas (también, luego del fuerte temblor del volcán Popocatepetl, en medio de esta situación crítica de salud, agregó: "Suerte a todos con el Popo. Nomás falta que mi madre se venga a vivir conmigo"). Y Paozen publicó en Facebook la útil oración a San Influenza, que recomiendo llevar en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, no importa en qué punto del planeta se viva. Por su parte, la Cumbia de la Influenza lleva como medio millón de reproducciones en YouTube. También hay una genial galería de fotos, Pimp My Swine Flu Mask, sobre las ocurrencias que tuvo la gente para sobrellevar esta situación.

Yo agradezco y bendigo esa capacidad que tienen los mexicanos de transformar la propia muerte en una calaverita de azúcar. Algo habré recogido de ese espíritu durante mis casi dos décadas allá, pero es increíble cómo cambian las visiones y se pierde el humor cuando uno tiene un niño chiquito.

Ayer en la ducha recordé súbitamente la canción aquella de María Elena Walsh, la de Mambrú. Me encantaba de chica y de hecho se la canté mil veces a Astor bebé allá en Querétaro; en mi propia infancia siempre la había cantado con total inocencia acerca de los resfríos, una enfermedad leve y graciosa por los estornudos ("A-a-a-a-a-achús!", decía la canción al final de cada verso). Fue ya de adulta cuando un día me di cuenta de que el divertido resfriado de Mambrú y sus cuates se trataba de los millones de soldados muertos durante la Primera Guerra Mundial, no a causa de los ataques bélicos sino por la epidemia mundial de gripe de 1918. Por no hablar del resto de la población, que también se contagió (dicen que por la guerra misma murieron 10 millones de personas; por la gripe, se manejan cifras entre 40 y 100 millones. No haber admitido la epidemia para no frenar los combates fue lo que más agravó el asunto, por eso le llaman "gripe española": porque España, que era neutral, difundió lo que estaba pasando en su territorio). Espero que lo que vivimos hoy no sea el caso, una difusión masiva del mal. Al menos ahora se reconoció de entrada, por más pánico que haya causado. No creo en las teorías del complot o que el virus no exista, por cierto, pero por lo que cuentan o reflexionan quienes viven en el DF o en México en general las cosas son más complejas que lo que parecen a simple vista. Como sea, asusta.

Sin duda, más que "La canción del estornudo", precisamos al brujito de Gulubú, o mejor dicho a aquel doctor manejando un cuatrimotor, con sus mágicas vacunas.


LA CANCIÓN DEL ESTORNUDO

María Elena Walsh

En la guerra le caía
mucha nieve en la nariz,
y Mambrú se entristecía.
Atchís.

Como estaba tan resfriado
disparaba su arcabuz
y salían estornudos.
Atchús.

Los soldados se sentaron
a la sombra de un fusil
a jugar a las barajas.
Atchís.

Mientras hasta la farmacia
galopando iba Mambrú,
y el caballo estornudaba.
Atchús.


Le pusieron cataplasma
de lechuga y aserrín,
y el termómetro en la oreja.
Atchís.

Se volcó en el uniforme
el jarabe de orozuz,
cuando el boticario dijo:
Atchús.

Le escribió muy afligido
una carta al rey Pepín,
con las últimas noticias.
Atchís.

Cuando el Rey abrió la carta
la miró bien al trasluz,
y se contagió en seguida.
Atchús.

"¡Que suspendan esta guerra!"
ordenaba el rey Pepín.
Y la Reina interrumpía:
Atchís.

Se pusieron muy contentos
los soldados de Mambrú,
y también los enemigos.
Atchús.

A encontrarse con su esposa
don Mambrú volvió a París.
le dio un beso y ella dijo:
Atchís.

