28.1.14

La Dolorosa


...y llorar en lugares como capillas del siglo XVII no ayuda, porque al sufrimiento que se adivina por detrás de las lágrimas mismas -sinuoso y escurridizo, como una diosa desnuda que se baña entre las caídas de agua de una catarata- se le suma, pesada como una cruz, la desmesurada resonancia de los sollozos contenidos, magnificados por un silencio casi sobrenatural, si no fuera por algunos pájaros en el atrio y el rasgar perseverante de esta lapicera...




16.10.13

El sobre azul de Franco


Él nunca me deja secarme las lágrimas.

Cada vez que quiero irme
(y siempre quiero irme)
me deja irme
(o siempre creo que una vez más me dejó irme)
pero al final me corta el paso

(como un tímido centauro apenas ebrio)
(como un ángel encaramado en el pretil de un tribunal)
(como un eco de aljibe con miedo a ser olvidado).

Entonces yo freno
casi cauta
dejo de irme del todo
creo que hasta me convence de no secar mis lágrimas.

"Mejor tenerlas siempre a mano"
parece mascullar en su silencio.

"Mejor un paso atrás,
darse la vuelta y correr"
respondo yo. 
Pero no corro nada:
regreso caminando
y las lágrimas se me van secando con el sol. 


10.10.13

Com/pasión

Algún día
aullarás como un lobo
y tu luna será
el amor que no entendiste.

(Laura Fedele, Oda a Piritoo)


Me da pena el centauro. Sucumbe a la salvaje fuerza bruta de sus cascos, el caballo de crines al viento que galopa en las llanuras; corre, retumba, lanza fuego por el hocico. Relincha, desesperado, como buscando la dirección sedienta de las casas, del reposo, del galpón donde al fin lo podrían desensillar. Pero no hay reposo para los centauros. Resiste en vano su condición: con los ojos verde fosforescente, buscará a las mujeres, las señalará como un blanco móvil, las apuntará con sus flechas, sus bramidos. El sudoroso pelaje al fin rodeará a una, la cercará, la retendrá; sus cuatro patas le cortarán la huida. Pero aunque sienta que va ganando, la bestia igual no tendrá descanso: quisiera dejar su piel aparte, renunciar a lo que es, a su naturaleza de brasas, a su hambre. A sus insomnios con el deseo prendido al cuerpo, voraz, furioso, dando vueltas como un jinete perverso en las inmediaciones del pueblo.

Me da pena el centauro porque probó el vino y ahora ya es seguro que no podrá contener más el torrente; acorralará sin ambigüedades a esa mujer, la agarrará fuerte con sus manos, como un ave rapaz al indefenso conejo. Sus herraduras le cerrarán el paso a la desafortunada, sonarán impetuosas y cortantes contra la calle de piedra. El hocico del centauro entonces maldecirá, odiará su parte salvaje, la prisión, la condena, el no querer enterarse de lo que hizo. Pero más odiará despertarse luego en su parte humana, con resaca de civilización, y querer exiliar para siempre al animal.

Me da pena el centauro porque sospecho que nunca ha querido, en el fondo, lastimar a nadie.