Es mejor la paz resfriada
que la guerra con salud.
los dos bailan la gavota.
Atchús



28.4.09

Querida Idea enlutada con verde mirar lento

Otra muerte emblemática para agregar a mi colección. Al menos ahora tengo el alivio de vivir sólo la pérdida del ícono, del símbolo, del maestro invisible, no de la persona real. Algo que muchas veces se confunde desde la intimidad que se genera entre un poema, un texto, una canción y quien los recibe: los amigos, la familia, quienes trataron cara a cara a ese artista "propiedad de todos" viven las cosas distinto, porque la pérdida del ícono queda ensombrecida y aplastada por la pérdida del amigo o del familiar. Pero uno de afuera, abrumado por perder a sus maestros y juglares simbólicos, a veces cree que es lo mismo. La vi durante un curso de Paco Espínola que hice en la Facultad de Humanidades cuando tenía veinte años; le pedí para asistir de oyente, ya que yo cursaba Filosofía y no Letras. Paco Espínola no me interesaba en particular: sólo la quería a ella, estar cerca de mi poeta favorita (¿qué debo decir: "favorito"? ella era la que más me gustaba, entre hombres y mujeres poetas), recibir alguna onda sutil de la piedra en el charco de su fuerza, algún reflejo de su fiera pasión por la vida (no nos equivoquemos como con el Darno: la muerte duele mucho cuando uno quiere vivir), de su negra intensidad venenosa. Sin embargo, sólo encontré una triste, frágil y pequeña mujercita que podía haber sido cualquiera.

Sí, lloré en silencio hoy cuando leí que murió Idea Vilariño. Podría ir a su velorio -como no pude ir al de Mario- pero no lo haré, no es importante, en este caso. Era un milagro que siguiera viva todavía, casi a los 90 (esa es la prueba de que el pesimismo y la amargura no son necesariamente malos para la salud, y en su caso tampoco lo eran para la salud de los otros), y estaba internada, así que no fue ninguna sorpresa. Pero, bueno, el mundo queda más solo y uno duda, un poco huérfano, de sus propias percepciones. Es una bendición que lo que se escribe permanezca, no dependa de cuerpos, corazones, presencias físicas.

Gracias, maestra, reflejo, gran mujer dolida. Al fin empezarás a descansar, valiente guerrera. Aguantaste hasta el final. Morirse de dolor a los veintipico en medio del esplendor, la belleza, la vida a manos llenas, eso -la verdad- lo puede hacer cualquiera.


Trabajar para la muerte

El sol el sol su lumbre
su afectuoso cuidado

su coraje su gracia su olor caliente

su alto

en la mitad del día

cayéndose y trepando por lo oscuro del cielo

tambaleándose y de oro

como un borracho puro.


Días de días noches temporadas

para vivir así para morirse
por favor por favor
mano tendida

lágrimas y limosnas
y ayudas y favores
y lástimas y dádivas.


Los muertos tironeando del corazón.

La vida rechazando

dándoles fuerte con el pie

dándoles duro.


Todo crucificado y corrompido
y podrido hasta el tuétano

todo desvencijado impuro y a pedazos

definitivamente fenecido

esperando ya qué

días de días.


Y el sol el sol

su vuelo

su celeste desidia

su quehacer de amante de ocioso

su pasión

su amor inacabable

su mirada amarilla

cayendo y anegándose por lo puro del cielo
como un borracho ardiente
como un muerto encendido

como un loco cegado en la mitad del día.



Si muriera esta noche


Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera

si este coito feroz

interminable

peleado y sin clemencia

abrazo sin piedad

beso sin tregua

alcanzara su colmo y se aflojara

si ahora mismo

si ahora

entornando los ojos me muriera

sintiera que ya está
que ya el afán cesó

y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas

y el dolor de los otros y el amor y vivir

y todo ya no fuera un haz de espadas

y acabara conmigo

para mí

para siempre

y que ya no doliera

y que ya no doliera.



Quiero morir

Quiero morir. No quiero oír ya más campanas.
La noche se deshace, el silencio se agrieta.
Si ahora un coro sombrío en un bajo imposible,
si un órgano imposible descendiera hasta donde.