4.9.13

Arquetipos

Todo está oscuro, menos el rayo de luna que entra por la ventana del hall. El cuarto de mis padres se abre como un eco gutural, un no, un no te atrevas. Vigila mis movimientos desde su aburrida inmovilidad de lápida matrimonial, de años estáticos, de permanencia hueca. Un perseverante desatino con final feliz. En mi cuarto de adolescente, me abraza Franco a escondidas de los ojos omniscientes de mis padres, de la patrulla hiena instalada en mi mente. Pero no hay sigilo que valga, porque no puedo dejar de pensar que la puerta del dormitorio de ellos se abrirá en cualquier momento. Que mi padre aparecerá en silencio con su mirada de serpientes venenosas, reclamará su siembra, me enlazará a su feudo. Le digo a Franco que corra, que por lo menos se esconda  debajo de la cama mientras tanto, que se convierta en mi secreto eterno: Dios Padre ha despertado, estamos en peligro. Mi madre corre también, se adelanta para cerrar la puerta de mi cuarto, pero todo es en vano: los ojos de mi padre están a punto de encontrarme. Destilan pócimas verde fosforescente como la absenta, licores de insomnios crueles, vapor de los últimos suspiros inútiles. Los ojos de mi padre me buscan como faros en la noche, iluminan las tinieblas de mi dormitorio. Son duros como los de Medusa, su pupila de piedra se cuartea mientras arrastra todo en su derrumbe. Le digo, no, le grito a Franco que corra, que no deje que lo encuentre, que se salve. Si mi padre lo mira, tendré que destruirlo: no podré serle fiel a ambos. Voy a tener que elegir y elegiré a mi padre. Soy como un hombre lobo a punto de ser transformado por la luna, en plena impotencia de la voluntad de sus garras. Que corra, que se vaya, que no vuelva nunca más, que se esconda de mí, que me deje, que me odie, que se salve. La puerta del dormitorio de mis padres se abre realmente, ahora sí; sus pasos resuenan, me quedo inmóvil en la soledad fría de mi cama. Está en el umbral, su figura a contraluz, enojado, husmeando sus territorios como un león furioso, alerta como un galgo atento a cada posible movimiento de los zorros. No, no hay nadie aquí, parece convencerse. Yo estoy paralizada mirándolo mirarme, con el aliento contenido, tratando de no pensar en Franco o descubrirá en el acto mi traición. A Franco con suerte lo he espantado, lo he expulsado una vez más, lo he desterrado hasta la última frontera de mis reinos. Mi padre respira aliviado pero firme; se nota que sigue en guardia, listo a disparar sus flechas con una crueldad que no le conozco en la vigilia. Sí, todo me parece un sueño: miro a mi padre y me doy cuenta con horror de que sus ojos verdes son idénticos a aquellos inolvidables ojos verdes de Franco.

30/8/2013
café La Diaria
(sobre un recuperado sueño, caricatura de manual freudiano, año 2000)


Brooke Shaden Photography

14.7.13

Plagiando a Lawrence Durrell

Este es un ejercicio que hice en 1996, el año que fui al taller de Levrero. Se trataba de intentar escribir cercano al estilo de un escritor que admiráramos mucho como tal, aunque no tenía por qué extenderse al contenido. No sé si lo logré, pero me gustó hacerlo. Luego Levrero publicó un fragmento de esto en la revista Posdata; creo que a partir del segundo párrafo, porque le quería sacar un poco, precisamente, el tufo a Durrell. 

Cuando escribía, en mi interior veía el pueblo de Tepoztlán, aunque deliberadamente trataba de camuflarlo hacia el Oriente. José Manuel era José Manuel de Rivas, cuyo destino no quedó ligado para siempre al Asturian Express sino al metro de la Ciudad de México. La niña solitaria sentada en un banquito seguramente era yo. Quién puede saberlo. 


Resurrecciones de archivo. 




Fragmento de Nuestro paso por la Ciudad de Luna (hipotética novela ficticia)

La niña y yo llegamos hambrientas al mercado del pueblo, a la Ciudad de Luna que tan bien conocíamos. Calladas y sombrías, con  la noticia del descarrilamiento del Asturian Express revoloteando aún sobre nuestras cabezas, el cansancio nos atacaba el alma con su pico lastimoso; a la niña todavía le quedaban fuerzas para cantar la canción de San Patricio, aunque en adelante todo conjuro fuera  inútil para nosotras. De verme caminando por allí, Livia seguramente me lo hubiera reprochado. En lo que finalmente se convertía el regreso a un lugar infeliz, eso ella lo conocía  mejor que nadie ( “Tiempo, tiempo”, decía Livia en uno de sus  diarios personales, “a causa tuya supe lo que era  la vergüenza; nunca he llegado a entender tus simples señales, diáfanas y suplicantes). Años atrás, ante la noticia de mi ansiado viaje a América, mi tutora me lo advirtió sin miramientos: “Querida mía: el día en que vuelvas sobre tus propios pasos, será porque estarás  caminando en la calzada de los muertos. A paso lento, solemne; tú misma en tu cortejo fúnebre. ¿Por qué otro motivo volvería alguien a un pueblucho como este? Solo a buscar la muerte, muchacha; no lo olvides”. Ahora Livia no estaría para festejar su acierto, pero sus palabras volvían a resonarme en los tacones al tiempo que avanzabamos sobre el empedrado. Sin quererlo así, la niña y yo habíamos tenido que regresar a esa ciudad que detestábamos, a la ciudad de los ladrones y los espíritus nocturnos. En lo alto del cielo, el mismo sol de años atrás -el mismo que rajaba las  ambiciones más porfiadas- parecía burlarse de nosotras en esos momentos de bautismo, de polvareda reseca en los  ojos lastimados. La niña llevaba su muñeca marroquí, regalo de la abuela paterna; yo tropezaba a cada paso cargando con una valija incómoda y pesada, llena de libros y antigüedades familiares. Subíamos esforzadamente por la mitad de la avenida principal, sudando en el agobio de un verano eterno y cansador.