Quiero morir, y entonces me grita estás muriendo,

quiero cerrar los ojos porque estoy tan cansada.

Si no hay una mirada ni un don que me sostengan,
si se vuelven, si toman, qué espero de la noche.


Quiero morir ahora que se hielan las flores,

que en vano se fatigan las calladas estrellas,

que el reloj detenido no atormenta el silencio.


Quiero morir.

No muero.
No me muero. Tal vez
tantos, tantos derrumbes, tantas muertes, tal vez,
tanto olvido, rechazos,

tantos dioses que huyeron con palabras queridas

no me dejan morir definitivamente.



Poema número 19


Quiero morir. No quiero
Oír ya más campanas.


Campanas -qué metáfora-
o cantos de sirena
o cuentos de hadas
cuentos del tío -vamos.

Simplemente no quiero

no quiero oír más campanas.



Más sobre Idea:

Los versos de la mujer triste
Nuestra señora de la soledad
Perfil: ida y vuelta (en El País de España)
Entrevista por Elena Poniatowska

(El título del post pertenece a una carta que Juan Ramón Jimenez escribiera a Idea Vilariño)

15.4.09

Almohadas

"La almohada está húmeda. Creo que ha llorado".

Una vez, cuando era niña, leí una de esas revistas de Susy, secretos del corazón. Bah, las debo haber leído muchas veces, aunque no me afectó tanto como pudo haberlo hecho, considerando mis retorcidos caminos amorosos posteriores. Nada de bodas y príncipes azules, pero no voy a negar que espiar en esas revistitas me hacía latir el corazón con el sabor de lo prohibido. También leía Satanik sin permiso, pero esa es otra historia.

Me acordé hoy, precisamente, porque una de las viñetas de Susy, secretos del corazón quedó grabada a fuego en mi alma para siempre (considerando que leo desde los tiernos tres años, aunque obviamente no empecé por dichos pasquines, puede decirse que "para siempre" es, en mi caso, una punta asombrosa de años). Fue como una revelación, o mejor dicho, una aspiración secreta que desde entonces cultivo. Una pareja entraba a una habitación oscura en la que dormía una joven rubia; no recuerdo qué cosa terrible le habría pasado -posiblemente el plantón de algún novio, porque en esa revista siempre se trataba de eso- pero estaba pasando por un momento muy duro. Se acercaban a ella sigilosamente, y entonces la mujer le decía a su compañero aquellas palabras mágicas:

"La almohada está húmeda. Creo que ha llorado".

Toda la vida he deseado perversamente que alguien, mi padre, mi madre, mis novios, mis amigos, mi único hermano, anhelado que alguien se acercara calladito hasta mi lecho de dolor -por llamarlo de alguna manera rimbombante, propia de una amiga de Susy como yo- y tocara mi almohada, mientras yo dormía, buscando rastros de mis lágrimas. Que observara las señales, que supusiera, que me siguiera los pasos para desenmarañar mis tristezas. Pero como eso nunca ha ocurrido, no tengo más remedio que llorar bien visiblemente cuando lo hago, a mares y fúrica-y ahí se pierde el encanto de la sutileza y la preocupación ajena- o inundar mis almohadas durante los insomnios solitarios sin la menor intervención del mundo externo. Y ocultarme, claro, y ocultarme. Pero es que no tiene gracia sembrar pistas si nadie va a ocuparse en descifrarlas.

¿Tendrían acaso llave de la casa de esa muchacha para poder entrar así mientras ella dormía? ¿Estaría tan dopada para bancar su dolor que ni siquiera los escuchó? ¿O se haría la dormida únicamente para escuchar la frase bálsamo del amor ajeno?

¿Y, por cierto, quién anda por el mundo tocando almohadas?

¿Y por qué le sorprendería tanto a la detectivesca pareja que esa u otra persona hubiera llorado, como si se tratara de una enfermedad eruptiva? ¿Es que no llora la gente en el mundo normal? ¿Lo verán como tener fiebre, un estado semi inconsciente en el que uno precisa que otros se ocupen de cuidarlo y le traigan la sopita?

Todo esto debe ser parte de los secretos del corazón que no entendí del todo por mi corta edad. Busqué la frase maravillosa en internet y di con mil situaciones problemáticas que escribían otros, pero no con la "escena primaria" a la que me arrojó Susy.

Es como si viera todavía el estático dibujo característico y el globito con el texto...



9.4.09

Cosas viejas en tercera persona

(Rescaté esta pieza arqueológica del sótano. Es de hace 13 años, uf. No me gustan esas historias de "Juanes" y "Marías", como decía Levrero, pero en ciertos casos se justifica).


Aquella mañana, María salió temprano a alimentar a los animales. El establo olía a pasto fresco y a estiércol como siempre. Por entre las varillas del techo, se colaban los rayos del sol que iba ascendiendo lentamente. María llenó un cubo con agua del tinaco y refrescó el lomo de su burrito, le habló cariñosamente como todas las mañanas. Pero los animales estaban extraordinariamente inquietos, como si presintieran algo. Como si un ladrón estuviera agazapado entre ellos, escondido en el establo. A María le llamó la atención el creciente revuelo generalizado que empezaba a tener lugar: las aves corrían graznando y agitando las alas, como si de golpe sintieran nostalgias de un vuelo jamás vivido; los burros pateaban el piso con la bravura digna de un caballo árabe; los perros de la casa ladraban confundidos, sin saber a quién dirigir su reto temerario.

María sintió miedo. En general, sus mañanas en el establo transcurrían en la mayor paz mientras cantaba y jugaba con las bestias. Pasaba sola la mayor parte del día y había aprendido a tener gran cariño por sus animales desde niña. Pero nunca los había visto comportarse en aquel temple desordenado, salvaje. Tuvo la sospecha de que había alguien más vigilando detrás de algún pajar. Quizás un caminante que se había cobijado en el establo, y ahora la vería a ella, apenas una muchacha y totalmente sola. María empezó a moverse con prudencia en dirección a la puerta. Su corazón latía desbocado; el caminante podria abalanzarse sobre ella si notaba que había sido descubierto. Si el hombre decidía tomarla por la fuerza, estaría perdida: no habría nadie para escuchar sus gritos, nadie para ayudarla. La muchacha palideció de pánico. Faltaba muy poco ya para su boda; si algo le pasaba con un hombre, todos pensarían que había sido por su culpa. Y nada estaba más lejos de la mente de María que engañar a su prometido. Pero las leyes eran las leyes; lo único que podía salvarla del castigo era escapar a tiempo.

Los animales estaban cada vez más excitados y temerosos. La joven súbitamente tuvo una revelación: supo sin lugar a dudas que en el establo había otra persona, y que esa persona la estaba buscando a ella. Corrió hacia la puerta. Los perros ladraban hacia adentro del establo y hacia el techo, corriendo enloquecidos alrededor de ella. Una bandada de palomas cruzó los aires y salió libre, perdiéndose en los cielos.

Pero a pesar de sus esfuerzos, María no logró salir del establo finalmente. Cuando estaba a punto de lograrlo, sintió que caía sobre sus espaldas un peso abrumador, caliente, que la tiraba al piso inmovilizándola. La joven trató de darse vuelta para ver la cara del hombre que la tenía sujeta, pero no lo conseguía: estaba totalmente paralizada por su cuerpo enorme. Extrañada, se dió cuenta de que no sentía nada: ni miedo ni dolor ni rabia alguna. Estaba quieta en el suelo del establo, esperando que ocurriera algo que no podía precisar siquiera. Debajo de aquel cuerpo, debajo de esa presión que le devolvía un calor singular que jamás había sentido antes, experimentaba una inmensa paz. Ese calor la acariciaba, la estremecía de alegría y no podía explicarse por qué le ocurría así.