Me detuve a recuperar el aliento; la niña, que avanzaba bastante más rápido que yo, volvió a mi lado corriendo. Ninguna de las dos había pronunciado una palabra  desde que bajáramos en  la vieja Estación Ciudad de Luna. Sobre una de las aceras de la callecita lateral, un pordiosero barbudo anunciaba a grandes voces -catástrofe de la pobreza, el púlpito improvisado sobre un cajón de verduras- el inminente fin del mundo. Me hubiera acercado a escucharlo, a dejarme envolver por las imágenes oscuras de sus inmensos maremotos. Tifones anaranjados  de fuego y de pecado, de absolución rogada. Miré hacia la otra esquina; había un hombre rubio bastante joven cortejando a una muchachita india de blancos dientes que se reía todo el tiempo. Ambos parecían fingir cierta torpeza, enmascararse bajo dudosos indicios de pureza primeriza a fin de alentar al otro en sus pasiones. Una inocencia repentina, un falso retorno al paraíso del primer hombre y la primera mujer. “¡Fidelidad, fidelidad!”, hubiese  rezongado José Manuel, “¿qué invento es ese, que no explica la fiebre del jugador ni sus continuas recaídas?”. Pero irónicamente, la voz de José Manuel había quedado ligada  para siempre con el frío metal de las vías del Asturian Express, como las piernas entrelazadas de dos amantes que yacen juntos hasta lograr  la muerte. La niña tiró de mi manga para que le diera la mano; teníamos que pasar frente a un grupo de gitanas que se habían instalado en la entrada del mercado, riendo y molestando a la gente, permanente bullicio de cuervos huidizos. Siempre me pregunté por qué la niña temía que los gitanos la raptaran; acaso sospechara que entre ellos se murmuraban palabras mágicas, irrespetuosas de su confortable ignorancia del pasado y el futuro; palabras mágicas que podrían aclararle pavorosamente su origen misterioso, su astuto destino de pequeña abandonada. “¡Eh, tú, la pelirroja!”, me gritó una gitana vieja llena de collares de oro. “Vas a vivir muchos años todavía.  Aunque  parece que estás un poco amargada, chiquitita, un poco decepcionada de la vida. Muchos muertos, puedo verlo, muchos amores muertos”. Yo me  sonreí sin dejar de mirar el piso y seguimos caminando. La niña entretanto me apretaba la mano con todas sus fuerzas.