De pronto, otra nueva sensación inundó el interior de su cuerpo y entonces ella sintió que aquella unión con el desconocido era lo más importante que le ocurriría en la vida. No se asustó cuando tuvo la certeza de que había concebido un niño y que ese niño nacería, a pesar de las leyes humanas. Se vió a sí misma sentada en el desierto; el niño estaba jugando en la arena, a su lado. Sus manos pequeñitas cavaban un pozo, y de ese pozo surgía un manantial de agua purísima. Los dos reían bañándose en el agua y bebiendo todo lo que querían de ella. Suspiró aliviada y sonrió. Ya no le importaba nada lo que ocurriera con su boda.

Entonces los animales se amansaron súbitamente; todos se quedaron quietos donde estaban, sin emitir sonido alguno. Apenas eran testigos perceptibles de la escena. María volvió a tener conciencia de la situación; pronto se percató de que ya no había hombre alguno a sus espaldas. En algún momento mientras estuvo al borde del desmayo, el caminante aquel había desaparecido. La muchacha se levantó y se sacudió las ropas. Se sorprendió cuando no encontró rastros de sangre entre sus piernas. Luego recogió su manto y se cubrió la cabeza, aún aturdida por lo que acababa de pasar. Cerca del tinaco de agua, levantó un cubo y se arrodilló para llenarlo.

Entonces una luz dorada hermosísima inundó el espacio del establo. María soltó el cubo y toda el agua se volcó por el piso. Asombrada, escuchó una voz angelical que, llena de amor, le decía: “Dios te salve, María, llena eres de gracia...”

20.3.09

Electrocardiograma del duelo (8)


Sí, aún se mueve abruptamente la gráfica, picos y descensos, violentos tajos en la pantalla del alma, ritmos marcados -"pip, pip, pip, pip"- que hacen sufrir taquicardias cuando llegan los aniversarios, como este 7 de marzo y todos los días previos, tristes, muy tristes. Lejos estoy todavía del temido y ansiado "piiiiiiiiiiiii"... A veces pienso que, por algún extraño juego de espejos, lo he llorado más que a Levrero, que era mi maestro, mi mejor amigo, socio y compañero de ruta. Otras veces pienso que es porque Mario -y fue por cabezón nomás (uno, que no podía más con la vida, y el otro, que prefirió morirse: eso hace que uno tome partido)- se me desapareció hace cinco años y me he venido olvidando de todo lo llorado; Eduardo, en cambio, hace dos (¡sólo dos! ¡ya dos!). Lo increíble es que en realidad al Darno no lo veía hace mucho, muchísimo, pero siempre estaba la posibilidad de salvación, de redención, de resurrección, de estatua vuelta a la vida, de hechizo deshecho. Ahora no: esto es para siempre, por lo menos según las reglas del mundo conocido.

Pasó tanto desde su homenaje un sábado hace dos semanas que tengo ganas de tirar todos los papeles en los que febrilmente garabateé durante horas mis impresiones y movidas interiores. Lo que ocurrió allí fue hermoso, muy hermoso, pero ahora siento que es historia contada, que ya la gasté internamente, que sería hacer una crónica periodística del asunto y me da una pereza infinita. Es terrible lo que viene sucediendo con mi escritura desde que el mundo real -ese de la tierra y sus demandas continuas- me tironea sin tregua alguna: no sólo no puedo procesar lo que me pasa (porque no tengo tiempo y espacio para escribirlo, descubrirlo), sino que va tan atrasado que pierde su razón de ser como texto. Hoy he decidido rescatar lo que pueda de ese borrador y publicar en el blog: quiero ver el blanco y negro, la unidad, la narración hecha, así sea algo tan menor como estos fragmentos. El viernes pasado, en esa mini jornada de cuatro horas que estoy tratando de tomarme para escribir –cuatro, de ciento sesenta y ocho que tiene la semana-, me deprimí terriblemente al abrir los archivos viejísimos de aquella novela inconclusa 2001-2002 y darme cuenta de que a dosis homeopáticas jamás podré volver a conectarme con ese universo; que si lo hago me arrastrará o, si no permito que eso suceda por "razones de la tierra", sufriré mucho al no poder dejarme ir. Nadie escribe una novela con tal patética dedicación de un viernes de tarde; quizás, sí, relatos o posts en un blog (algo es algo), cartas, poemas, pero nunca una novela, al menos no las que me interesan a mí. Meterme por un momento en la inmensidad de casi 200 páginas escritas, una estructura laberíntica, los ambientes de otro país, los personajes, los juegos planteados, y saber que el tiempo corría y que nunca llegaría a la etapa de seguir escribiendo fue dolorosísimo: hubiera preferido postear en el blog, escribirle al Darno el homenaje en letras que le había quedado debiendo y al menos aplicar mis energías, mi corazón, mi mirada, en algo que tomara forma. En cambio, perdí esas horas -¡esas valiosísimas horas, las horas que me hacen creer que no desapareceré disuelta en las necesidades ajenas!- en buscar un hilo de Ariadna entre una multitud de minotauros. Esta tarde no, esta tarde no caeré en la trampa de una novela perversa que no se deja escribir porque no puedo entregarme a ella, que es un amante a quien le gusta seducir para después abandonarme con una sonrisa sobradora.

Pero reviso aquello que me pasó cuando el homenaje, leo las páginas y páginas escritas en el café aquel lunes –pagué caro esa rebeldía de dedicarme a mi alma en vez de a trabajar, empecé la semana con un gran atraso, pero quién me quita lo bailado, o lo escrito, no tanto por lo que quedó del proceso sino por la acción misma de escribir, mi cielo, mi infierno y, en este momento de mi vida, mi limbo más imperturbable- y me doy cuenta de que ya no me reflejan. Son de otro momento. Informan. Nadie quiere que le informen de algo que ocurrió hace dos semanas. Eran sólo un marco para incluir las fotos de la obra -a conciencia o no de su "intervención urbana"- de misteriosos grafiteros o grafitantes que en Piedras y Maciel convirtieron una derruida placita en la "Placita El Darno". Ese miserable espacio entre edificios, con paredes sin pintura, rejas y algún jueguito infantil –casi limosna para los niños pobres, o los pobres niños, según- ahora se llenó de significados: Espacio Darnauchans, Tristeza, Plaza Triste, Desolación. Flechas que apuntan a su entrada, acompañadas de Bajón de un lado y Espacio Gris del otro. El uso de comillas y cierta connotación de advertencia al desprevenido transeúnte –como si ingresando por esa placita/agujero negro se corriera el riesgo de darse de bruces contra la realidad paralela de los dolorosos mundos darnianos- me recuerdan aquel famoso grafiti "Darnauchans esteta decadente", junto al que se fotografió mi amigo, divertido y hasta orgulloso, con un aire de haber sido comprendido al fin (aunque la intención haya sido criticar, ofender o demarcar una postura). Aquí sucedió algo así: nadie que realmente apreciara y amara la música del Darno –entiéndase "música", en este caso, por "melodía", "voz", "poesía", "ambientes creados", "persona oficiante", o digamos mejor el conjunto de todo aquello- podría pensar en ella como un bajón.

La gente mata al mensajero, sacrifica a aquel que nombra a la muerte, la convidada de piedra, como si nuestro destino fuera la vida eterna e insulsa. Y cree que -salvo cuando ocurre una desgracia inesperada- existen unos pocos necios como el Darno que, por alguna razón contra natura, se empecinan en morirse. El mismo malentendido de siempre, hecho ahora provocadora placita.


Yo diría que bajón es esa mediatinta, esa tibieza vital socialmente aceptada en la que todos caemos, tarde o temprano. O casi todos: hay quienes se destruyen a sí mismos, ícaros que caen en picada desde el cielo, dioses que se arrojan a las piras para crear el mundo, ruiseñores y rosas, alacranes que desvían la cola y se pican a sí mismos (como dijo Agamenón Castrillón), hay quienes prefieren estallar en el cielo como una estrella luminosa.