La Ciudad de Luna parecía enredar sus callejuelas sobre sí misma, como hace el laberinto de los intestinos y el laberinto del oído. Llegar hasta la iglesia, al corazón de la ciudad, hubiera sido de una insensatez violenta. Multitudes abigarradas y danzantes se concentraban en el centro del mercado vendiendo pastelitos de curry, panes de centeno, canjeando pipas pintadas de colores, haciendo trucos de circo para engañar al caminante. Yo sabía todo eso; conocía ese pueblo como las gitanas conocen las líneas de la mano; también sabía dónde se alojaban sus peligros. Pero eso no frenaba mi necesidad urgente de llegar  hasta aquel  templo. No sabía por qué de improviso sentía  un  arrebatador deseo de rezar, en particular por el alma de Livia. Entré con la niña a la primera posada que apareció al doblar la plaza, y allí solté la valija en medio de la recepción, harta de tanto peso viejo. En aquel sitio todo olía a sudores del desierto, a frutas entrando en el  instante sagrado de la descomposición. Me dí cuenta entonces de  que, más que firmar el libro de huéspedes -manchado por la humedad de tantos años sin visitantes-, más que acostarme a dormir como revancha patética por  las noches pasadas, más que cuidar a la niña incluso, lo único que yo podría hacer en aquel momento era atender esa   llamada oscura y gutural que provenía de la iglesia. Senté a la niña en un banquito descolorido. “No te muevas de aquí”, le dije seria. “Vas a tener que cuidar la valija mientras que yo no esté”. La niña asintió con mirada de pánico; yo no quise compadecerme más de sus enormes ojos marrones. Salí corriendo rumbo a  la plaza y me interné, rabiosa, en el temido laberinto.



5.7.13

Feroz

De feroz no tengo nada. Lástima. Esa corrección tonos pastel, esa nubosidad variable con tormentas violentas pero que llueven solo en el patio de la casa, mientras que afuera saco paraguas de colores y botitas de lluvia muy a tono para saltar baldosas flojas y hacer como si me asustara de los charcos. Sí, ¿quién puede ser feroz si amordaza sus noches, si las domestica hasta sacarles el brío, las ganas de correr sin hora de retorno por los campos, de galopar libre, sin alarmas ni timbres ni relojes ni despertadores ni timers? Ni siquiera -y tan solo- un reloj de sol, uno de arena; es más, sin un calendario, digo; sin un ábaco ni una agenda o documento cualquiera de identificación civil. Libre de no guardar unidad, de no sostener ni la intención de cierta coherencia personal. De tejer y deshacer, de provocar y después no hacerse cargo, de causar y mirar impávido el destrozo, de seducir y abandonar. De hacer sangrar, en suma. Libre de culpas, libre de rumbo como un taxi libre. Lástima. 

Feroz, feroz, feroz: no tengo nada. Salvo en las noches de luna llena, esas enormes lunas naranja con las que a veces me confundo. Que salen, si acaso, una vez cada diez años. Qué bello mi espíritu, tan plumas de ángel que me peino, tan ojos celestes y tan sacrificado. Como una estampita de Primera Comunión, con ribetes dorados y mi nombre, en cursivas, coronandolo todo. Dicen que he sido canonizada, albricias. Porque por el camino dejé toda pasión molesta, toda aspiración mundana, toda competencia cuerpo a cuerpo. Toda mirada desafiante, todo improperio de colores oscuros: eso lo voy barriendo, discreta, bajo la mancha roja, el desecho menstrual, el vergonzoso algodón de nuestras madres y abuelas. Yo no. Lástima. Hubiera querido ser la santa de tez de porcelana, la inmolada, la que jamás se desdice de sí ni de la apastelada armonía de su dormitorio (imaginario). Y ahora parece que la textura, que los chorretes blancos, que los desniveles y pequeños volúmenes de pintura sobre la tela, parece como si quisieran despertarme, recorrerme el cuerpo y el alma como en una despedida de amantes. Qué bien me harían, en este caso, aquellas alarmas y timbres y relojes y despertadores de los que quise escapar antes. Te estás muriendo, como todos, podrían acaso decirme. Pero el celeste apenas gris, el rosa casi pálido, el tenue amarillito, ninguno quiere comprender lo que en verdad me están diciendo. Te estás muriendo, repiten. Entonces sé que ese es el precio: que el espacio en blanco, el níveo nirvana, el cielo ganado, el qué buena era no me dejarán volver a ser feroz. Y mucho menos me dejarán ser tierna. 

No, no, de feroz no tengo nada. Qué lástima, qué maldita, perra lástima. 

(escrito en mayo, 2011, sobre cuadro de Rodrigo Flo/ experiencia colectiva texto/plástica durante su exposición en el Museo Torres García)