Los amigos cuando se mueren se llevan partes de uno, sobre todo si nos conocen de jóvenes. Partes que para los demás, para los que nos conocen ahora, son invisibles, insospechables. Se llevan papeles, libros, cafés, bares, guantes impares, mechones champán, risas, confesiones platónicas, retazos deshilachados. Después del homenaje seguí con un nudito en el corazón hasta que ese lunes me tomé un rato para bajar desde 18 por la calle Yí hasta el segundo Sorocabana. Por unos segundos, vuelvo a ser aquella yo otra vez y siento su fuerza, su pasión; sé perfectamente bien que es mentira, que nada estará en su lugar cuando llegue, que no llevo un guante impar ni un mechón champán (gracias a Dios), que no escribiré y leeré toda la tarde, que no habitaré esa, mi otra casa, que no estará cada viejo, cada habitué con nombres inventados. Los mozos del bar pensarán que soy una middle ager loca, sentada cada tanto en el banco de afuera, mirando hacia el interior y llorando por lo que ya no está y no se ve más. Como el Darno, con quien charlé tantas veces allí, y en el Sorocabana anterior, y en mi casa, y en La Cumparsita, y en Fun Fún… Interminable curriculum de cafés y bares, en ambos casos.


Ahora me tocó conversar con él en el bar San Lorenzo, Washington y Maciel. Lindo lugar, y más lindo aquella noche de bellísimo y cálido homenaje no oficial, unplugged, de latidos cazados en el aire por los organizadores luego de una lluvia que amenazó con suspender todo. Pero no: se mandaron un aterrizaje improvisado en dicho bar entrañable. Qué providencial inspiración climática, qué acierto.


Fue el Darno mismo quien nos arrojó a todos al bar, que hizo poner pies en polvorosa al apoyo oficial, y nos quedamos sin micrófonos, sin escenario, sin la posibilidad de pasar los videos, pero entre casa. No era un espectáculo: era una memoria, un ritual. Pequeños picos siguieron alimentando mi tenaz electrocardiograma del duelo durante todo el encuentro (sobre todo con la intervención de Washington Benavidez, que me disparó un sístole/diástole de casi lágrimas), con los homenajeantes acodados en la barra, las mesas, sentados en el piso, y el alcohol –cortesía espiritual del homenajeado- no faltó a la misa.


El triunfo de lograr un pastiche de faunas que normalmente no conviven en el mismo ecosistema –sólo Eduardo Darnauchans es capaz de lograr semejantes fusiones imposibles, como las de su música tan rock/ folk/ sefaradí/ pop/ medieval/ country/ telúrica/ tanguera-; todos nosotros, los amigos y admiradores, nos conozcamos o no, los que sabemos que haber sido rozados por ED fue un verdadero regalo de la vida, nos convertimos aquella noche en animales benditos bajo la misma negra, luminosa, inolvidable comunión.

Darno que me hiciste mal, y sin embargo te quiero…




Más fotos (cortesía de Guzmán Sánchez) en mi album de Facebook

Poster de "Plaza Trovada"



27.2.09

A que ésta no la tiene nadie...


... al menos eso creo, porque es foto de rollo y una vez que uno se desprende del original no es fácil -aunque no imposible- que haya otra copia circulando. Hubo un tiempo hace no tanto tiempo -diez años, digamos- en que uno sacaba fotos con cámaras analógicas y las mandaba a revelar; obtenía, así, una serie de impresiones en papel y unos misteriosos negativos que guardaba bien, convencido de que ahí estaba el verdadero tesoro, la matriz de cada una de las fotos. Pero en la práctica, las cosas no eran así realmente: si uno regalaba la foto original, confiado en que igual tenía el preciado negativo, la verdad es que se quedaba sin ella. Pues rara vez se tenía la disciplina de mandarla a hacer nuevamente y mucho menos de rotular dichos negativos, por lo que al cabo de un tiempo todo eso era territorio propio de investigadores universitarios detrás de pistas sobre los usos y costumbres de las épocas históricas (ya bastante gracioso es verme a mí misma contándolo, como si fuera un relato de abuelitas: lo dejo aquí, que conste, para Astor). Encontrar el negativo que andábamos buscando para reimpresión era todo un desafío; que no hubiera agarrado humedad, hongos u otros males, otro.


Por eso, la foto que a uno le entregaban con el revelado solía ser la única, salvo gente muy organizada que se mandara a hacer varias copias para regalar a los amigos. Y aún así, casi rayando en la candidez documental, uno entregaba sus fotos, incluso aquellas fotos realmente irremplazables, es decir, las de niñez y bella  juventud (las fotos de otras edades también son irremplazables como testimonio corporal y facial de uno mismo, desde luego, pero -seamos francos-... ¿quién quiere tenerlas documentadas?). 

Esta me la regaló el Darno cuando me fui a México. Viene dedicada con delirantes comentarios al dorso y su clásica letra manuscrita, pero eso es aparte: la foto en sí me gusta, además de que él valoraba que también apareciera su guitarra. Y un cuadro de Alinda Nuñez, nuestra amiga. 

No tiene caso quedarme las cosas sólo para mi. Sería injusto. Lo mismo con toda la experiencia docente y de escritor que me trasmitió Levrero. Pero todo lleva tiempo, claro, hasta compartir lo que no queremos que desaparezca con uno. 

Marco del asunto: anoche soñé que le hacían un homenaje a Darnauchans en Buenos Aires y yo viajaba especialmente para asistir, pero luego me distraía en mil cosas y nunca llegaba a las actividades. No obstante, llegaba a escuchar varios comentarios del tipo: "A este bar venía el famoso Darno..." y alzaba mis ojos al cielo, como diciendo: "¡Otra vez, esperaron a que estuviera muerto para reconocerlo!". Claro, me refiero a Levrero, pero al Darno también le llegará. Hoy escuchaba Las quemas; es increíble esa voz tan maravillosa, tan envolvente y profunda (si bien todavía no había llegado a los vuelos interpretativos y de composición de los dos siguientes discos). Debo tener un sentido muy siglo XII del amor cortés, los caballeros y todo esa parafernalia medieval, pero escucho la voz y me doy cuenta de que encarna mi idea de lo masculino mismo. Un espíritu firme pero dulce, sensual pero místico, capaz de cambiar lo externo pero sustentado por lo interno, aunque no al modo consciente e incisivo de lo femenino. Y en la nueva versión del disco -supe tener los de pasta, pero los vendí cuando me fui a México: gravísimo error- hay varias canciones más incluidas, creo que de Raras & casuales

Lo del homenaje debe tener que ver con que el 7 de marzo ya serán dos años de su muerte y varios allegados están urdiendo cómo conmemorarlo. Al parecer, hay un miserable pedacito de Ciudad Vieja, en Piedras y Maciel, que han dado en llamar por ahí "Placita el Darno", con graffitis alusivos a la tristeza y la desolación. Quizás un breve encuentro allí en su memoria, sencillo, con algunas actuaciones. Creo que lo lindo es que no se trata de un espacio oficial, decretado en un papel y con una chapa adosada a la pared: alguien que sabe dice que a él le daba urticaria sólo de pensarlo: "Plaza Darnauchans", "Sala Zitarrosa", "Plaza Mateo" (¡y en el estado que está! Lo malo de los simbolismos es que simbolizan). Pero creo que esto es otra cosa. Y, en todo caso, aunque me pese por Eduardo el hombre, para mí hay cosas que ya no le pertenecen a su identidad individual: aunque tenga algo de arrebato, Darno, el trovador es nuestro.